2020/05/28

CÁNDIDO GÁLVEZ
CANTANTE Y GUITARRISTA DE VIVA BELGRADO

El cuarteto cordobés Viva Belgrado sigue adelante con una carrera llena de vitalidad y emoción. Su nuevo disco, «Bellavista», da cobijo a los moldes que lo pusieron en el circuito y añade interesantes trazas creativas a un bello cruce de caminos entre hardcore, emo y pop.

«Llevo tantos años utilizando la música para expresarme que no sabría hacerlo sin ella»
Izkander FERNANDEZ
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“Bellavista” es la autobiografía de un fracaso mal calculado. Escuchándolo, se puede sentir la angustia, el vértigo y el sentimiento de agobio por no colmar unas expectativas que se saben distorsionadas pero a las que, pese a todo, no se renuncia jamás. Esa parece ser la enfermedad profesional de las formaciones con talento que por el status quo actual jamás alcanzarán lo que se merecen. Cándido Gálvez, vocalista, letrista y guitarra de Viva Belgrado, describe el tortuoso proceso creativo que termina en “Bellavista” de una forma tenaz, con la ironía y la transparencia como principales instrumentos narrativos.

Sin ser un álbum conceptual al uso, ¿es «Bellavista» un disco donde todo gira alrededor de un concepto?

Completamente. Siempre nos ha gustado que exista un concepto que le dé unidad a nuestros trabajos y que no se convierta en un disco con un conjunto arbitrario de canciones. Quizá el concepto de “Ulises” [su anterior trabajo] sí que fuese un poco más vago o elástico, pero en “Bellavista” sí existe un concepto claro.

¿Cuál es ese concepto?

El disco habla sobre nuestra relación con la música. En esa relación con la música entran las expectativas que teníamos, nuestros sentimientos cuando estamos en el escenario y nuestro lugar en la escena en general. En varias ocasiones hacemos referencia a la música como una “fruta veneno”. Es un concepto similar al de “Harra”, de Berri Txarrak. Por un lado, ves la música como una enfermedad que te roba cosas; por otro, estás tan enganchado que no puedes dejar de hacerlo.

¿Es esta sensación una especie de enfermedad profesional de formaciones con talento que sienten que no van a llegar a donde esperaban?

En este país es muy complicado vivir del rock. Es más, es muy complicado en cualquier lugar que no sea Estados Unidos. Realmente nosotros no aspirábamos a convertirnos en estrellas del rock, pero sí aspirábamos a convertir la banda en algo humildemente profesional. En la época de “Ulises” invertimos mucho trabajo. Dimos unos 200 conciertos. Giramos por 21 países. Al volver a casa veíamos nuestro disco en diferentes revistas y con buenos comentarios. Pero sentías que no pasaba nada. Había mucha expectación alrededor de la banda pero nunca pasaba nada. Eso nos creó una gran frustración.

Lo cierto es que no son ustedes los primeros.

En este sentido tengo muchos referentes presentes. He citado “Harra”, de Berri Txarrak, pero también Standstill y su documental “10 años y una zanahoria” es uno de ellos. Ellos describían algo así como estar conduciendo pero tener la sensación de no poder avanzar porque delante de ti hay un muro invisible. Es un sentimiento similar al que vivimos nosotros.

¿Qué alimenta la lucha para seguir adelante?

Este disco se lo hemos dedicado a Sergio Aloud porque ha tenido un papel muy importante para que Viva Belgrado continuase existiendo. Este disco lo hemos compuesto sin saber a ciencia cierta si íbamos a llegar a grabarlo y publicarlo. Sergio fue un elemento clave para darnos el empujón y la energía necesaria para seguir adelante. Mi pareja también me ha ayudado mucho. Y supongo que la propia música en sí. Llevo tantos años utilizando la música para expresarme que no sabría hacerlo sin ella. Es algo que definitivamente necesito y que si no hiciera de una forma acabaría haciendo de otra. Así que por la buena relación que tengo con mis compañeros merece la pena hacerlo con Viva Belgrado.

¿Estuvo el debate sobre dejarlo encima de la mesa?

Cuando finalizó la etapa de “Ulises”, que terminó con la salida de la banda de nuestro antiguo batería, Álvaro Moreno, dejarlo era algo recurrente pese a que quizá no lo hablásemos abierta o directamente. Habíamos dejado de ser estudiantes con todo el tiempo del mundo para girar, ensayar y componer sin rendir cuentas a nadie. Éramos adultos que tenían que mantenerse, y en el caso de Ángel incluso había abierto una empresa. La premisa con la que nació el grupo de ser muy activos en todos los frentes dejaba de tener sentido. Hubo que reubicar todo, incluyendo expectativas y ambiciones de cada uno, para que el grupo pudiese adaptarse a la nueva situación. De todos modos, creo que una banda como la nuestra se basa mucho en eso, en gestionar una crisis perpetua, porque lo que se invierte no se corresponde con lo que se alcanza. Pero lo vamos superando.

¿La ironía presente en sus letras ayuda a superar adversidades?

La ironía es una constante en las letras de este disco, destacando la primera mitad. Veníamos de tres discos en los que nuestras letras eran esencialmente derrotistas y bastante fieles al género del que partíamos, el emo tradicional. A mí me apetecía mostrar algo nuevo y creía que casaba muy bien con sentimientos como la decepción o con ir detrás de algo inalcanzable. Ese registro es mucho más interesante para contar lo que contamos en “Bellavista” que seguir insistiendo con la intensidad del pasado. También creo que forma parte de hacerse mayor. Pasan unos cuatro años entre la etapa de “Ulises” y “Bellavista” y yo creo que he aprendido a tomármelo todo con más humor.

¿Se arrepiente de ser muy transparente cuando escribe?

Mantengo una relación de amor-odio con el morbo que produce ser transparente y contarle a la gente las cosas desde el punto de mira, porque a veces termina siendo peligroso y me hace sentir incómodo.

¿Es un mito que las letras fluyan mejor con la tristeza?

A mí me ayuda más estar triste. Acabo echando mano de las canciones mucho más cuando estoy triste que cuando estoy alegre.

¿Componer y tirar hacia delante en medio de una especie de catarsis ha favorecido crear de una forma más valiente?

Es posible. Pensar que quizá sea tu último disco quizá le haya quitado peso a atreverse a hacer ciertas cosas. A jugar con otras influencias y publicar algo que parece más arriesgado. Pero también es cierto que nosotros siempre hemos seguido lo que a nosotros nos excita.

¿Las incursiones en el flamenco o en el trap lo-fi tienen que ver con ese seguir lo que les excita?

Siempre nos gusta estar atentos a lo que se dice y somos conscientes de que ha habido mucho debate al respecto de si lo hacíamos porque queríamos o porque intentábamos encajar en algún sitio. Se ha dicho que nos hemos vendido o que queremos llegar a otro público. Sin embargo, nosotros no le damos tantas vueltas a las cosas. Quedaba todavía algún tiempo para grabar el disco y, pese a tener compuesto prácticamente todo, seguíamos pensando que necesitábamos otro tema más especial. Llegamos a un loop con cuatro acordes a los que yo les puse letra un poco como jugando y esperando las reacciones de mis compañeros. Y la reacción fue buena y así surgió “Más triste que Shinji Ikari”.

¿Cómo comenzó usted, desde Córdoba, esa relación tan intensa que parece tener con la música de Berri Txarrak?

Es o bien la banda de mi vida o bien una de las dos bandas de mi vida. Los conocí con 15 años en un campo de trabajo, gracias a la primera novia que tuve, que era de Getxo. Me encantaron. Aquella parte accesible de la melodía en contraste con el componente duro y agresivo me parecía maravilloso. Además, el euskara, sin entenderlo, me parecía muy eufórico y poético. Un día me los encontré en la portada de una revista, creo que narrando su gira de 2006 junto a Rise Against. Llegué a tener esa revista pegada en mi cuarto. Y ahí empezó una relación obsesiva con su música hasta el punto de que “Jaio. Musika. Hil” es el disco que más veces he escuchado en mi vida. Los seguí como un fan, fan. De hecho, aquellos cuatro años entre “Jaio. Musika. Hil” y “Payola” se me hicieron eternos y pasé un punto de angustia pensando que a lo mejor la banda se había acabado. He seguido sus lanzamientos en tiempo real, sus letras me parecen increíbles y de hecho me sé muchas de memoria. Me dio mucha pena que lo dejaran.

Pese a todas las penurias e incertidumbres, ¿considera que el tono final de «Bellavista» es positivo?

Sí. Me apetecía decir todas esas cosas positivas que decimos en “¿Qué hay detrás de la ventana?”, el tema que cierra el disco. Hemos hecho una canción pop, hemos hecho una canción que se mueve por el flamenco. Que le den al mainstream. Que le den al underground. Hemos hecho lo que hemos podido y querido y ojalá demos muchos conciertos, nuestra amistad perdure y también dure esa familia que hemos formado con la gente de Aloud Music.

En un momento como este en el que vivimos una realidad impensable cuando escribió las letras del disco, eso que canta usted de que «no pasen cuatro años, no nos falten los conciertos» adquiere una dimensión mayor.

Totalmente. Ojalá retomemos los conciertos pronto.

Este disco lo hemos compuesto sin saber a ciencia cierta si íbamos a llegar a grabarlo y publicarlo.

Conocí a Berri Txarrak con 15 años en un campo de trabajo, gracias a la primera novia que tuve, que era de Getxo. Me encantaron.