Victor ESQUIROL
TEMPLOS CINÉFILOS

Panoramas traicioneros

Empezó la segunda jornada competitiva de la 69ª Berlinale como empezó el propio festival, es decir, remando en contra de las expectativas. Dos películas figuraban hoy en el orden del día de la Sección Oficial, y dos sorpresas (para bien y para mal) constatamos al final de sendas proyecciones.

Al principio nos encontramos con la austríaca Marie Kreutzer, una autora prácticamente desconocida, que resolvió su primer concurso internacional con una solvencia para nada despreciable. “The Ground Beneath My Feet”, que así se titula su nueva película, flirteó con el cine de género (a la comedia y al terror nos referimos) para hablar de un mundo (el nuestro) al borde del colapso mental.

La vida de una joven y exitosa consultora financiera dio un vuelco cuando se reencontró con su hermana, internada en un centro siquiátrico. Kreutzer pareció tomar el relevo del último Steven Soderbergh: daba la sensación de que su historia no iba más allá de la –angustiosa– anécdota, pero a poco que rascamos, nos encontramos con una feroz crítica a la cultura moderna del éxito, tan preocupada por la optimización de todos sus recursos, que se entregó (sin saberlo al principio) a la locura más deshumanizadora.

Después de esta discreta pero sin duda agradable sorpresa, llegó la desilusión. El noruego Hans Peter Molland protagonizó la primera gran decepción de esta edición. Después de la simpática comedia negra “Uno tras otro”, se estampó con “Out Stealing Horses”, una maraña de flashbacks sobre-literalizados, con Stellan Skarsgard en el centro. Un caos narrativo; un cacao mental. Cansino en su agotadora búsqueda de la trascendencia, y ridículo en la híper-explotación del dolor (sensorial, es- piritual) como única manera de descifrar los misterios vitales.

Por último, el oscarizado Casey Affleck llegó a Berlín bajo la sombra de las acusaciones de acoso sexual que caen sobre su persona, y confirmó que ahora mismo está en la lista negra de la industria. Su nueva película como director, “Light of My Life”, se vio relegada al segundo plano de la Sección Panorama, a pesar de contar (al menos en la ficha técnica), con argumentos de sobra para competir por los grandes premios. Aunque para ser justos con la justicia de la era MeToo, al final quedó todo en una insinuación, porque efectivamente, el film no aspiraba a mejor «Panorama», si se me permite.

Lo que pretendía Affleck era dibujar un mundo post-apocalíptico, en el que las mujeres se convirtieron en bien de super-lujo (peligro) o, en el mejor de los casos, en promesa casi-utópica. A caballo entre la “carretera” de McCarthy y Hillcoat y el celebrado videojuego “The Last of Us”, la propuesta quedó muy por debajo de tan altos referentes. Las metas eran, efectivamente, demasiado ambiciosas... y los medios para alcanzarlas, demasiado discretos. El director y protagonista consiguió calar con el tierno retrato de los lazos paterno-filiales, vistos estos como refugio infalible ante las condiciones más adversas, pero rebajó demasiado las pulsaciones con el ritmo amodorrado de una narración igualmente adormilada. Por un momento vio la luz, pero se dejó tapar por las nubes.