2020/01/06

Erreportajea
DESDE ROJAVA, KURDISTÁN SIRIO (II)
«NO PARARÁN HASTA ACABAR CON NOSOTROS»

La catástrofe humanitaria resulta inabordable tras la última ofensiva turca sobre Rojava. Organizaciones internacionales acusan a Ankara de «crímenes de guerra», pero la impunidad sigue siendo la norma.

Karlos ZURUTUZA
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Una boda que acaba en un bombardeo de la OTAN. A Jihan Ayo le entra la risa cuando recuerda la imagen de los comensales, todos muy elegantes, mirándose unos a otros con incredulidad en la trasera de un camión de ganado. Luego vuelve a llorar.

«Ya noté algo extraño en la ciudad aquel día. Pregunté y la gente decía que era lo de siempre, una amenaza más de Erdogan (presidente turco) de atacar, que no había que tomárselo en serio. Luego cayó la primera bomba y todo el mundo gritaba y lloraba. Queríamos huir, pero no sabíamos cómo, no había coches. Al final mi padre consiguió aquel camión. ‘Mira cómo se te ha corrido el rimel’; ‘¿Fuiste a la peluquería hoy a la mañana? Pues vaya pelos tienes ahora’, nos decíamos unos a otros para animarnos».

Jihan habla desde el campus de Qamishlo de la Universidad de Rojava. En otra vida estudió Traducción en Damasco; en esta da clases de inglés a chavales que se resisten a arrojar la toalla en una guerra, la de Siria, que dura ya más de ocho años. Fue el pasado 9 de octubre cuando las bombas de la aviación turca extinguieron la alegría en aquella boda y los sueños de cientos de miles en el norte de Siria. De su casa en Serekaniye, Jihan dice no saber gran cosa. «Nos dijeron que los mercenarios la saquearon, poco más». Los drones y los tanques eran de bandera turca, pero las botas de Ankara sobre el terreno pertenecían a yihadistas del Estado Islámico y de las mil facciones de Al Qaeda en Siria a las que Ankara ha regalado armas, uniformes y un nombre para despistar: Ejército Nacional Sirio. La excusa turca para justificar la limpieza étnica de los kurdos de Siria es reubicar a más de tres millones de refugiados árabes en sus tierras; eso o mandarlos a Europa, que dijeron en Ankara. Bruselas calla.

Muchos de los desplazados se refugian en casas de familiares en Hassaka –a una distancia prudencial de ochenta kilómetros de la frontera turca–, aunque la mayoría ha acabado varada en escuelas abandonadas donde sillas y pupitres se apilan en los pasillos para hacer sitio para las familias. Tampoco es algo de los últimos meses. En la escuela de primaria Abdul Hadd Mosa llevan recibiendo refugiados de todos los frentes de Siria desde 2011: Alepo, Homs, Raqqa, Deir Ezzor… La última remesa es de Serekaniye y alrededores; doscientas personas de una riada de más de doscientos mil desplazados internos (ONU) tras la ofensiva. Solo en Hassaka hay ochenta escuelas como esta.

Gariba tiene que bregar con cuatro hijos sobre las baldosas de una clase que comparten con otros dieciocho. Como todos, se queja del frío, de la falta de agua, pero, sobre todo, del ruido. «No paran, ¿los ves? No hay manera de que los críos estén quietos un solo momento. Desde que abro los ojos cada mañana solo pienso en que caiga la noche para volver a cerrarlos», dice esta kurda. Le han dicho que ahora vive gente en su antigua casa, «probablemente árabes de Idlib (oeste del país)». Su cuñado volvió hace tres días a Serekaniye y los yihadistas le pidieron dinero para poder entrar. Luego pensaron que sacarían mucho más secuestrándolo y ahora no bajan de los cien mil dólares. La familia sigue intentando juntar el dinero.

Las historias son recurrentes, tarifas incluidas. Como lo de los tractores robados por los yihadistas. La suma que han de abonar sus dueños para recuperarlos oscila entre dos mil y tres mil dólares. También está lo del saqueo sistemático de las casas, del que no se suele librar ni el cableado eléctrico. O lo de las mujeres que se ensucian la cara con barro para que no las violen los yihadistas. No siempre funciona. Desde el segundo piso, Zekia asegura haber perdido a cuatro de sus hermanos desde que empezó la guerra en 2011, dos en las filas del Ejército sirio y otros dos en el contingente kurdo-árabe de las YPG. El último murió bajo los drones del pasado 9 de octubre. «Nos odian porque estamos con los kurdos en esta guerra, no pararán hasta acabar con nosotros», dice esta árabe que era la líder de la comuna de Serekaniye.

El proyecto político puesto en marcha en el noreste de Siria desde 2011 pasa por la atomización del poder hasta ese nivel. Aún lejos de ser perfecto, no deja de ser una apuesta por los derechos humanos y la igualdad entre géneros, etnias y confesiones sin precedentes en la región.

Es a las afueras de Hassaka donde la Administración del noreste de Siria ha levantado una ciudad de plástico sobre un barrizal. No hay ni casas de familiares ni escuelas suficientes para contener la riada de desplazados. Tampoco busquen a la ONU, porque la mayoría de su personal abandonó el país en octubre. Fue el repliegue en la zona de las tropas de Damasco el que provocó una estampida de cooperantes y periodistas internacionales que habían accedido al territorio desde Irak, y sin un visado oficial sirio en su pasaporte. Hoy, la Media Luna Roja Kurda hace lo que puede para asistir a los más de cuatro mil habitantes del campo de Washokani (el antiguo nombre siríaco de Serekaniye), una cifra que, dicen, sigue creciendo cada día que pasa. Una docena de excavadoras trabaja sin descanso para hacer sitio a los recién llegados. Encontramos a Alia en un laberinto de tiendas de campaña idénticas en el que solo la ropa colgada de una familia nos avisa de que hemos caminado en círculos. Dice que huyó a pie con su marido y sus siete hijos. «Fuimos de pueblo en pueblo, huyendo a medida que se acercaban, hasta llegar aquí». Desde la tienda justo enfrente, Hussein dice que también huyó andando. Y Abdulrazaq. Y Fatma.

Human Rights Watch y Amnistía Internacional hablan de «crímenes de guerra» que incluyen ejecuciones de civiles y el saqueo de sus propiedades. Cambian los nombres y las fechas, y a veces ni eso.

A sus ochenta y dos años, Omar Hamud yace postrado bajo tres mantas de las que asoma la bolsa de plástico en la que orina. Dice que los turcos no temen a Dios. Eso también lo hemos oído. Lo que sí resulta novedoso es la noticia del nacimiento de tres criaturas en este mar de plástico. Son Ayan, Mahmud y Suriya, los primeros naturales de Washokani.

Alto el fuego

La cafetería Rotana de Qamishlo es uno de esos lugares que siempre esconden sorpresas entre la densa cortina de humo de las pipas de agua. En la noche del Real Madrid-Barcelona, el pequeño Ahmed no da abasto limpiando las mesas, soplando la ceniza y cambiando los carboncillos del narguile. Tiene trece años. Tras varias visitas, el dueño del local nos enseña en su teléfono móvil las imágenes de un cadáver despedazado. «Es mi tío, el padre de Ahmed. Lo mataron los yihadistas cuando intentó volver a su casa en Serekaniye. Solo quería recuperar objetos personales, ropa, cualquier cosa». El padre de Ahmed se hizo cargo de su sobrino, el actual dueño de la cafetería, tras morir el padre de este en un accidente de tráfico. Hoy es el hostelero el que le devuelve el favor cuidando de Ahmed y sus dos hermanas.

Casi tres meses después del día que acabó con su infancia, el tráfico rodado por la carretera que lleva a su casa circula principalmente por el carril contrario. Ya vimos a esas familias enteras huyendo en una sola moto el pasado mes de octubre, o a las que caminan por el arcén en mitad de la nada. También a las que viajan dóciles en las traseras de camiones de ganado sentadas sobre sacas de arroz. Son imágenes congeladas en el tiempo que incluyen a esos pastores guiando a sus rebaños. Siempre parecen los únicos ajenos al desastre.

Dos helicópteros rusos sobrevuelan Tel Tamer en círculos; bajo sus aspas, una plétora de puestos de control de Damasco se extiende por la carretera que lleva hacia el oeste. Tras una ausencia de ocho años, el Ejército sirio se ha desplegado de nuevo por la zona, pero no lleva a cabo controles ni entorpece el tráfico de civiles y militares, sean estos últimos kurdos, rusos, e incluso norteamericanos. La milicia siríaca tampoco tiene problemas y nos llevan a su posición a siete kilómetros de allí, en la aldea de Tel Tawil. De una población en torno a mil habitantes apenas queda medio centenar, la mayoría viejos que no tienen ya fuerzas para huir. Lo explica Udai, uno de los combatientes siríacos desplegados en esta aldea a solo un kilómetro de las posiciones yihadistas. «Están justo en ese pueblo. ¿Veis ese coche circulando por la carretera? Son ellos» repite, señalando con su brazo derecho.

El alto el fuego pactado entre Washington y Ankara en octubre difícilmente se mantiene entre bombardeos turcos sobre la zona y choques entre las milicias islamistas bajo su ala y fuerzas sirias, tanto las del contingente kurdo-árabe como las del Ejército sirio. Uno de los episodios más sangrientos fue el del pasado 2 de diciembre, cuando la artillería turca bombardeó Tel Rifaat, una localidad hoy mayoritariamente habitada por desplazados de la región de Afrin (bajo control de las milicias islamistas afines a Ankara desde enero de 2018). Ocho niños resultaron muertos entonces.

En Tel Tawil se escucha fuego de mortero en la lejanía y preguntamos a un grupo de hombres extrañamente jóvenes para ser de esta aldea vaciada. Son milicianos árabes de las YPG que han optado por prescindir de sus uniformes para intentar evitar los ataques desde drones.

«Disparan para provocarnos y que acabemos respondiendo, llevan días así», asegura Aram, uno de los combatientes, desde una villa saqueada por los yihadistas, pero aún entera. Es su cuartel general. Llegaron hace tres días como reemplazo, pero todavía no tienen fecha de vuelta, explica el miliciano, antes de hundir su mirada en la piscina sin agua a su izquierda.

Este reportaje es un avance de "Éxodo, huir entre el escombro", un proyecto de investigación periodística de Euskal Fondoa