2018/12/07

MAURI SARNAGO
EX-REFUGIADO POLÍTICO VASCO

Mauri Sarnago ha topado con una ciudad distinta a la que dejó y a la que le costará hacerse, pero sabe que no le faltará ayuda. Tampoco le ha faltado en México, donde encontró hospitalidad y formó una familia. Se siente con suerte, y orgulloso de formar parte de algo que será recordado por la historia.

«La historia reflejará todo lo que hemos representado y luchado»
Iker BIZKARGUENAGA|BILBO
Mauri

Desde la Declaración de Biarritz, que marcó la hoja de ruta para el regreso de los exiliados políticos vascos, más de 170 personas han regresado a Euskal Herria, aunque todavía queda medio centenar por volver, catorce de ellos en la deportación. Uno de los últimos ha sido Mauri Sarnago, que hace pocas semanas volvió a pisar las calles de Bilbo más de tres décadas después de dejar atrás la ciudad. Quedamos en Errondabide, el mismo lugar donde de la mano de su hija pequeña fue recibido por su gente.

La primera cuestión es casi retórica, pero obligada. Cómo ha encontrado todo treinta y tres años después. «Obviamente está muy cambiado, mucho más moderno, más limpio... Algunas cosas siguen igual que siempre, pero lo que es Bilbao está muy cambiado. Muy cambiada la gente y muy cambiado el paisaje», explica con hablar pausado.

Hablamos de su llegada a México, donde ha permanecido todo este tiempo, después de dejar atrás su ciudad y su país. «En cierta manera –explica– llegar a México fue una libertad, porque no me podían agarrar». Cuenta como anécdota que «al llegar a México, a la capital, veía coches blancos y me espantaba, como si fueran de la Policía francesa. Pero llegar a México fue en cierta manera la libertad». Y también, claro, un gran contraste. «Es otro continente, y uno tarda mucho en darse cuenta de que la gente es diferente», indica, para evocar que «llegué con 28 años, con la mecánica de la gente de aquí, y sí fue un choque con la idiosincrasia de la gente. Allí la gente es de otra manera, los amigos son de otra manera, ese fue claramente de los primeros contrastes culturales, lo que son los amigos aquí y lo que pueden ser los amigos allí».

Y cómo se hace uno a la idea de que desde entonces ese va a ser su hogar, a saber por cuánto tiempo. «Se afronta desde una perspectiva de ruptura emocional, que fue muy dura. Es un reto», explica, añadiendo que en su caso se sumó un sentimiento de «soledad» porque «por diversas circunstancias me independicé de las ayudas de la gente vasca que había allí. Como quien dice, me tuve que buscar la vida de una manera independiente, y sí, fue duro en todos los aspectos. Fue un choque».

La dureza de la clandestinidad

No es fácil abandonar tu tierra y asentarte a miles de kilómetros de distancia, pero mucho menos en condiciones de clandestinidad, con lo que ello comporta. ¿Tuvo temor a que lo prendieran? Señala que hubo «fases diferentes. Al principio hay una cierta tranquilidad, en el sentido de que no te van a agarrar, y eso marca mucho, porque te quita una serie de preocupaciones. Luego, a partir de cierta época, del 95 o por ahí, en México, por cuestiones políticas, ya no es como antes, ya no tienes esa libertad, ya te pueden agarrar. Se produce una diferencia y empieza a entrar preocupación». Hay un «peligro añadido a la sensación que tenías antes, ya que obviamente desde el principio y siempre eres consciente de que eres lo que eres».

Y las consecuencias, expone, son patentes en el día a día. «Sí ha marcado mucho; te marca en los nervios, en esa sensación de andar con cuatro ojos. Y sobre todo, más que nada, dependiendo cómo quieras orientar tus cuestiones de seguridad, decides no tener contacto más que exclusivamente con la familia, y entonces te aíslas mucho, te aíslas de los amigos, de la gente. Decidí aislarme porque entonces piensas que es algo por donde muy fácil te pueden agarrar».

Fue tan estricto en eso, que hasta dejó de recibir el “Egin” que le mandaban por correo, ya que «eso era un fallo de seguridad». Con todo, afirma que ha estado bastante informado de lo que ha ido aconteciendo en Euskal Herria, gracias en gran medida a las nuevas tecnologías.

Algunos paseantes saludan a Mauri mientras le preguntamos por su país de acogida, México, que no está libre de problemas. «Si hay algo que decir es que es un país maravilloso –empieza–, pero está anclado en unas circunstancias políticas y sociales muy negativas, que le afectan de una manera muy fea a lo que podría ser». Según apunta, se trata de «un país muy marcado por la injusticia, por la corrupción, por las cuestiones del narcotráfico, que es lo mismo que la corrupción... y eso marca mucho». Aunque también añade que «ahorita hay una esperanza con López Obrador; puede ser el inicio de un camino hacia algo mejor que México se merece, porque es un país extraordinario, que tiene gente muy buena, pero tiene unos déficit muy cabrones heredados desde la conquista». Y concluye con un deseo: «ojalá avance hacia algo positivo, igual que todo Latinoamérica», un continente, y su lucha, que siente muy cercanos.

Marchar y asentarse en México fue una experiencia dura, pero aquel país le ha dado mucho. Por ejemplo, una familia. «Considerando lo que es mi vida, siendo ya mayor, peinando canas, es algo de lo positivo que he podido lograr dentro de las circunstancias adversas del exilio. Es algo verdaderamente de lo que me siento orgulloso, tengo una familia maravillosa», afirma, explicando que se casó hace unos meses con su compañera, aunque llevan veinte años juntos, y que tiene dos hijas, la mayor, veterinaria, y la pequeña, de dieciocho años, la que le ha acompañado en su regreso. «Desde que iniciamos esta familia hemos estado juntos, hemos logrado cosas, hemos sido fuertes, nos hemos apoyado, y esa unión familiar ha sido un logro importante», añade.

¿Y ahora? ¿Le costará adaptarse al nuevo Bilbo tanto como cuando llegó a México? «Son muchos años, más de la mitad de la vida, y obviamente en mi caso sí va a ser costoso en montones de situaciones. Va a ser un nuevo empezar en muchas cosas, aunque cuento con apoyos», responde, apostillando que «va a ser paso a paso y despacito, porque sí va a ser complicado. Es cosa de ir viéndolo».

«Para mí es un orgullo»

Es lo que toca ahora, mirar adelante, pero sin olvidar las raíces ni la trayectoria vital. «Es la última fase de la vida de uno, y cuando uno mira de qué ha servido se da cuenta de que su vida ha estado marcada por un compromiso, en todos los sentidos». «Un compromiso político que uno adoptó en su día» y que , añade, «ha sido lo más importante que he tenido en mi vida, o de lo más importante».

En este sentido, no quiere dejar pasar la ocasión de decir que «uno, aunque sea un pinche grano de arena no más, ha formado parte de algo. Nos ha tocado vivir una fase muy dura como pueblo, como nación, y lo que hemos representado, lo que hemos luchado, y lo que todavía seguimos luchando, creo que históricamente se verá reflejado». «Se verá el esfuerzo que hemos hecho estas generaciones –enfatiza–, porque éramos un pueblo en una fase histórica que nos hundíamos, e históricamente este movimiento quedará reflejado. Y formar parte de eso para mí es un orgullo, eso es algo que siempre ha estado dentro durante todos estos años».

FAMILIA


«Tengo una familia maravillosa, es algo de lo que me siento orgulloso. Hemos estado juntos, hemos sido fuertes, nos hemos apoyado y esa unión familiar ha sido un logro importante»