2020/02/02

Raúl Zibechi
Periodista
La fortaleza de la extrema derecha en América Latina

Damares Alves fue pastora de la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular y posteriormente de la Iglesia Bautista de la Lagoinha. La primera es un movimiento pentecostal nacido hace un siglo en California y la segunda es una iglesia evangélica con sede en Belo Horizonte. Ahora ejerce como ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos en el Gobierno de Jair Bolsonaro.

Es muy conservadora, como todo el Gabinete de Bolsonaro, fervientemente anti-feminista, hija de un pastor que fundó un centenar de templos evangélicos en todo Brasil. Trabajó durante dos décadas como asesora parlamentaria de diputados pentecostales, pero no tiene título reconocido. Aunque se presenta públicamente como abogada y educadora, la Orden de Abogados confirmó que no posee los títulos que se adjudica, lo que la llevó a decir que los suyos son «títulos bíblicos».

La ministra declara tener una hija adoptiva, de la etnia kamayurá del Parque Indígena de Xingú, pero los parientes de la chica aseguran que fue separada de su familia a los seis años de edad sin autorización de los padres biológicos. Aunque la ministra niega la versión, admite que nunca formalizó la adopción.

Pese a semejantes antecedentes y a una actuación más que discutible, Damares goza de amplia simpatía, en particular entre las camadas más pobres de Brasil. En una de sus últimas y más polémicas intervenciones, dijo a las jóvenes que no tengan relaciones sexuales hasta después de contraer matrimonio y se hizo célebre cuando asumió el cargo, un año atrás, al proclamar que los niños deben vestirse de azul y las niñas de rosa.

¿Cómo es posible que semejantes personajes figuren entre los más populares, en particular entre los pobres de Brasil y, también, en muchos países latinoamericanos? Según las encuestas, Damares tiene el apoyo del 43% de los brasileños, más del doble de los que apoyan al ex presidente Lula da Silva. Entre los votantes del Partido de los Trabajadores, casi un 30% simpatizan con la ministra. Algo está sucediendo en las sociedades para que necesiten figuras fuertes que la interpreten.

Apunto dos razones que atañen no a personajes como la mencionada ministra, sino a la sociedad y a la propia izquierda, cuyas limitaciones se relacionan con el ascenso de la extrema derecha.

Entre una buena parte de las personas de izquierda hemos acogido la mala costumbre de enfatizar en la ideología como talismán capaz de dar explicación a casi todas las cosas. Si no conseguimos comprender las razones que llevan a muchas personas de los sectores populares a apoyar a la ultraderecha, no conseguiremos disputarle su base social.

La segunda cuestión es que pese a enarbolar un discurso reaccionario, algo le están aportando a los pobres de nuestro continente. La ministra Damares enfoca buena parte de su actuación en la familia, se dirige a las madres negras pobres que viven en favelas. Para esas situaciones la izquierda no tiene un discurso claro, en gran medida porque consideramos que la familia es, intrínsecamente, un factor conservador en la sociedad.

Uno de los temas preferidos de la ultraderecha es la sexualidad, que sostiene debe limitarse, cuestión que levanta ampollas entre nosotros. El problema es que uno de cada cinco embarazos en Brasil es de niñas y adolescentes entre 10 y 19 años. En algunos estados pobres, el 30% de los bebés nacen de madres que tienen esas edades. Más de medio millón de niñas y adolescentes se embarazan cada año y dejan sus estudios, pero tampoco trabajan.

América Latina es la región con mayor cantidad de embarazos adolescentes, siendo a la vez la región con mayor desigualdad del mundo. La inmensa mayoría son negras y pobres que, de ese modo, reproducen el círculo de la pobreza. Para las madres de las embarazadas, es un desastre que trastorna sus vidas, porque son las que se ocupan de la crianza y de asegurar la manutención, siendo muchas de ellas madres solas.

Ahí es donde cala el discurso de la ultraderecha y el apoyo de muchas mujeres pobres a Bolsonaro. De paso, decir que su popularidad está creciendo luego de una pronunciada caída, en gran medida porque la situación económica se ha estabilizado y comienza a mejorar. Entre muchos pobres de Brasil, los gobiernos de izquierda se identifican con crisis económica, desempleo y endeudamiento.

Observamos que el discurso reaccionario tiene la capacidad de abordar problemas reales de las familias pobres, pero eludiendo las causas estructurales de la pobreza, como el racismo y la brutal desigualdad que siguen padeciendo. Llegamos así a una situación en la cual las cúpulas de las iglesias pentecostales y de la ultraderecha, están integradas por hombres blancos, conservadores y ricos, mientras sus bases son a menudo pobres y negras. Se reproduce la historia colonial de subordinación.

En una reciente entrevista el ex presidente Lula dijo que su partido, el PT, tiene que retornar a las personas que viven en las periferias, que viven entre los traficantes y las iglesias, sin presencia del Estado y que necesitan un apoyo espiritual para afrontar tantas dificultades (https://bit.ly/31cSozj).

Me parece una actitud inteligente de Lula. Porque si nos colocamos bajo el alero de la ideología, cuando la ministra-pastora declara que el inicio precoz de la vida sexual lleva a «comportamientos antisociales y delincuentes», responderemos con adjetivos como «fascista», que nada aportan a quienes están necesitando salir de la relación colonial de dependencia.

Como señala la antropóloga Jacqueline Teixeira, para los sectores populares «la familia simboliza una especie de seguridad dentro de territorios pos-coloniales como el nuestro, permeados por la sensación de violencia, vulnerabilidad e inestabilidad» (https://bit.ly/31cSozj). Un debate similar enfrenta a las feministas negras estadounidenses con sus pares blancas.

Vuelvo al comienzo: si no comprendemos las razones que llevaron a muchas personas a apoyar a la ultraderecha, nunca podremos derrotarla.