Denuncia del acoso que permanece oculto

Al productor Jason Blum hay que reconocerle que, además de sacar el máximo beneficio a sus películas de bajo presupuesto, sabe rodearse de creadores brillantes. Junto al director James Wan, el guionista australiano Leigh Whannell ha sido una pieza clave para el lanzamiento de rentables franquicias como “Saw” o “Insidious”. Ahora escribe y dirige, y con “El hombre invisible” (2020) pretende sacar otra saga terrorífica de éxito, partiendo de una ajustadísima inversión de siete millones de dólares.
Lo que propone es una actualización del clásico fantástico de H.G. Wells en clave terrorífica, como no podía ser de otra forma dados los tiempos que corren. Y lo lleva, de forma muy oportuna, a la coyuntura de la violencia de género con la historia de una mujer que sufre los ataques de un acosador invisible, algo que funciona como metáfora social en función de que muchos de los depredadores sexuales permanecen ocultos a los ojos de su comunidad por ocupar una posición de poder o de privilegio en ella.
Elisabeth Moss es la heroína del grito personificando a Cecilia Kass, una mujer casada con un científico rico y brillante (Oliver Jackson-Cohen), que resulta ser un maltratador. Cuando el hombre fallece la mujer intenta rehacer su vida, pero en su camino se cruza de nuevo la presencia de su “ex”, que solo ella parece captar. Antes de volverse loca pensando que es un resucitado, comienza a sospechar que se trata de una farsa orquestada por todo un cerebro del mal. Se ha vuelto invisible para seguir acosándola sin ser reconocido, y para desenmascarar a su enemigo íntimo cuenta únicamente con la ayuda de un amigo de la infancia (Aldis Hodge) y de su hija adolescente (Storm Reid). La condición puesta por el difunto para que la viuda pueda heredar es que ha de demostrar que se halla en pleno uso de sus facultades mentales.

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