2018/08/26

EDITORIALA
Una oportunidad para España a la que Euskal Herria no es indiferente

En estos tiempos en que la acción política se reduce tanto a mero postureo, es comprensible la tentación de reducir a simple golpe de efecto la retirada de los restos de Franco del Valle de los Caídos. Quizás hasta sea eso lo que básicamente anida en la mente de Pedro Sánchez, necesitado de reforzar en las próximas urnas una mayoría aparecida de modo insospechado y por tanto difícil de dimensionar. Pero sacar al dictador de un mausoleo en el que nadie ha osado molestarle durante nada menos que 43 años difícilmente puede ser un guiño más. Es un símbolo, sí, pero toca el tuétano del sistema político y, más aún, del sistema de valores (realmente contravalores) imperante en España. De eso que se ha llamado el «franquismo sociológico».

Cierto es que ese megalómano y a la vez fantasmagórico Valle de los Caídos nunca ha sido un lugar de peregrinación de masas. Efectivamente, el franquismo no ha necesitado prolongarse a sí mismo con ritos de exaltación y culto, sino que lo hizo de forma más eficaz; dejando –atado y bien atado– un entramado que empieza en un rey heredero del caudillo o una Audiencia Nacional heredera del TOP pero va mucho más allá. Franquismo es el autoritarismo crónico, es la incapacidad de afrontar conflictos políticos con soluciones políticas, es el desprecio a las minorías de todo tipo, es la desconfianza ante la democracia, la intolerancia al cambio, la resistencia al progreso. Es todo eso que hace de España una rara avis en un concierto europeo que no resulta nada modélico pero sí muestra otros estándares que reflejan que durante cuatro décadas allí no se paró el reloj.

El simbolismo de la intervención en el Valle de los Caídos es potente y por tanto puede acabar poniendo a revisión todo eso. Hay una oportunidad para que empiece a aflorar otra España, que además de sacar los restos de Franco sobre todo se sacuda los restos del franquismo. Y esto lo saben –y lo temen– mejor que nadie partidos como PP y Ciudadanos, en los que sigue muy prendida la llama de ese franquismo sociológico. De ahí su patente incomodidad con el debate abierto, sus equilibrios entre lo que realmente desearían decir y lo que pueden decir.

Copartícipes y coimpulsores si hay opción

Aunque sea un presidente del PSOE el que vaya a materializar esta decisión tan dilatada, harían mal los antifranquistas vascos y catalanes en no sentirse copartícipes de este triunfo. El mundo entero conoce que Euskal Herria ha sido vanguardia en la resistencia tanto a Franco en vida como al posfranquismo. Incluso ha incidido muy directamente en esta entrada en el Valle de los Caídos: la pequeña odisea desconocida de la asamblea de pueblos navarros de 1980 que hoy trae a estas páginas Iñaki Egaña es un detalle muy significativo, y bien cercana está la intervención pionera del Ayuntamiento de Iruñea en el mausoleo del Monumento a los Caídos, sacando a Mola y Sanjurjo antes que a Franco.

El evidente reseteado que Pedro Sánchez quiere dar al marco estatal borrando a Franco en el 40 aniversario de la Constitución tampoco es comprensible sin el impulso de Catalunya. No hablaban en broma ni exageraban los portavoces independentistas que hace justo un año proclamaban que el dictador no murió el 20 de noviembre de 1975 sino que lo iba a hacer el 1 de octubre de 2017. Y es que el referéndum hizo aflorar el franquismo en su expresión real, más allá de su presencia latente diaria; el discurso de Felipe de Borbón del 3 de octubre, tanto por su contenido como por sus formas, igual lo podían haber grabado Franco, Carrero Blanco o Arias Navarro.

Como países antifranquistas, además de puntos de partida previos muy diferentes las sociedades vasca y catalana han tenido una evolución distinta desde 1936 hasta aquí. No son modélicas, tienen sus propios defectos y carencias, pero sin duda los valores predominantes están muy lejos de los contravalores de ese franquismo sociológico, y así lo reflejan en las urnas el carácter residual de PP y Cs en la CAV o el desinflamiento paulatino de UPN en Nafarroa. Desde esa constatación, si en España efectivamente se atisba una oportunidad, no debería observarse desde la indiferencia y la superioridad moral, sino desde el interés y el ánimo colaborativo. Pero si con los restos de Franco no se van también los restos del franquismo, Euskal Herria y Catalunya seguirán haciendo su camino, el que no interrumpieron el bombardeo de Gernika o el fusilamiento de Companys, y tampoco han finiquitado la Constitución del 78, el autonomismo o la represión política posfranquistas.