«Revisar el pasado es fundamental, como individuos y como sociedad»
Películas como «Mundo grúa», «Familia rodante», «Leonera», «Carancho», «Elefante Blanco» o «El clan», han convertido a Pablo Trapero (San Justo, 1971) es uno de los nombres de referencia del nuevo cine argentino. Inmerso en el rodaje, para HBO, de «Patria», sobre la novela de Fernando Aramburu, acaba de estrenar «La quietud» con el protagonismo de Berenice Bejó, Martina Gusmán y Graciela Borges.

En “La quietud”, Pablo Trapero construye un melodrama de tintes folletinescos para evocar la connivencia de una cierta burguesía argentina con la dictadura militar a la hora de fortalecer sus privilegios de clase. De este modo, y como en muchas de sus películas anteriores, los conflictos íntimos de los protagonistas de la película adquieren una dimensión social a la hora de reflejar la incidencia del pasado sobre nuestro presente.
En alguna entrevista usted ha definido «La quietud» como el reverso femenino de «El clan». ¿En qué sentido?
No es algo que pensase de antemano, de hecho, cada vez que me embarco en un nuevo proyecto lo hago con la intención de que esté lo más alejado posible de todo lo que he realizado antes. Pero a medida que avanzaba en el rodaje de “La quietud” me fui dando cuenta de las similitudes que había entre esta película y “El clan” en la medida en que ambas son historias que confrontan el lado oscuro que acontece en la intimidad de una familia con la cara pública que ese grupo humano muestra ante sus semejantes. En el caso de “El clan” se trataba de una familia regida por las leyes del patriarcado, mientras que en “La quietud” hay es una madre castradora que intenta condicionar la voluntad de sus hijas.
¿Y no le dio un poco de vértigo asomarse al universo femenino a través de personajes tan extremos y complejos?
Como te decía antes, con cada nueva película que ruedo lo que busco es vivir una experiencia distinta. Eso es lo que hace que un proyecto me resulte interesante y atractivo y que el desafío por abordarlo sea más intenso. De todas maneras, el hecho de que los protagonistas de mis anteriores películas hayan sido mayoritariamente hombres no me genera ninguna afinidad adicional con ellos ya que se trata de personalidades muy distintas entre sí. Rodando “Carancho” o “El bonaerense” o “El clan” me sentí impelido a desarrollar un proceso de investigación parecido al que he llevado a cabo en “La quietud” a la hora de aproximarme a la singularidad de estos personajes.
No sé si fue la necesidad de acotar un relato de tanta complejidad emocional lo que le llevó a acudir al folletín como género, al melodrama en su versión más desaforada.
A mí el melodrama es una forma de expresión que me interesa mucho, si bien es verdad que se trata de un tipo de relato bastante bastardeado por las telenovelas que suelen explotar la parte más superficial de este género. Pero el melodrama está presente en muchos directores y películas que aparentemente no asocias a este tipo de narraciones. El caso más evidente es el de Buñuel, un cineasta que siempre me ha inspirado, pero cuyo legado siento que está muy presente en “La quietud”. Muy poca gente habla de Buñuel como director de melodramas, pero basta evocar “Él”, “Viridiana” o “Belle de Jour” para darse cuenta de que en todos estos títulos subyace una narración melodramática. También en “Rebeca” de Hitchcock, un filme que siempre se ha asociado al género de suspense pero que contiene una carga melodramática muy acusada. Pero volviendo a Buñuel, a mí en “La quietud”, lo que me interesaba era construir un melodrama con un componente absurdo y subversivo, con momentos de humor negro, sobre una serie de personajes condenados a convivir en un entorno cerrado del que resulta muy difícil escapar y donde la incomunicación entre ellos, por mucho que hablen, por mucho que se digan, resulta evidente.
¿En dicho enfoque subyace una intención política? Porque tanto usted como Buñuel apelan a ese registro para retratar, en el fondo, las miserias de las clases dominantes.
Sí claro, en el fondo el melodrama te permite eso, acercarte a un mundo endogámico habitado por personajes encerrados en un entorno construido por ellos mismos para aislarse del mundo y que es algo que tiene también mucho que ver con la tragedia clásica. Los protagonistas de las grandes tragedias siempre son personajes pertenecientes a la aristocracia social que, en cierto modo, viven de espaldas a la realidad.
En la película subyace un retrato implacable de esa burguesía cuyos actos están siempre motivados por la necesidad de conservar sus privilegios. ¿Diría que se trata de un retrato oportuno viendo como ese tipo de personajes están volviendo a ser protagonistas de la vida política en América Latina?
No sé si es oportuno o no, lo que sé es que el tema que abordamos en el filme es algo sobre lo que no se habló mucho en su momento. Me refiero a la connivencia de ciertas familias de la burguesía argentina con los gobiernos militares de la dictadura en un asunto tan sensible como la apropiación de bienes, algo que les hizo reforzar su posición social. Porque, además, en muchos casos, tal y como ocurre con los protagonistas de la película, fueron personas que vivieron aquellos años fuera de Argentina haciendo ventaja de su cercanía con el poder político y convirtiéndose en una suerte de exiliados privilegiados.
La quietud del título ¿no cabe asumirse también como una alusión al silencio cómplice con el que esa familia trata de ocultar sus vergüenzas?
En Argentina hay un dicho que reza: “no se puede tapar el sol con las manos”. Es un modo de decir que por mucho que te esfuerces en ocultar aquello que te incomoda, esa realidad va a volver sobre ti. Las protagonistas de “La quietud”, como todos nosotros, son víctimas de las decisiones que ellas mismas, y quienes las precedieron, tomaron en el pasado. Y la consecuencia de esas decisiones, de esos actos, está ahí, no pueden escapar de ellas por mucho que se empeñen en hacerlo.
¿Le interesa el cine como herramienta para debatir sobre la memoria histórica?
Revisar el pasado es algo fundamental no solo a título individual, ya que para comprender lo que somos es importante analizar las decisiones que tomamos tiempo atrás, sino también como sociedad. Nos hace evolucionar. Confrontarnos con nuestros errores nos sirve para seguir adoptando decisiones haciendo que estas sean mejores.
¿Esa convicción serviría para explicar su interés en un proyecto como la adaptación de «Patria»?
La verdad es que cuando me ofrecieron la posibilidad de dirigir la serie me sentí, al mismo tiempo, honrado y entusiasmado. No solo por la calidad literaria de la novela ni por la historia que en esta se cuenta que, básicamente, es la historia de una amistad entre dos mujeres, sino por el contexto y el universo en el que se encuadra dicha historia.
Contra lo que muchos pudieran pensar, siento que se trata de un universo muy vinculado al tipo de narraciones que me interesa contar y al tipo de cine que he venido haciendo hasta ahora. Además, el proceso de trabajo está siendo muy parecido al de mis anteriores películas ya que lo que busco es aproximarme a una realidad tratando de entenderla en todos sus matices.
Esta es su segunda experiencia en televisión tras haber rodado la adaptación de «CeroCeroCero» de Roberto Saviano. ¿Siente que es el reducto de cada vez más cineastas?
Bueno, se trata de medios distintos, pero también cada proyecto de película es diverso. A mí me gusta trabajar sobre historias que demandan su propia narrativa y trabajar para encontrarla, un poco a ciegas a veces porque embarcarse en un proyecto de estas características tiene algo de salto al vacío, hasta que uno no lo finaliza es imposible prever cual va a ser el resultado. La televisión te brinda la posibilidad de trabajar en un formato muy específico que resulta altamente útil para determinado tipo de narraciones cuyo alcance demanda otro tipo de visionado. Como espectador tú puedes ver una serie del tirón o bien espaciando el visionado de los distintos capítulos y reflexionando sobre lo que viste y eso es algo muy estimulante para un director pues te permite aportar más matices a la trama.

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