Recuperación del terror clásico con la vuelta a los orígenes del miedo

Cada vez son más las películas que tratan de escapar del encasillamiento en el que se encuentra actualmente estancado el cine de terror, por culpa de una industria que solo entiende el género desde la explotación sistemática de unas fórmulas hace tiempo agotadas. La mayoría de los títulos que se estrenan van dirigidos a un público conformista que busca el susto previsible y facilmente asimilable, pero por suerte quedan espectadores exigentes que piden algo más y quieren ser sorprendidos, por lo que esperan esas producciones alternativas como agua de mayo.
La sorpresa del 2018 ha saltado por fin, y “Hereditary” ha sido saludada como la película terrorífica del año, desplazando a otras posibles candidatas. A su favor tiene la inspiración en grandes clásicos como “La semilla del diablo” (1968) o la película de culto británica “The Wicker Man” (1973), combinados de forma hábil con tragedias domésticas modernas del estilo de “La tormenta de hielo” (1997) o “En la habitación” (2001). El hallazgo se debe al debutante Ari Aster, un premiado cortometrajista al que le gustan tanto las películas de sustos como los dramas familiares de Mike Leigh.
El otro gran descubrimiento de “Hereditary” es la actriz infantil Milly Shapiro, que con su peculiar físico e inquietante fisonomía se va a hacer tan famosa como la Linda Blair de “El exorcista” (1973). En su personaje reside la clave de esta fábula macabra sobre los lazos de sangre y la predestinación, conectada con el tema siempre impactante de las sectas satanistas. Y es que además los roles paternos le dan todavía más empaque a la función, al repartirse entre la australiana Toni Collette y el irlandés Gabriel Byrne. La madre es la heredera al fallecimiento de la abuela, dueña de la casa, representada en los dioramas y maquetas que esta mujer crea, y que miniaturizan sus interioridades.

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