Iker BIZKARGUENAGA
MARIO SANDOVAL, UN VERDUGO ESCONDIDO EN LA UNIVERSIDAD

PROFESOR EN LA SORBONA TRAS DOCTORARSE EN HORROR Y MUERTE

En una cruel paradoja, uno de los responsables de la desaparición de miles de estudiantes logró desaparecer entre ellos, camuflado en una Universidad que le contrató ajena a su currículum. Pero al final, el «profesor» va a acabar sometido al examen de la Justicia.

En la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), cuya sola mención causa escalofríos en Argentina, en 1976 un joven dejó impreso en la pared del agujero donde le retenían el mensaje «H.A. Mónica te amo». La destinataria era Mónica Dittmar y el autor, Hernán Abriata, quien seguramente intuía que aquella iba a ser su última comunicación con la persona que amaba, sin saber siquiera si el mensaje llegaría a su destino.

Sí que llegó, aunque tardó demasiado tiempo hacerlo. Tras la caída de la Junta Militar, Dittman acudió al centro de tortura para reconocer la caligrafía de su marido, permitiendo de esta forma abrir el proceso contra el responsable –uno de ellos– de su desaparición: Mario Sandoval. También conocido como “Churrasco” por quienes pasaron por las mazmorras de la ESMA, un recordatorio de su habilidad con la picana, se trata de un policía al que se vincula con más de quinientos casos de muerte, tortura y desaparición y que, sin embargo, durante años esquivó a la Justicia oculto en el lugar más insospechado, la Universidad de la Sorbona.

Treinta y cinco años en las sombras

«¿Cómo acabó un acusado por torturas dando clases en la Sorbona?», se preguntaba hace unos días “The Guardian” en un extenso artículo en el que se hacía eco de la detención y extradición del verdugo argentino para responder por lo ocurrido con el estudiante de Arquitectura y miembro de la Juventud Universitaria Peronista (JUP).

No es una pregunta de fácil respuesta, pero lo cierto es que durante seis años, entre 1999 y 2005, Sandoval impartió clases en el Instituto de Altos Estudios sobre América Latina (IHEAL, por sus siglas en francés) de la prestigiosa universidad de París, una ciudad donde residía desde 1985 –había adquirido la nacionalidad francesa– y donde fue detenido el pasado 11 de diciembre para poner fin a un proceso de siete años, en los que ha tratado de eludir la extradición por todos los medios.

No ha tenido éxito, y tendrá que responder ante el tribunal. A sus 66 años de edad es un hombre derrotado, nada que ver con la persona que mediada la cuarentena y con un excelente dominio del francés entró en la élite universitaria gala. Sus credenciales eran impecables: había pasado los cinco años anteriores enseñando relaciones internacionales en otro centro educativo, la Universidad Marne-la-Vallée, y pronto se convirtió en un activo reconocido en la Sorbona, donde desempeñó un papel destacado y organizó varios seminarios. «Tenía una capacidad asombrosa para integrarse», señala al diario británico Carlos Quenan, un reputado académico argentino que compartió claustro con él y que, de hecho, fue quien recomendó su contratación. «Nunca recibí ninguna queja en particular del personal o los estudiantes», añade.

Ni él ni el resto de sus compañeros conocían la trayectoria del policía, un elemento cualificado de los escuadrones de la muerte de un régimen dictatorial que acabó con la vida de decenas de miles personas, jóvenes en su gran mayoría, muchas de las cuales todavía permanecen en paradero desconocido.

«Muy traumático para la institución»

Es el caso de Abriata, que fue sacado de casa de sus padres a las dos de la tarde del 30 de octubre de 1976 por un grupo de soldados comandado por un policía que se identificó como «Sandoval, de la Coordinación Federal».

Así se lo hizo saber la familia del joven a la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep), que ha pilotado el proceso hasta lograr la entrega. Ha sido un camino largo. El procedimiento de extradició se inició en 2012, a cargo del juez federal Sergio Torres. En principio, Argentina reclamaba a Sandoval para juzgarlo por crímenes contra la humanidad, pero si bien la Justicia francesa autorizó su entrega, restringió las causas a la desaparición de Abriata, único delito por el que finalmente se sentará en el banquillo.

Su rastro, en todo caso, había aparecido mucho antes. Ya en 1984, un año después de que cayera la dictadura, ahíta tras perder la Guerra de las Malvinas, el sobrenombre de “Churrasco” se mencionaba en un informe de la Conadep que hacía referencia a él como un «agente operativo» de la Junta liderada por el general de brigada Jorge Rafael Videla.

Sandoval no tardó en poner tierra de por medio, y un año después ya estaba instalado en París, donde levantó con mimo su fachada. Esta le sirvió para guarecerse durante más de dos décadas, hasta que el diario argentino “Página 12” publicó su biografía real, de la que pronto se hicieron eco medios franceses, causando estupor entre quienes trataron con él. Por ejemplo, el profesor de historia contemporánea del IHEAL Olivier Compagnon, que desde París reconocía a “The Guardian” que lo ocurrido «es muy traumático para nosotros como institución».

Explica que conoció a Sandoval por primera vez en 2003, cuando los dos académicos impartieron un curso juntos sobre Venezuela. «Nos conocimos en un bar en París y muy pronto tuvimos un desacuerdo. Era muy derechista, reaccionario, pero no sospeché nada más profundo que eso », relata, apuntando que pese a ello, y por las posiciones políticas de su contraparte, se negó a impartir otro curso de forma conjunta al año siguiente.

En 2005 el contrato de Sandoval en la Sorbona no fue renovado. «No fue porque sospecháramos», sostiene Quenan, quien argumenta que «no estábamos contentos con el tipo de clases que quería dar, sobre armamento, seguridad y materias que no consideramos relevantes para nuestros estudiantes».

Estos dos profesores no han sido los únicos que han tenido que dar explicaciones en las últimas semanas. Los focos también se han posado sobre el director del Instituto de Altos Estudios sobre América Latina cuando Sandoval fue incorporado, nada menos que Jean Michel Blanquer, ministro de Educación en el Gabinete de Emmanuel Macron.

En declaraciones a “Libération”, Blanquer ha negado cualquier relación con Sandoval, de quien afirma que desconocía su vinculación con la dictadura, y limita su responsabilidad a dar su visto bueno a la propuesta de reclutamiento realizada por Quenan. Por su parte, este reputado economista ha sido muy crítico con la gestión ultraliberal de Mauricio Macri y fue invitado por Alberto Fernández cuando asumió la presidencia de su país. Parece descabellado por tanto pensar que simpatizara con el régimen criminal de Videla.

Sea como fuere, a los gestores de la Sorbona se les coló uno de los perros de presa de la Junta Militar, un alto responsable de los grupos que sembraron de terror toda Argentina.

Una Justicia «demasiado lenta»

Beatriz Cantarini fue testigo de cómo estos se llevaban a su hijo. Hoy, con 93 años, sigue pidiendo justicia para él y para el resto de víctimas, y el día en que detuvieron a Sandoval participó en su enésima concentración.

Los allegados de Hernán están intentando que no sea necesario que su madre, a su edad, tenga que declarar en el juicio. «Parece que las victimas somos a veces las que tenemos que exponernos, estamos viviendo un momento doloroso, triste», lamentaba su nuera, apostillando que la Justicia «no puede ser tan lenta». Más de 43 años le dan la razón.

Cuando se produjo el secuestro, el matrimonio se acababa de mudar a un pequeño apartamento cercano a la vivienda de los padres de él, a la que los uniformados acudieron a buscarlo alegando que se trataba de una denuncia de la facultad de Arquitectura, en la que ambos estudiaban. Fue el padre de Hernán el que condujo a Sandoval hasta el apartamento, donde arrestaron al estudiante mientras tapaban la cabeza de Mónica, quien escuchó cómo le decían a su marido: «Sabemos que estás en la joda (fiesta)».

El “Churrasco”, según explicó Dittmar a la agencia Efe el día de la extradición, alegó que se trataba de un acto rutinario y que recibirían noticias al día siguiente. Nunca llegaron, pese a la insistencia y desesperación de su familia, la misma que experimentaron las familias de todos los desaparecidos.

«Sandoval tomó el reloj de mi esposo y me lo entregó», explica su viuda. «‘Para mostrarles que no robamos nada’», le dijo el policía.

No le robó el reloj, pero sí le robó la vida.