2018/05/22

Fuego camina con ellos

Una de las muchas polémicas que definió la 71ª edición del Festival de Cine de Cannes fue, como sabemos, la del Video On Demand. El idilio de la Croisette con las plataformas de dicha manera de distribuir, exhibir y entender el séptimo arte pareció llegar a su fin con el cambio en los estatutos al que este año se sometió dicho certamen. En breve: la película que no tuviera garantizado su estreno en salas de cine, no podría competir por la Palma de Oro.

A Netflix y a Amazon esto les pareció fatal; una ofensa dirigida a ellos y solo a ellos, de modo que se retiraron de la cita francesa. No se les encontró ni el Marché du Film. Mientras, HBO no pareció darse por aludida. Acatando la nueva normativa del equipo de Thierry Frémaux, se plantó en el certamen de la Côte d’Azur con uno de los títulos a priori más potentes de su arsenal. “Fahrenheit 451”, adaptación cinematográfica de la mítica novela de Ray Bradbury, se presentó en sociedad fuera de concurso, y a los pocos días ya estaba disponible en las pantallas hogareñas de medio mundo.

Contundente guantazo a la competencia a nivel estratégico, pues por mucho que los agoreros pagados por Hollywood sigan con sus cantos sobre el fin del mundo, lo cierto es que Cannes se ha confirmado, una vez más, como el sitio donde toca estar... La lástima es que la calidad del producto no correspondiera con razones artísticas.

Y es que en un giro inesperado de los sucesos, al director del proyecto, Ramin Bahrani (uno de los autores narrativamente más dotados del indie americano) se le apagó la llama. A ese joven talento se le notó demasiado encorsetado por las exigencias del lenguaje serializado. Esto es, la dictadura del cliffhanger, o del golpe de efecto con suspense, si se prefiere. La obsesión por tener permanentemente al espectador en vilo... sacrificando así todos los demás elementos que pueden dar fundamento a la historia y/o a los personajes que moran en ella.

Cualquier parecido con la mítica adaptación de François Truffaut es mera coincidencia. Aquí, la patrulla de bomberos encargada de localizar y quemar libros se erige en cara visible de un regimen fascistoide con las redes sociales como principal arma propagandística. Actualización de discurso con respecto a Bradbury que solo afecta a la superficie. Como si el producto se viera forzado a rendir homenaje a la ahora canónica “Black Mirror”.

Más allá de algún que otro gesto renovador de cara a la galería (y de la siempre magnética presencia de Michael Shannon, aquí en el papel de una figura paternal al más puro estilo Long John Silver), impera una manera de acercarse al género demasiado amodorrada. Excesivamente obnubilada en unas formas que poco transmiten, y mucho menos sorprenden a estas alturas.

En la era digital, queda claro que tanto el papel como el celuloide están igualmente amenazados. Más que por la idiotizadora intoxicación de información a la que nos somete el mundo, por esa actitud tan moderna a la hora de afrontar temas complejos y comprometidos. Ante el reto, hay quien prefiere quedarse en la pose sin concretar. Y así arde.