2020/02/27

Mundo cruel, cine cruel

A ver cómo demonios hago esto... No prometo nada, pero lo intento: Cuenta la leyenda que un tal Ilya Khrzhanovsky, joven director ruso con un solo largometraje en su hoja de servicios, se propuso llevar a la gran pantalla la vida, obra y milagros del científico Lev Landáu, ganador del Premio Nobel de Física en 1962. Hasta aquí, todo en orden, se nos presentaba la ocasión de fichar ante el enésimo biopic de la historia del cine.

Solo que aquello degeneró (en el mejor de los sentidos) en una de las obras artísticas más colosales jamás realizadas. Khrzhanovsky anunció el proyecto... y desapareció. Durante un lapso de cinco años, supuestamente estuvo enfrascado en la producción de una película que, en realidad, pretendía revivir el pasado. En el sentido más literal de la expresión. Este es el embrujo que siempre ha rodeado a “DAU”, un mito; una película imposible hecha en un escenario tan gigantesco, que hasta podía reproducir la vida de una ciudad entera.

El misterio que envolvía dicho rodaje era absoluto, y claro, empezaron a brotar las leyendas urbanas. Que si aquello era en realidad un experimento social, que si no era más que una especie de culto religioso dedicado al propio Ilya Khrzhanovsky... Pero no, al final, después de mucho esperar y especular, por fin salimos de dudas. El hombre emergió de las sombras, cargado de bobinas de celuloide. Al final de tan loco proceso, había grabado unas 800 horas, y pretendía mostrarlas en unas 17 piezas de distinta duración... esparcidas en un mega-escenario que debía reproducir aquella urbe artificial.

Esto sí, los mortales tuvimos que conformarnos con una sola, de «solo» 3 horas de duración. Así fue la proyección de “DAU. Natasha”, una película destinada a la grandeza; una de las decisiones de programación más radicales que recuerdo en la Competición de un gran festival. La valentía del equipo de Carlo Chatrian fue refrendada en la pantalla con una sesión intensiva de cine de la crueldad. Ante nuestros ojos desfilaron camareras, científicos y policías, y se emborracharon (de verdad), e hicieron el amor (ídem), y se torturaron unos a los otros (ídem). De lo que se trataba aquí era de estudiar las relaciones humanas junto al factor distorsionador de la autoridad. Unos se empeñaban en ponerse por encima de los otros, y si a los segundos se les ocurría levantar la voz, eran brutalmente castigados. La sala de cine se convirtió en una terrible prisión, o a lo mejor, en el más fiel (y atemporal) reflejo de las pulsiones dictatoriales que, en mayor o menor medida, laten en cada uno de nosotros.

El resto de la jornada supuso una caída en picado a los abismos del peor cine autoral. Primero, Burhan Qurabi manoseó el legado de Alfred Döblin en “Berlin Alexanderplatz”, ridículamente pretenciosa reinterpretación del clásico moderno literario. Un penoso periplo de 3 horas sobre la construcción de la nueva identidad europea. Después, Sally Potter confirmó su decadencia junto a Javier Bardem y Elle Fanning. Su “Roads Not Taken” se quedó en drama familiar errático, de una torpeza emocional que hasta sería cómica... si el conjunto no irritara tanto. Fue una despedida cruel, vaya.