KRESALA ZINEKLUBA, CINE Y COMUNIDAD
Nació en pleno franquismo y con la censura encima, pero el amor al cine hizo que no se cuestionaran nada. Compartir buenas películas con el público, ese era su fin. Hoy, 48 años después, Kresala zinekluba sigue estrechando lazos con su público. Fiel donde los haya.

Su gran afición al cine los impulsó a un proyecto que parecía de locos. La verdad es que entonces ni si quiera era un proyecto, no surgió con tales intenciones. Fue más bien un impulso, una necesidad que nació de dentro. Los hechos posteriores se sucedieron de forma natural. Como si una cosa llevara a la otra. Era 1967 cuando Juan Berasategi, junto con Fernando Mikelajauregi, Luis Bergua y otros comenzaron a ofrecer de forma clandestina, o sea, a escondidas, películas en la asociación cultural Kresala, en la Parte Vieja donostiarra. Con la dictadura aún vigente. No eran simples proyecciones, porque después se abrían debates en torno a la película. Transcurrieron cinco años hasta que al fin, en 1972, se creó el cineclub Kresala, tomando prestado el nombre del lugar que les había dado cobijo en una época tan oscura, aunque no mantenían ningún vínculo con la asociación cultural. Franco seguía vivo y la censura era afilada, pero oficializado y constituido el proyecto como tal, desde entonces, y de forma ininterrumpida, los lunes a las 19.30 hay una cita con el buen cine. Lo dicen con un aire de orgullo, y razones para ello no les faltan.
Juan Berasategi es una hemeroteca y los años no han minado su memoria. «La víspera de morir Franco proyectamos “Ruda jornada para una reina”, de René Allió», rememora. Rescata recuerdos con una fluidez asombrosa y teje un relato de anécdotas y curiosidades. Es la historia viva de un cineclub al que nunca ha dejado de asistir, aunque dejó la primera fila en 2011. Hoy, llevan las riendas gente joven con el mismo amor por el séptimo arte. Leire Egaña, Pedro Saldaña y Ander Gisasola son parte del equipo. Entre todos reconstruyen la historia de Kresala Zinekluba, que así se llama desde 2011.
Los inicios, según recuerda Berasategi, estuvieron condicionados por la censura. Según fue desapareciendo, fueron ofreciendo «todo lo que había estado remansado, como en un pantano. De repente pudimos dar muchísimo, tanto del cine del momento como de los años anteriores». La sede de proyecciones fue variando entre Kresala, el convento de las Carmelitas y los salones de Kutxa de la calle Arrasate, que resultó finalmente sede del cineclub durante mucho tiempo, hasta 2014.
Admite con una sonrisa traviesa que en alguna ocasión lograron esquivar los ojos vigilantes de la dictadura. “El acorazado Potemkin” (1925) estaba «prohibidísima», pero se logró ofrecer «de extranjis»… Salvo excepciones como esta, todas las películas llevaban un cartón de censura y se indicaba qué habían cortado. «‘Este plano en el que se están besando los protagonistas es demasiado largo’, podían justificar». Según cuenta, «para todas las sesiones teníamos que pasar por la delegación de Información y Turismo, en la calle Andia, y nos echaban el sello. Esa era la garantía de que había pasado por el filtro. O sea, por la censura. Estuvimos así hasta el 76. Su desaparición abrió el abanico de posibilidades», recuerda.
Las copias de las películas, que se lograban a través de las distribuidoras, lo mismo que actualmente, «eran unas bolsas así de grandes, no como ahora, que son un DVD», describe Berasategi, dibujando con las manos un bulto enorme. «Nos las traía un transportista, pero a veces el tren no llegaba a tiempo y teníamos que ir corriendo a la estación del Norte, en Atotxa, si procedía de Madrid o Barcelona; o a la de Easo si venía de Bilbao». Recuerda especialmente un retraso con una copia de Hitchcock. «La sesión era a las 19.30 y estaba ya la sala llena, ¡y el tren que no llegaba! Cargamos con la copia a las 19.15, una bolsa terrible de grande… ‘¡Ya llegan, ya llegan!’ gritaba la gente. La proyectamos pero ¡por los pelos! Fue un suspense hasta el último minuto, realmente haciendo honor a Hitchcock», ríe.
Criterios de selección
Había películas que en la época, al considerar que no eran comerciales, no se proyectaban en Donostia. «Nos fijábamos precisamente en esas si veíamos algo interesante en ellas. Dábamos también mucho clásico y estrenos que no se habían visto. Eso nos hacía atractivos. Nuestro objetivo era mostrar, compartir largometrajes que merecían ser vistos, ser una alternativa a las salas de cine convencionales».
Los criterios de selección de las películas que conforman la programación son similares hoy en día: se trata de películas que no se han estrenado en la ciudad y en versión original, cuenta Leire Egaña. Eso es impepinable.
Los años en la calle Arrasate fueron muy estables y exitosos, a cada sesión tenían una asistencia media de 120 personas, un público muy fidelizado. Eso sigue siendo así también hoy. Había incluso, de forma excepcional, doble sesión por la gran afluencia. Ocurrió con “Nashville” (1975) de Robert Altman, detalla Berasategi. «Era un cine distinto, se trataba de películas que quizá el público más general podía considerarlas un rollo», se encoge de hombros. En cualquier caso, hay anécdotas que muestran la magia del cine. «Recuerdo la proyección de “Uccellacci uccellini” (1966), de Pasolini. No se había estrenado, era muy poética, muy interesante, aunque minoritaria quizá… El coloquio posterior duró tanto como la película…¡no se ha vuelto a ver una cosa igual!», exclama. El caso es que la tertulia acabó pasadas las 22.30. «Hubo un hombre al que solo le faltó llorar. ‘He tenido una suerte inmensa de poder ver esta película’ gritaba emocionado».
Diferencias entre ayer y hoy
La única diferencia sustancial entre los tiempos pasados y los actuales es la calidad de las copias. Hoy son digitales. «Antes muchas llegaban hechas polvo». Eso, y la dedicación previa que hay detrás de cada proyección. «Detrás de un cineclub hay mucho trabajo en equipo, exige compromiso y mucho tiempo», considera Saldaña. Explican que no se programa el año de golpe, hay tantos trabajos tan interesantes que lo hacen por partes. El compañero Paul Ormaetxea se dedica a investigar todas las semanas qué películas se han estrenado pero no ha llegado una copia a Donostia. «Hay que bucear mucho», resumen. De esa selección se eligen las más interesantes y se solicita una copia a las distribuidoras para visionarlas previamente y valorar si se sigue adelante o no. «Esa es una diferencia sustancial con los fundadores», agregan.
En el equipo actual hay cuatro mujeres y cuatro hombres, mientras que en los inicios toda la “directiva” era masculina. «No porque no quisiéramos que ellas estuvieran presentes en el proyecto». Según Berasategi, «en 40 años solo tres mujeres presentaron películas».
El cambio de sede llegó en 2014. Dejaron los salones de la calle Arrasate y se trasladaron a los cines Trueba, en Gros, donde empezaron a proyectar copias digitales. Esto supuso un salto cualitativo importante, mejorando el sonido y la imagen.
Y todo esto sin quitar un ojo a la actualidad, al mundo que nos rodea. Porque el cine puede resultar un canal muy interesante para socializar un sinfín de temas. Han tratado el autismo, la diversidad sexual… Se seleccionan películas ricas en ese sentido, de forma que de pie a organizar posteriores coloquios. «Invitamos a agentes, representantes de asociaciones, personas que desarrollen la temática en cuestión desde la primera línea», explica Egaña. Ese es un valor añadido del cineclub de hoy.
Respecto al cine convencional, el cineclub tiene otras cosas que ofrecer. Por ejemplo, un público muy fiel. «Este cine crea comunidad. El 80% de las personas que vamos cada lunes somos las mismas todas las semanas. Hay un núcleo importante, que es el mismo que ya iba hace 48 años», constata Berasategi.
Y ofrecen otro tipo de cine. «Distinto. Si no estuviese Kresaka zinekluba estas películas no llegarían al público, el acceso sería mucho más difícil. Y es cierto que hoy día, con internet y las nuevas tecnologías, puedes conseguir prácticamente todo, antes o después. Pero no es una pantalla. Y el cine es eso», defiende.
el envejecimiento del público preocupa; hace falta atraer a la juventud
Hace unas semanas tuvo lugar un encuentro entro los cineclubes de Euskal Herria, empujados por la necesidad de hacer un diagnóstico y entablar relaciones más sólidas. Aún por poner en común las conclusiones, en opinión de Gisasola, hay situaciones muy diversas. «No es lo mismo proyectar en una ciudad que en un pueblo», resume.
Cita, por ejemplo, el caso de Fas de Bilbo, el cineclub más veterano del Estado español (fundado en 1953) y cuyo proyecto está muy consolidado, o el de Azkoitia. «Allí [en el cine de Azkoitia] proyectan una a la semana, en tres sesiones. Teniendo en cuenta que cada semana se estrenan entre 7 y 8 películas, lo que tienen para elegir es mucho más amplio». También cree que el público puede ser diferente. «En Donostia, los espectadores de Kresala son muy muy cinéfilos, personas que saben muchísimo de cine; en ese sentido tienen una cultura muy muy extensa. Creo que eso no se da en localidades pequeñas, donde además los proyectos de cineclub han sido más intermitentes», opina.
Y aunque las realidades sean particulares, Gisasola cree que los retos no son tan diferentes. El primero, atraer a un público más joven. «Que haya tasa de reposición», añade Egaña. No oculta su preocupación por el envejecimiento de los espectadores. En Kresala zinekluba, por ejemplo, la media de edad es alta, unos 60, estimado “a ojo”.
También han identificado la necesidad de hacer proyectos comunes, de colaborar y crear sinergias. Se pondrán a trabajar en esa dirección. O.L.

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