2018/08/28

Hermann Bellinghausen
Libertad de expresión, un fruto del 68

El desafío de los jóvenes va viento en popa. Están convencidos de tener la razón. Papá gobierno piensa lo contrario y decide escarmentarlos. La festiva guardia permanente que dejan los estudiantes en la plaza esa noche es reprimida con violencia. El 28 de agosto comienzan el conteo de los muertos y la represión creciente

En el largo plazo, una de las herencias centrales del 68 mexicano es la libertad de expresión, algo que hoy hasta valor mercantil tiene y poca gente discute su pertinencia. Los usuarios de redes, las cabezas parlantes del tubo y los opinadores actuales ni cuenta se dan de que gozan de ella, a veces llevándola a niveles que dan vergüenza, pero es intocable. O casi, este sexenio todavía vimos periodistas radiofónicos silenciados en su medio por incomodar al poder político. Años luz de esto, hace 50 años nadie osaba desafiar al presidente en voz alta, y el que lo hacía pagaba caro: Othón Salazar, Demetrio Vallejo, Valentín Campa, Rubén Jaramillo en el extremo. La prensa era una mera borregada, igual la burocracia, las clases medias y las acomodadas. La ropa sucia se lavaba en casa, como en la galería de “Las buenas conciencias” (1959) de Carlos Fuentes.

La estabilidad social había consolidado un patriarcado autoritario que se reproducía en todo y era el modelo familiar dominante. Con la Era de Acuario, el Verano del Amor y la Revuelta Juvenil, el monolito paternal descubrió una mocedad encabronada que quería más, que quería todo, que quería otra cosa. La respuesta en automático fue no. ¿Ni siquiera diálogo? Ni siquiera. Los estudiantes politécnicos y universitarios despertaron de la siesta institucional a patadas, bazucazos y bayonetazos.

La fiesta y el choque resultan inseparables. La huelga deviene una casa abierta donde los muchachos y las muchachas corren libres, con algo en común. Después de probarla, uno sólo quiere más libertad. La estabilidad, la seguridad, la obediencia y la tradición se devalúan súbitamente en el clima de aquella canción inolvidable de Enrique Ballesté, “Eso de jugar a la vida”: «en mi casa mi familia se adormila en su sillón./ En mi casa se ha quedado a vivir la tradición./ En mi casa las paredes se respetan como a un Dios./ En mi casa hay una Iglesia que se llama comedor./ En mi casa a mis padres yo les hablo con su voz./ Pero a veces en mi casa el silencio es lo mejor».

El movimiento estudiantil se expande, es tema de pensamiento y conversación en las universidades de provincia (el presidencialismo es centralista), algunas paran. El estudiantado capitalino se esponja. Según recuerda Francisco Pérez Arce, los jóvenes sesenta y ocheros se están enamorando de sí mismos, de sus acciones, de su espíritu justiciero, de su causa. No hay modestia (“Caramba y zamba la cosa”, Ítaca, México, 2017). El 27 de agosto de 1968, el movimiento estudiantil alcanzó el punto más alto de su capacidad organizativa y poder de convocatoria, como bien apunta Pérez Arce. Lo hizo Gustavo García en estas páginas 10 años atrás (“La Jornada”, 27/8/08). Hace 30 años muchos lo habíamos conmemorado votando por Cuauhtémoc Cárdenas.

La marcha al Zócalo convocada por el Consejo Nacional de Huelga resulta fantástica. El desafío de los jóvenes va viento en popa. Están convencidos de tener la razón. Papá gobierno piensa lo contrario y decide escarmentarlos. La festiva guardia permanente que dejan los estudiantes en la plaza esa noche es reprimida con violencia. El 28 de agosto comienzan el conteo de los muertos y la represión creciente. La resistencia se cimbra. Las nubes se ponen negras.

Un acto notable del 68 fue la concentración de empleados del Estado el mismo día 28 en la misma plaza, ya barrida y trapeada, para desagraviar a la bandera, símbolo del inamovible poder patriarcal. Los trabajadores capitalinos se insubordinan, ofendidos y humillados por el acarreo hipócrita del PRI-Gobierno, balan como borregos y también a ellos les tocan los guamazos y los muertos. De ahí al 2 de octubre todo será hostil y espinoso.

Tomaría años afianzar una libertad de expresión. En la hipocresía de los eufemismos, era impensable imprimir la palabra «chingada» en un periódico, o llamar «ignorante» o «corrupto» al presidente; hoy lo hace cualquiera. Nada que fuera menos que «Sí, señor presidente». La impronta periodística de Carlos Monsiváis y Julio Scherer, definitiva como sería, hubo de brotar de las cenizas del movimiento estudiantil y suceder en los años posteriores, cuando el cine nacional se llena de sexo, sangre y palabrotas, florecen el teatro contestatario y el amor sin matrimonio; José Revueltas sale de la cárcel y del ostracismo cultural. Lentamente, el desafío antiautoritario se irá saliendo con la suya.

© La Jornada