Corina TULBURE
Stepanakert

NAGORNO KARABAJ : ENTRE LA ESPERANZA Y LA INCERTIDUMBRE

Los recientes cambios políticos en Armenia han abonado la perspectiva de una negociación con Azerbaiyán para descongelar el largo conflicto de Nagorno Karabaj. Mientras tanto, la República de Artsakh vive una normalidad desmentida por la movilización permanente en el frente de guerra y por la falta de reconocimiento internacional.

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De vuelta al campamento, después de un permiso de pocas horas para ver a su padre, Hovsep explica que le quedan 3 meses de servicio. «Él está contento, nosotros menos», confiesa su responsable en una de las bases militares de la de facto Republica de Artsakh (Nagorno Karabaj). Junto con un compañero, otro joven que realiza el servicio militar obligatorio en Nagorno Karabaj, quiere hacer una demostración de canto, allí mismo, en el anfiteatro habilitado en la base. «He sido afortunado, porque incluso aquí, ha podido seguir cantando».

Este joven estudiaba en el Conservatorio en Ereván y quiere retomar sus estudios y regresar a casa de sus padres.

Aunque no sirva ya en el Ejército, tanto la experiencia en primera línea del frente como el conflicto siguen presentes en las vidas de los habitantes de Nagorno Karabaj. A pesar de carecer de una presencia mediática internacional, el de Nagorno Karabaj es uno de los conflictos congelados más activos de Europa de las últimas décadas.

El ultimo año ha sido tranquilo en lo que respecta a operaciones militares, pero la tensión ante una eventual escalada de los enfrentamientos no da tregua. En algunas regiones del frente, las posiciones entre los soldados de Artsakh y los de Azerbaiyán son tan cercanas que el desgaste síquico de unos y otros llega a ser insoportable. Su vigilancia y espera son permanentes, las 24 horas, todos los días, desde hace décadas.

Lo que diferencia a Nagorno Karabaj de otros conflictos congelados es que toda una generación ha resultado marcada por esta tensión: ni paz, ni guerra. El conflicto dura desde hace más de 25 años tras los enfrentamientos entre 1988 y 1994 entre armenios y azeríes, los años de los conflictos que se iniciaron con el derrumbe de la Unión Soviética y la aparición de las nuevas repúblicas.

Una generación entera ha realizado el servicio militar obligatorio, ha convivido con las activaciones del conflicto, ha esperado las balas o la paz, en un país no reconocido internacionalmente. «Cuando vas a la línea del frente cambias completamente, no piensas en los disparos, si no, no puedes aguantar allí», señala Vahan. Este soldado echa de menos a su madre. «Las madres de todos los soldados entienden que tenemos que defendernos», replica uno de los responsables de la base, recién regresado del frente.

En 2016 el conflicto se cobró más de 200 vidas entre los dos bandos, lo que se conoce como «la Guerra de los Cuatro Días». 2018 se ha sido un año de calma en las fronteras, dado que el alto al fuego no ha sido violado como en los años anteriores. Pero, a pesar de esta relativa tranquilidad, sigue dominando la desconfianza.

Aunque la palabra paz es la que más se ha escuchado tras el reciente cambio político en Armenia y en las repetidas reuniones entre las autoridades armenias y de Azerbaiyán, se esperan aún medidas concretas. «No creemos en las palabras, sino en los hechos sobre el terreno», explica A. Artyon, uno de los comandantes de una base militar de la República Artsakh.

Además de los soldados, los más afectados por el conflicto son los habitantes que viven cerca de la frontera con Azerbaiyán, en los pueblos afectados directamente por el conflicto. «Están en una situación de peligro permanente», sigue el militar. «Algunos pueblos se encuentran a pocos metros de la línea del frente y durante la guerra de 2016 hubo victimas civiles provocadas por la intervención militar. En esta zona se sienten directamente amenazados».

Civiles desplazados

Los más castigados han sido los habitantes del área de Tavush, ya que tuvieron que huir. Samvel Avanesyan, Ministro de Asuntos Sociales de Artsakh explica que a las familias de la región de Tavush, afectadas por la Guerra de 2016, se les ofreció alojamiento en hoteles de Stepanakert, la capital. Pero el objetivo del Gobierno de Artsakh ha sido reconstruir tanto las infraestructuras como las escuelas de la zona para que la gente pueda regresar.

Pero a falta de una resolución del conflicto la amenaza persiste y la «normalidad» de la vida de los campesinos de la zona puede truncarse en cualquier momento. Muchas personas de Tavush siguen en una vivienda temporal: «han tenido que abandonar sus casas dos veces, la primera hace 26 años y hace dos años otra vez», se lamenta el ministro.

A pesar de que el conflicto está activo y de que se trata de un Estado no reconocido, en la capital no se ven huellas de la guerra, solo la rutina diaria de cualquier ciudad. Los edificios han sido rehabilitados, existe un fervor inmobiliario en la restauración o construcción de viviendas, las instituciones estatales al compás de los símbolos patrios. Tal vez precisamente por no tener reconocimiento internacional, los símbolos del país se multiplican por todas partes, tanto en las calles, como en los muros.

La perspectiva sobre Nagorno Karabaj cambia según el interlocutor, república legítima para unos, separatismo ilegal para otros. Con esta tensión ha vivido una generación que ha nacido tras el conflicto. A diferencia de sus padres, para los cuales resultaba más patente el conflicto de 1994, la nueva generación vive con la convicción de ser parte de un nuevo país, aunque no reconocido: ésta es su realidad.

Desde el lado armenio, la frontera con Artsakh es una mera señal en una zona montañosa flanqueada por banderas que anuncian la entrada en la República. La gente tiene tanto el pasaporte de Artsakh como el armenio, que es la llave para poder viajar al extranjero. «En 2016 había más gente que se iba, pero ahora regresan a Karabaj. Son más los que vienen que los que se van» explica el ministro. Muchos de los que emigran se dirigen a Rusia para realizar trabajos temporales, pero vuelven posteriormente a Artsakh.

De los ciudadanos azeríes que viven en la República de Artsakh, los que se han quedado son sobre todo los que forman parte de familias mixtas, armenias y azeríes. «Poseen la ciudadanía y los mismos derechos que cualquier ciudadano de aquí. Ellos están en contacto con sus parientes de Bakú, por ejemplo». No obstante, no pueden irse allí para ver a sus parientes. El conflicto militar también ha dividido a las familias.

¿Pasos para descongelar el conflicto?

La Republica de Artsakh cuenta con los organismos inherentes a cualquier Estado: instituciones, bancos, ministerios... Y, pese a la incertidumbre, se vive una estabilidad interna alejada del conflicto en las fronteras. No obstante, el desarrollo se ve frustrado y no solo por el conflicto, sino también por el aislamiento internacional y la falta de avances en las negociaciones para la paz.

Los diferentes acuerdos firmados en el pasado no se han confirmado sobre el terreno. «La única manera de garantizar el mantenimiento de la paz es que los actores internacionales, el Grupo de Minsk, (Francia, EEUU y Rusia) sean garantes de los acuerdos», explica el militar Artyon.

El pasado 16 de enero, los ministros de Exteriores de Armenia y Azerbaiyán se reunieron en París conjuntamente con el grupo OSCE de Minsk. La cita siguió a otras reuniones llevadas a cabo en 2018, como el encuentro entre los presidentes armenio, Nikol Pashinyan, y azerí, Ilham Aliyev, en setiembre en Dushanbe, en aras a establecer una línea de comunicación directa entre los dos países y enemigos históricos. El objetivo era estabilizar la situación en la frontera e informar sobre las violaciones del alto al fuego.

A pesar de que ambas partes se comprometieron a «tomar medidas para preparar a la gente para la paz», y de que se escuchan declaraciones por parte de las nuevas autoridades armenias para avanzar en la resolución del conflicto, las reuniones se recibieron con una mezcla de escepticismo y de cauta esperanza. Son las contradicciones que conforman la normalidad para los ciudadanos de Artsakh. En una entrevista en Stepanakert, el Ministro de Exteriores de Artsakh, Masis Mayilian explica que por ahora «se trata de medidas técnicas que ayudan, pero no existe una resolución o una decisión diplomática. Creo que son pasos necesarios, pero no suficientes. Hemos tenido muchos acuerdos para implementar los mecanismos del alto al fuego, pero no se han llevado a la práctica«, reconoce.

Según el ministro, la confianza en estas negociaciones sería el paso previo necesario para acabar con el conflicto militar, lo que permitiría un diálogo diplomático con la plena participación de Artsakh. «Todas las partes deben dar un paso. Por ahora, lo importante para nosotros es mantener la estabilidad en la región. Solo cuando estos pasos extingan cualquier posibilidad de una nueva escalada del conflicto, solo entonces podremos hablar de futuras negociaciones», concluye esperanzado.