2019/04/15

Kronika
CIUDADANOS EN ERRENTERIA
RIVERA INTENTA REMONTAR CON UN MITIN EN ERRENTERIA Y ACABA COMO UPYD

LA INCURSIÓN DE ALBERT RIVERA EN ERRENTERIA TENÍA EL PUNTO PROVOCADOR DE POLÉMICA BUSCADA. PERO SU PROTAGONISMO LLEGÓ AGUADO POR LAS PROTESTAS DEL SÁBADO DE ABASCAL EN BILBO Y DONOSTIA. LE COSTÓ ERIGIRSE AZOTE DEL NACIONALISMO Y SU DISCURSO ACABÓ SIENDO EL DE UPYD, SIN FRESCURA.

Aritz INTXUSTA
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Mesquida no enardeció a nadie, porque nadie le oyó. Tampoco cuando comparó a Rivera con Luther King.
Rivera prometió una barrera del 3% para que PNV y EH Bildu no puedan entrar al Congreso y otra ley que impida los «ongi etorris».

Ciudadanos trajo toda su artillería para lo que intentaba ser la segunda parte de su acto en Altsasu de noviembre. Todos sus oradores lo mencionaron como el gran precedente de su mitin en la Plaza de los Fueros de Errenteria. Llegó con toda la estridencia de su arsenal. Ciudadanos aterrizó un día después de Santiago Abascal, pero trajo a Joan Mesquida para compensar.

El exdirector de la Guardia Civil abrió el acto hurgando donde sabe que duele. Afirmó que su mayor orgullo al frente del cuerpo armado fue dar la orden a los agentes de Intxaurrondo de «intensificar la lucha contra ETA» durante la tregua. Contó que les dijo: «Nosotros no estamos en tregua». Mesquida dirigió la Guardia Civil entre 2006 y 2008, era la tregua de Zapatero, es decir, el proceso negociador que avaló el Congreso.

No enardeció a nadie, porque nadie le oyó. Tampoco cuando comparó a Rivera con Martin Luther King. Cientos de personas gritaban, insultaban y silbaban más allá de los cordones de la Ertzaintza. Los altavoces estaban a toda potencia y ni siquiera competían con los vecinos que atizaban cacerolas desde los balcones. El ambiente era terriblemente agobiante para un grupo de menos de 200 simpatizantes de Rivera. Las fachadas de las casas que dan a la plaza lucían enormes lazos amarillos.

El micro pasó de Mesquida a Maite Pagazaurtundua, que no habló para aquel puñado de suyos, sino que apeló todo el rato a la multitud. Les contó de su infancia, de su hermano, les conminó a leer a Hannah Arendt, les llamó matones. Luego cicateó diciendo que en Catalunya pitan más fuerte. «Esto es un paseo», aseguró.

Además de buscar una reacción que diera empaque suficiente al acto como para abrir un telediario, la cita ayer venía a confirmar que Ciudadanos ha terminado de fagocitar a UPyD (formación por la que Pagazaurtundua sigue siendo europarlamentaria). La decisión se anunció hace un par de semanas. Ayer escenificaron la boda.

No había ni rastro de los símbolos del partido de Rosa Díez. Pero la impresión general era a la inversa: UPyD se comía a Ciudanos. Rivera no pareció capaz de traer nada fresco. El siguiente orador, Fernando Savater, siguió con la senda clásica de UPyD.

Savater comparó las cacerolas con cencerros y las consignas que se lanzaron, con rebuznos. Defendió que hay tres partidos: «constitucionalistas, pensionistas (los que se mueven por conveniencia) e inconstitucionales». Apuntó que la solución pasa por unir a los constitucionalistas y atraer a los pensionistas a la Constitución. O, en su formulación más práctica, abrió el abanico por un pacto Ciudadanos-PSOE, siempre que la cabeza de Pedro Sánchez ruede antes. Su propuesta recordaba a aquel pacto entre Nicolás Redondo Terreros y Jaime Mayor Oreja. Según dijo Savater, las distinciones entre izquierda y derecha son para los mediocres.

La elección de Errenteria no solo tenía sentido por Pagazaurtundua, también por la idea de reconciliación. Errenteria ha puesto en práctica un camino que Savater rechaza de plano. «No hay acuerdos de paz. El acuerdo de paz es la Constitución», remarcó.

Las promesas de Rivera

Rivera se vendió como el paladín de la libertad y se olvidó de Vox. Los titulares del día resonaban con la bronca monumental en Bilbo por el acto de Santiago Abascal en el Euskalduna. El de Ciudadanos buscaba lo mismo, pero el de Vox le ganó, porque ahora Abascal es la derecha pujante. Tampoco se solidarizó con Vox, pese a que es su socio en Andalucía. Calló.

Rivera llegó con promesas electorales. Buscó, como Mesquida, que sus palabras fueran respondidas con abucheos más fuertes. «Esto que voy a decir ahora no os va a gustar...», avanzaba. Pero no le oían. Quizá las televisiones, con sus montajes, reflejen algún tipo de diálogo entre las palabras de Rivera y los que protestaban. Pero sería falso. Había que pegar la oreja al altavoz para seguir el hilo. El ruido era ensordecedor.

En aras a la «libertad», Rivera prometió una barrera del 3% para que PNV y EH Bildu no puedan entrar al Congreso, otra ley que impida los «ongi etorris» y, además, afirmó que los políticos catalanes pasarán mucho tiempo entre rejas. Además, pidió el fin de los «privilegios» por comunidades para que «los españoles seamos iguales». No se atrevió, sin embargo, a cargar específicamente contra el Cupo o las haciendas forales.

Al acabar, la furgoneta negra en la que viajaba Rivera se abrió camino entre porrazos. Mientras, una txaranga tocaba el himno de &dcTwo;Riego y una mujer mayor, aplaudía al grito de “Alde Hemendik” con ramas de laurel. A fin de cuentas, ayer coincidieron el Día de la República y el Domingo de Ramos.