2019/09/29

Koldo Campos Sagaseta
Escritor
Apuntes sobre las residencias de ancianos
Hay que repensar las residencias no como terminales o antesalas de nada, sino como la oportunidad de refundar la vida ochenta años después

Vivo en un piso tutelado de la residencia de ancianos de Azkoitia (San Jose Egoitza/Biharko) y me gustaría compartir algunas inquietudes al respecto. La primera reflexión pasa por reiterar que las residencias, al igual que escuelas y hospitales, nunca debieron ser un negocio y, sin embargo, es uno de los más prósperos. Cuantos más clientes menos personal. Se cuentan los pañales y las patatas fritas. Todo menos las pastillas. Lo que pudo haber sido una propuesta de convivencia nueva e integradora, un espacio creativo y hermoso para la tenida por tercera edad, en manos del negocio termina convertido en un almacén de residuos, un desván de trastos viejos o un invernadero de repollos a los que se les habla como si fueran bebés, se les miente como si no tuvieran memoria y se les ignora como si no existieran. Hay que repensar las residencias no como terminales o antesalas de nada, sino como la oportunidad de refundar la vida ochenta años después.

La segunda reflexión tiene que ver con la ubicación de la residencia. El Ayuntamiento decidió en su día que el lugar idóneo era a las afueras, lejos del mundanal ruido... No ha sido así. La distancia aleja, separa, rompe. Las relaciones se van diluyendo, agotando. Pasa el tiempo, pasan los años. Se van apagando las luces. El pueblo cada vez está más lejos. Un mal día aparece la esquela en la fachada de la iglesia. La distancia mata. En el pueblo, cualquiera pasa por la plaza, por la iglesia, junto al río… pero nadie pasa por la residencia porque por la residencia no se pasa. A la residencia hay que ir. Y no solo es el contacto con ese entorno familiar y afectivo que se va perdiendo, es también la calidad de esa relación que se empobrece cuando lo que en el pueblo eran encuentros en la residencia son visitas de 5 a 7 de la tarde.

Y esta es la tercera reflexión. En un hospital uno debe compartir habitación con otra persona. A nadie le agrada pero uno lo acepta porque es cosa de unos días. Tu habitación en la residencia, sin embargo, lleva tu nombre. Es tu «casa», ese espacio personal, ese «txoko» que debes compartir con quien no conoces o, porque lo conoces, con quien no lo deseas compartir. Tu estabilidad emocional va a depender de que se te garantice ese espacio íntimo, tu habitación.

La música es salud, cuarta reflexión, y no voy a extenderme sobre las virtudes del oxígeno más imprescindible para las almas porque ni la residencia confía en esas virtudes ni yo creo en espíritus. En lo que sí creo es en la música. En la música como goce, como lenguaje, como compañía, como terapia. Decía Nietzsche que «sin música la vida sería un error» y, en la residencia, al margen de la que promueve un grupo de voluntarios y visitas, no hay música. No hay una comprensión de la música desde otra óptica que no sea «y así están entretenidos»; no hay una propuesta que contemple la música en la vida de los residentes como algo permanente, vital, porque en verdad no se valora la música, no se cree en ella, y la música es muchísimo más nutritiva que la tapioca.

Quinta reflexión. Si debemos cuidar la alimentación de los residentes para preservar su salud, también debiéramos cuidar su consumo televisivo. La sal es el reclamo más habitual en el comedor y no por ello se complace. Buena parte de la programación de los grandes canales es alienante y embrutecedora, sal para la cabeza. Hablo de proyectar películas, documentales, conciertos, e incorporar vídeos de las redes sociales. La capacidad de aprender en los seres humanos no la determina la edad. Lo que diferencia una residencia de ancianos de un invernadero de repollos es que los primeros tienen la capacidad de aprender y a los repollos no se les supone.

No hay wifi, sexta reflexión, y la cuestión es, cuando llegue, qué va a hacer la dirección del centro con internet, qué va a hacer con esa herramienta en beneficio de los residentes… todo sea porque «así están entretenidos». Retórica al margen, que bien sé la respuesta a mi pregunta, algunas de las inquietudes que vengo expresando en este escrito serían impensables sin internet, y buena parte de las que no planteo también.

En la cocina de la residencia, séptima reflexión, cualquier tiempo pasado fue mejor. Y es que los residentes saludarían gozosos aquellos tiempos en los que los productos eran frescos y de la zona, y no eran congeladas las tortillas francesas o el pescado; cuando los jugos de naranja eran de naranja y el puré llevaba picatostes; cuando siempre había una segunda opción y dos ruedas de mortadela no eran una alternativa.

Esta última reflexión es realmente la primera por ser la más importante y urgente: ¡Personal! Falta personal en todas las plantas, en todos los turnos y áreas. Más que las huelgas de las trabajadoras se nota y pesa a los residentes la huelga de la empresa, la de todos los días. No se sustituyen las bajas, nadie reemplaza a quien se va de vacaciones. Los constantes cambios contribuyen al caos. Un día es la señora de la limpieza la que recoge las mesas, otro es la que sirve quien reparte las pastillas, todos los días ves a familiares buscando y poniendo baberos... La principal necesidad de los residentes es compañía, alguien al otro lado, y al otro lado hay una trabajadora que nunca tiene tiempo porque su tiempo es de la empresa y esta ha dispuesto que, mientras le cambia de pañal, con la otra mano lo peine y desde que lo vista cambie al siguiente...

Dijo en su día el diputado general de Bizkaia, Unai Rementeria, que «la dignidad de nuestros ancianos está por encima del derecho a la huelga». ¿Y por encima del negocio? ¿En cuánto se cotiza la dignidad de un anciano? ¿Pasarán las residencias al mercado paralelo?

Las residencias no pueden ser un negocio. Y sí hay recursos. Solo hace falta secundar a Mafalda y no permitir que lo urgente no deje tiempo para lo importante.