2018/06/04

Erreportajea
 
Transnistria, entre su singularidad y el contexto internacional

La República Moldava de Transnistria cumple 28 años y hace tiempo que ha superado el tópico del conflicto congelado. Un Estado funcional que da muestras de cansancio por su indeterminada situación, agravada por una coyuntura internacional desfavorable.

Pablo GONZÁLEZ
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La crisis de Ucrania que comenzó en 2014 ha repercutido en Transnistria y su proyecto de Estado no reconocido a nivel internacional. Kiev ha sido siempre uno de los socios claves de Tiraspol, primero para la creación de la República Moldava de Transnistria y, luego, en su día a día, especialmente en el ámbito económico. Después de que se desataran las hostilidades entre Ucrania y Rusia a consecuencia, en primer lugar, de la anexión de Crimea y, después, por el conflicto del Donbass, Transnistria se ha visto como rehén de esa crisis, aunque no exenta de problemas propios que vienen generados por las élites económicas locales.

En esta franja de terreno de unos doscientos kilómetros de largo y un ancho de entre diez y cuarenta kilómetros viven en la actualidad 470.000 personas. Transnistria se asocia a menudo con la URSS debido al uso de simbología soviética en elementos como su bandera y su escudo, pero nada más lejos de la realidad, pues se trata de una economía de mercado capitalista como cualquier otra en la región. Precisamente es ese parecido lo que, en opinión de algunos expertos locales, como Dmitri Goncharenko, de la Asociación de Negocios pequeños y medios, lo que le lastra. Las élites locales tienden a dominar la economía y la supeditan a sus propios intereses.

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Holding Sherif

Quien domina en Transnistria no es un oligarca como Vladimir Plajotniuc en Moldavia o, en menor medida, como Petro Poroshenko en Ucrania, sino el holding Sherif. Este grupo de empresas aporta mediante los impuestos algo más del 50% de todos los ingresos estatales de Transnistria. Es el monopolista en sectores como el de la telefonía móvil o el de los carburantes. Como explica Goncharenko, «nada pasa en Transnistria sin el permiso de la Oficina, que es como se conoce coloquialmente al holding Sherif. Esto hace que la concurrencia sea imposible en numerosas áreas económicas». Esto unido a las dificultades propias derivadas de ser un Estado no reconocido no favorece el clima de negocios en la república.

Atrás quedan los tiempos en los que un acuerdo con Ucrania permitía importar bienes a Transnistria desde el puerto de Odessa sin pagar aranceles ucranianos o moldavos. Incluso antes del comienzo de la crisis ucraniana todo se había complicado ya. La ayuda rusa y la herencia soviética siguen siendo un pilar fundamental en el que se apoya esta república independiente de facto aunque no reconocida. Rusia suministra gas de forma gratuita a Transnistria y de la Unión Soviética se heredó la central hidroeléctrica de Dubossari, que no solo proporciona energía a la república sino que produce electricidad suficiente como para exportarla a Moldavia y Ucrania.

En los últimos años, debido que el grupo Sherif está orientado más hacia la exportación industrial, la situación económica no levanta cabeza en Transnistria. A esta complicada coyuntura se le suman dificultades derivadas de la sintonía que parecen haber encontrado las autoridades moldavas y ucranianas para ir estrangulando poco a poco este enclave con presencia de fuerzas rusas en misión de paz desde 1992.

Además, la crisis de Ucrania ha dificultado en gran medida la vida del ciudadano de a pie. Para viajar al extranjero, los transnistrios tienen en su inmensa mayoría pasaporte de una Estado reconocido, ya sea Rusia o, en menor medida, Moldavia. Sin embargo, en la actualidad, Ucrania impide la entrada en su territorio de varones rusos de entre 18 y 65 años y pone dificultades a las mujeres. Ser un enclave ruso en la región tiene su repercusión.

Dique de contención

Durante la guerra de la independencia de Moldavia, entre 1990 y 1992, Ucrania fue siempre un cómplice silencioso de Tiraspol contra Chisinau por la amenaza de la expansión rumana en la región, pero después de 2014 a este territorio se le asocia más con el Donbass que considerarlo un dique de contención frente al nacionalismo rumano. Algo que, por otra parte, tiene su razón de ser ya que Transnistria es a todas luces parte del llamado «Mundo Ruso». El ruso es el idioma predominante, aunque el moldavo y el ucraniano también son oficiales, y la bandera rusa ondea junto a la de Transnistria en todos los edificios oficiales. Incluso el partido en el poder, Renovación, comparte sede con Rusia Unida, el partido en el poder en la Federación Rusa, pero con presencia en Transnistria para escuchar a su población.

Debido a estas cuestiones y la relación más que especial que esta república mantiene con Rusia, multitud de habitantes de la región emigran hacia ese país en búsqueda de nuevas oportunidades laborales. Los que se quedan desean hacer su vida en la república independiente o, mejor, como parte de la Federación Rusa, algo que parece poco factible debido a que no tienen siquiera una frontera común. Nadie se plantea abrir un diálogo serio sobre su reintegración en Moldavia. Ya ha nacido y crecido una generación que no ha conocido otra cosa que una Transnistria independiente, aunque sin reconocimiento internacional.