2019/10/12

Erreportajea
13 DE OCTUBRE DE 2009-12 DE OCTUBRE DE 2019
DIEZ AñOS DE LA REDADA QUE NO PUDO PARAR LA HISTORIA VASCA

Aquella tarde los presagios de Otegi se cumplieron, el afán de un cambio de ciclo quedó tocado, Euskal Herria se encogió y el Estado cantó victoria. Una década después, la lectura de aquella redada es bien diferente, de Igara a Estrasburgo pasando incluso por Madrid.

Ramón SOLA
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La media sonrisa de la foto inferior, entre irónica y preocupada, con que Arnaldo Otegi aparecía en manos policiales en los telediarios y teleberris nocturnos de aquel martes 13 de octubre de 2009 tenía plena explicación. «No nos van a dejar, no nos van a dejar» era el temor –justificado por la realidad– que Otegi no dejaba de verbalizar en aquellos días previos, en que se estaba lanzando el debate interno más potente producido en la izquierda abertzale, y con ello el cambio político más importante del país en varias décadas.

El día anterior ya resulta evidente el despliegue policial en torno a la sede de LAB en Igara (Donostia), percibido perfectamente por los propios detenidos. Optaron por seguir adelante, si acaso con más premura. Fue en torno a las 14.00 de aquel martes 13 cuando un golpe de «return» activó la difusión de ‘‘Argitzen’’, la ponencia base para ese debate interno. Y fue a las 18.00 cuando llegó la Policía española, enviada por Garzón. Tres días más tarde, Otegi, Rafa Díez, Sonia Jacinto, Miren Zabaleta y Arkaitz Rodríguez entraban en prisión. Pero el debate estaba lanzado y el cambio era imparable.

¿Qué pretendió el Estado?

Una década después, una de las dudas abiertas es qué pretendió realmente el Estado con aquella operación, desde el primer momento absurda pero luego ejecutada sin rectificación alguna hasta agotar las cinco condenas. No lo podrá contar ya Alfredo Pérez Rubalcaba, fallecido en mayo pasado, a quien el todavía presidente español José Luis Rodríguez Zapatero había dado manos libres para gestionar el escenario post-ruptura del proceso de negociación 2005-07. Quizás sí otros, como Baltasar Garzón, que apretó el botón judicial de la redada y hace años se rectificó a sí mismo en este caso.

La versión dura sostiene que el Estado simplemente intentó parar a la desesperada un cambio de ciclo que temía, porque le abocaba a una incierta confrontación política en un momento en que la batalla militar le era asumible. «La izquierda abertzale no nació para resistir, nació para ganar», había proclamado Otegi en el Anaitasuna pocos meses antes, en un discurso innovador que avanzaba la apuesta por las vías exclusivamente políticas y democráticas como «la estrategia eficaz».

Cuanto más razonables sonaban las posiciones dentro de lo que entonces aún se llamaba Batasuna, más cerrilmente respondía el Estado por boca de Rubalcaba, lo que a Otegi le recordaba una enseñanza del reverendo irlandés Alec Reid. Poco antes de la redada había anunciado una «oferta política en otoño» y el todopoderoso ministro del Interior había respondido así: «La respuesta va a ser radicalmente no. Esta es una farsa que dirige ETA y los tribunales ya han demostrado que ETA y Batasuna son lo mismo». Se equivocaba el Estado de plano en su análisis, porque esa «oferta de otoño» ni siquiera le tenía a él como destinatario; era el mensaje a la ciudadanía vasca que reflejaría en la Declaración de Altsasu de noviembre, un mes después de la redada, intacto.

La versión light es que el Estado sabía que no pararía el debate, pero intentó con las detenciones que la izquierda abertzale lo afrontara sin liderazgo y con zozobra, en el convencimiento de que ello conllevaría su fractura o al menos su debilitamiento. Esta tesis la apuntala la frase de Jesús Eguiguren, nada alineado con Rubalcaba, cuando aquellos días disculpó las detenciones señalando que los líderes encarcelados «creo que no tienen nada definitivo entre manos».

¿Qué lograron los detenidos?

Efectivamente no lo tenían. Y los encarcelamientos no contribuyeron precisamente a clarificar ni engrasar el debate. Pero que ‘‘Argitzen’’ haría camino lo evidenciaron las 200.000 descargas del documento que GARA publicaba apenas siete días después, debatido y ratificado luego en más de 200 asambleas. Lo resumiría así el propio Otegi en el juicio del «caso Bateragune», en julio de 2011: «Empezamos el cambio cuatro o cinco y ya somos 313.000», en referencia al resultado electoral de Bildu unos meses antes. Hoy habría tenido que decir 347.000.

Estando aún prisión, en el libro-entrevista de GARA ‘‘El tiempo de las luces’’, Otegi exponía que aquella tarde de 2009 en que todo empezaba pero también podía acabar nunca pensó que el independentismo de izquierdas pudiera llegar a gobernar en Gipuzkoa o Iruñea en tan corto plazo de tiempo, aunque «en cambio, siempre pensé que los aspectos técnico-políticos podrían resolverse con mayor facilidad en un escenario de cese definitivo de la lucha armada, al menos con un Gobierno del PSOE. Por eso siempre recalco que el proceso no debe ser entendido en términos lineales, que vamos a vivirlo y pelearlo con avances y retrocesos, y que eso nos exigirá ir amoldando planes y esquemas con flexibilidad e inteligencia».

«En cuanto a las certezas, teníamos una fundamental –añade Otegi, retrotrayéndose a aquella redada de Bateragune–: que la estrategia que planteábamos era una estrategia ganadora que no tenía alternativa. Mi mayor incertidumbre era comprobar si llegábamos todavía a tiempo para recuperar la confianza y credibilidad del pueblo vasco&indentHere;».

Euskal Herria, España, Europa

A nivel político, aquella redada a la desesperada no cambió por tanto el rumbo que iba tomando la Historia vasca. Sí tuvo costes personales: los encarcelamientos se prolongaron hasta agosto de 2017 en el caso de Rafa Díez Usabiaga. Aquella tarde fue detenido sin orden judicial siquiera, casi por casualidad, pero acabó condenado finalmente junto a Otegi como «dirigente terrorista», en sentencias dictadas sucesivamente cuando ETA ya estaba en alto el fuego y Bildu legalizada (Audiencia Nacional, setiembre de 2011); cuando ETA había puesto fin a su acción armada y Sortu era casi legal (Supremo, mayo de 2012); y cuando ETA perseveraba hacia su desarme-disolución y Europa ya había excarcelado a decenas de presos anulando la «doctrina Parot» (julio de 2014).

El Estado sostuvo a toda costa aquella farsa inverosímil que nunca coló en Euskal Herria y tampoco finalmente en Europa, donde el juicio fue declarado injusto en noviembre del pasado año. Una década después, nada es igual pero todo merece ser recordado.