Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Una gran mujer (Beanpole)»

La otra guerra que no libraron los hombres

Voy a empezar por lo que más me ha impresionado del segundo largometraje del joven cineasta ruso Kantemir Balagov, sin desmerecer otros muchos aspectos que convierten a “Una gran mujer (Beanpole)” en una obra personalísima, digna de este adelantado discípulo del maestro Sokúrov. Y es que hace tiempos que no veía una actriz tan fascinante como Viktoria Miroshnichenko, única y sin parecido alguno con ninguna otra. Es un ser extraordinario, de una belleza rarísima, ideal para componer un personaje tan complejo como el de Iya, cuyo apodo de “beanpole” hay que traducirlo como “largirucha”. Es más que eso, es una chica gigantesca, altísima y de enorme fortaleza física, conjugada con una mirada dulce y una voz muy fina y tenue. Su cabello es de un rubio que quema la mirada, se puede decir que es casi albina. La directora de fotografía Kseniya Sereda, que es otra niña prodigio, la retrata de forma pictórica con una luminosidad virginal, como rodeada de una áurea y un brillo especiales.

Viktoria Miroshnichenko protagoniza una íntima historia de amistad femenina junto a Vasilisa Perlygina, que encarna a la inseparable Masha. Juntas combatieron en el frente, para después ser destinadas a un hospital de guerra durante la reconstrucción de Leningrado tras el largo asedio de las tropas alemanas. Representan la otra contienda que no libraron los hombres y que, tal como es vista en la película, resulta mucho más terrible, al tratarse de mujeres supervivientes frente a la pérdida de esperanza en el futuro, simbolizado por las dificultades para ser madres.

Masha sufre heridas de guerra que han dañado su aparato reproductivo, mientras que Iya debe devolver a su camarada el hijo que le dejó a su cuidado y perdió accidentalmente por culpa de las secuelas neurológicas. El problema es que Iya sólo siente rechazo hacia el sexo opuesto, incluso para engendrar.