2019/05/15

Donde vive la muerte
Víctor ESQUIROL
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El axioma que mejor define al Festival de Cannes es el que nos dice que este certamen es donde mejores películas se ven... pero también aquel donde a uno peor le tratan. Debe ser la maldición (por así llamarla) del éxito. Ese escenario exageradamente favorable para el anfitrión, y que por ende le da demasiados pocos argumentos para tratar bien a sus huéspedes. No importa si el cliente se va insatisfecho, porque detrás de él viene una cola de gente deseosa de entrar. Soy de Barcelona, sé de lo que hablo.

Pero ni la bordería imperante en la Ciudad Condal puede prepararte para afrontar el apocalipsis de la humanidad que año tras año propone la Croisette. El sistema de castas que separa por categorías a los miembros de la prensa es tan cruel como, a veces, injustificado, y más allá de alimentar las malas vibraciones entre privilegiados y desfavorecidos, diseña unos horarios de trabajo que, más que absurdos, a veces son imposibles. Escribo esto, que conste, con el poco tiempo (y paz, y tranquilidad) que la organización concede a los mortales. Con esto y con el temor de verme engullido por los zombies que ahora mismo patrullan por este abarrotado pueblo de la Costa Azul francesa.

Y ahí va una vez más la horda de muertos vivientes que colapsan tanto el paseo marítimo como las redes sociales. Con sus selfies, sus vestidos caros, y sus coches veloces... Con su grotesca cosmética. Llamativa y en cierto modo impresionante, sí, pero a la postre síntoma inequívoco de lo muerta por dentro que está. Y ahí va el eslogan: «Cannes, donde las mejores películas van de la mano de los peores modales. Cannes, donde los muertos parece que estén vivos».

El panorama invitaba pues a elegir el nuevo trabajo de Jim Jarmusch como film de apertura de esta 72ª edición. “The Dead Don’t Die”, que así se titula, es al fin y al cabo una cinta de zombies. De muertos vivientes, vaya. De gules que todo lo devoran y destrozan a su paso. La película, ya se ve, como elemento lógico en el paisaje humano de tan distinguido festival.

Afortunadamente, se trata de una comedia. Porque sí, cuando más negro pinta el avenir, más debemos reírnos. Y a esto se dedica Jarmusch. Con su característica filia por las repeticiones, su cine de ecos analiza con cariño, pero a la vez con actitud socarrona, los vicios de una sociedad que, para mayor éxtasis en la carambola, disfruta (¿demasiado?) de unos hábitos bajo los cuales late una fuerza destructora.

La acción, por cierto, se sitúa en las antípodas geográficas (que no espirituales) de Cannes. En Centerville, para ser más exactos, pueblo imaginario en el que confluyen todos los tics característicos de esa América que, nos guste o no, resulta que ahora es la que manda. El –buen– cine de zombies, al fin y al cabo, siempre tuvo esto: una carga política arrolladora. Y si no, que alguien reanime a George A. Romero y se lo pregunte. Jim Jarmusch con sus queridos muertos, y tan a gusto. Cannes y el maldito axioma. Le tratan a uno fatal... pero desde luego, aquí se ven las mejores películas. De la muerte a la vida en poco más de hora y media. Es cine. Empezamos.