Oihane LARRETXEA
DONOSTIA
Elkarrizketa
GABRIELA CENDOYA BERGARECHE
COLECCIONISTA DE FOTOLIBROS

«Ponemos de nuestras vidas al leer el fotolibro; en verdad, es un diálogo con el autor»

El museo San Telmo de Donostia da cobijo en su biblioteca a la colección privada de fotolibros de Gabriela Cendoya Bergareche. Más de 2.500 títulos que esta amante de la fotografía ha ido sumando con empeño en los últimos veinte años y que están a disposición del público.

Para cuando quiso darse cuenta ya estaba dentro, inmersa en el mundo del fotolibro. Como un insecto que cae en la tela de araña y queda atrapada. La diferencia es que Gabriela Cendoya Bergareche (Donostia, 1958) ha sucumbido y no quiere huir. La vida misma la conduce ya en su juventud hasta Burdeos, donde estudia Historia del Arte, el origen de sus intereses. En aquella ciudad exprimió museos, salas de exposiciones y librerías, y esta sería la pieza clave, pues fue a través de los libros que llega a la fotografía y, más concretamente, al fotolibro. En esa época en la que se despierta en ella este nuevo interés sucede el llamado boom del fotolibro, hará unos veinte, quizá quince años. Desde entonces, poco a poco, ha ido adquiriendo fotolibros, uno tras otro. Hoy, su colección privada tiene más de 2.500 títulos, aunque en cierta forma el fondo tiene algo de público: a través de un acuerdo con el Museo San Telmo de Donostia está depositado en su biblioteca, a disposición del visitante.

Planteamos comenzar desde el principio y aclarar términos. La primera pregunta, además de parecer absurda, resulta necesaria. «¿Qué es un fotolibro?». «Quizá resulte más fácil decir qué no es un fotolibro», sugiere. «No es un catálogo de fotografías, que también puede ser precioso, incluso bien diseñado, pero seguirá siendo un catálogo que en realidad nos enseña lo que ha sido una exposición. Tampoco es un álbum de fotos. El fotolibro es un trabajo fotográfico con una narración, el autor quiere contar una historia o plantear un tema y lo hace a través de imágenes, siguiendo unas secuencias. Y es precisamente esa intención narrativa que lleva dentro lo que lo distingue del resto».

La narración con imágenes, sin texto o apenas. «Puede haber un texto explicativo antes o no, aunque en los últimos años hay mucha tendencia a que no haya nada. Y los fragmentos que aparecen son más bien de presentación», detalla.

Es decir, todo el poder recae sobre la imagen. «Y las secuencias», agrega, porque según explica Cendoya, «no es lo mismo poner una imagen al principio, en la mitad, o al final. Hay un sentido de la narración, el autor quiere contarlo ‘de esa’ manera. El orden en que se disponen las imágenes es muy importante; es como una película pero en fotografía fija», justifica.

Dentro de esos parámetros, añade la coleccionista, «una de las principales características en los últimos años es su gran variedad, su riqueza desde el punto de vista de formas, sin meternos en el contenido». En este sentido, cita la evolución que ha sucedido en los último años, con muchas autopublicaciones y pequeñas editoriales independientes. «La forma ha cambiado», añade.

Cree que el fotolibro es, en sí mismo, un género, habida cuenta del florecer que ha tenido en el tiempo más reciente. El salto cualitativo, dice, ha sido «muy importante», entre otras cosas, por este impulso de nuevas formas de editar. «Hay maneras que antes no había y que no estaban al alcance de autores jóvenes o poco conocidos. Hay toda una generación de fotógrafos que no tenían un lugar en una galería o editorial importante y han puesto ahora los medios para sacar adelante sus proyectos». Sin duda, una tendencia que descubre talentos muy interesantes y que, según detalla, ha ocurrido a nivel global. En el caso del Estado español, cita pequeñas editoriales como Dalpine y Ediciones anómalas.

Una ventana por abrir

Todos los temas tienen cabida en el fotolibro, de hecho, es una herramienta muy potente de comunicación. Historias íntimas y particulares, temas sociales, políticos, de género… la variedad es infinita. «Tiene un valor añadido, y es su inmediatez. ¡La fotografía hoy está en todas partes, en tantos aspectos de nuestra vida! Es universal y todo el mundo la entiende. Tiene otra ventaja –añade–, y es que se puede compartir: una vez se edita, es de libre circulación. El trabajo de un fotógrafo que se presenta en una exposición queda en la sala, se acaba y ya está. Como mucho girará por otros cuantos espacios. Esa parte del fotolibro, de pasarlo de unas manos a otras, personalmente me gusta mucho».

Uno de los retos que afronta el fotolibro es su relación con el público, aún poco familiarizado con este formato. «Las personas que estamos metidas en esto somos muy apasionadas y creemos en lo que hacemos, pero somos pocas. El problema es ser un nicho. A pesar del poder de la imagen, de que todos miramos revistas y compartimos imágenes en Instagram, resulta difícil abrir este mundo al público en general. Yo lucho e intento abrir esta ventana».

A esa motivación responde el acuerdo que tiene firmado con el Museo San Telmo de Donostia. «Llevé allí mi colección porque la idea es poder compartirla. Tenía claro que debía estar en un lugar público, dedicado a la cultura y accesible para todo el mundo. La fotografía es parte de esa cultura, tiene una riqueza inabarcable y una fuerza brutal».

Una colección contemporánea

Hace unos veinte años que Cendoya comenzó a comprarlos. «No era algo consciente. Un día me di cuenta que ya solo compraba fotolibros». Tiene más de 2.500 títulos que antes guardaba en casa. La colección se sigue ampliando porque una afición, una pasión, «no se puede cortar» así por las bravas. Además, gracias al acuerdo con el museo, la propia pinacoteca también la nutre con nuevos ejemplares. «Conlleva mucha dedicación, es mucho tiempo investigando y buscando», afirma.

Una de las características de esta colección particular es su contemporaneidad. «Está muy centrada en los últimos veinte años. Es de mirada contemporánea y pretendo seguir esa línea. La colección no es perfecta ni exhaustiva, y le faltan libros clásicos anteriores a cuando yo empecé, pero dentro de este último periodo, es bastante significativa», afirma.

Los temas que se pueden encontrar en su «archivo» son «muy variados», aunque admite que le gustan mucho «los trabajos que son más personales, de identidad». Si tuviese que elegir, se decantaría por el «diario íntimo». También le interesan los trabajos sobre la memoria, así como temas sociales y políticos o de género. «Los títulos sobre la mujer han ido aumentando. La verdad es que mis gustos son bastante eclécticos». Pero todo esto también tiene una parte improvisada, no programada. «En cierta forma te mueves según van saliendo los trabajos. De repente te enamoras de un libro sobre un tema que no habías visto y te lanzas».

Y parece ser que hay mucho de lo que enamorarse. Al menos en Europa, donde destaca la atractiva producción que se ha dado en los últimos «diez 0 quince años». «Hay una generación de jóvenes fotógrafos que están sacando fotolibros muy muy interesantes. Diría que se trata de una generación que ha salido al extranjero, que ha obtenido premios y reconocimientos por su trabajo». Al margen, si tuviera que destacar un país como referente del fotolibro cita a Japón, donde «la tradición del libro está muy arraigada. Los fotógrafos japoneses no concebían la fotografía fuera del fotolibro. Hay una producción enorme; de hecho, diría que el fotolibro japonés es casi un género en sí mismo».

No perder de vista a…

Para quien tenga interés en aproximarse a este mundo, Cendoya propone el nombre de varios autores y autoras. Entre los nombres «de cabecera» cita a Josef Koudelka, un fotógrafo checo que habla de exilios y gitanos, y a Robert Frank y su trabajo “The americans”. Recomienda, asimismo, a la española Cristina de Middel (actualmente forma parte de la prestigiosa agencia Magnum) y su libro “Los afronautas”, donde imagina una campaña espacial de Zambia y la recrea en Almería. «Hay que mirar también a Joan Foncuberta, uno de los primeros en hablar de la post fotografía, a Julián Barón y su trabajo “Censura”, importantísimo a nivel mundial, a Toni Amengual, autor de relevantes trabajos como “Pain”, y a Laia Abril, una autora catalana de reconocimiento internacional por sus trabajos sobre la mujer y el género». En cualquier caso, sugiere posar la mirada sobre los clásicos. Las generaciones pueden, deben, coexistir. Por eso, para la coleccionista nunca está de más «revisitar» a Henri-Cartier Bresson o a William Eggleston, uno de los primeros en atreverse a poner la fotografía en color en una época en la que ese formato se concebía solo en publicidad.

Pero lo cierto es que la lista es interminable. «Hay un montón de historias por descubrir». Y en ese montón, de su colección particular también destaca la obra japonesa “The red string” (El lazo rojo), donde el autor Yoshikatsu Fujii cuenta la separación de sus padres partiendo en dos partes el libro. «Es una obra muy íntima, a la que tengo mucho cariño. Es un trabajo autoeditado y está hecho enteramente a mano», explica. Y sí, este ejemplar también está en San Telmo.

El recién estrenado trabajo del catalán Salvi Danés, “A les 8 al bar Eusebi” (Dalpine), también la ha conmovido. «Adentrarnos en nuevas miradas siempre es bueno. Es un libro maravilloso que nos ofrece un retrato del barrio de L’Eixample de Barcelona, donde estaba la cárcel Modelo. Se parece a una película de cine negro, policíaco». Cierra las recomendaciones con el donostiarra Jon Cazenave, «uno de los autores que admiro», y su libro “AMA LUR” (2015) sobre la identidad vasca.

Llegados a este punto, solo queda saber «cómo» se lee un fotolibro. «Como cualquier otro libro –dice–. Hay algunos que son más herméticos, de conceptos más complejos, pero animo a la gente a que se acerque sin miedo y que los vea». En principio, prosigue, se leen de una secuencia, siguiendo la narración que plantea el autor. «Creo que hay que disfrutar mucho de esa secuencia, de esas fotografías, colocadas una detrás de otra. Disfrutarlas y pararse en ellas, en cada una».

También se les puede dar una mirada rápida para luego saborearlas lentamente. «En cada mirada podemos encontrar cosas nuevas, aunque la mirada sea la misma. Las impresiones, los detalles, pueden variar. Reaccionamos y sentimos de forma diferente porque cada uno ponemos de nuestras vidas, de nuestras miradas, de nuestras experiencias al leer el fotolibro. En realidad, es un diálogo entre el autor y el lector».