Máscaras y mascarillas
La iconografía clásica nos pone dos máscaras griegas para representar al Teatro. La Comedia y la Tragedia. Sonriente o doliente. Por lo tanto, las mascarillas que vamos a tener que soportar como espectadores o contemplar desde los escenarios con arrobo, deberían incorporarse con facilidad en esta nueva anormalidad en la que penetramos. O, dicho de otro modo, nos quitamos las máscaras ya y pedimos que, si la gente puede rozarse, olerse, apretujarse en metros, trenes y autobuses, también tiene derecho a hacerlo en salas de teatro.
Con prudencia. Con distinción, que cada uno use sus mejores mascarillas de tela y decoradas para acudir al acto convivencial y de comunión que son las artes escénicas. De momento anuncian su apertura los teatros públicos de las capitales, esperemos se vayan incorporando otros. Si no hay contraorden, para agosto, cuando las temporadas más comerciales, esperan estar con autorización para el aforo completo. Buenas intenciones. Necesario y urgente retomar la actividad. Pero con todas las garantías. El misterio de las distancias escénicas, de la sustitución de los actos amorosos por otras gestualidades, de la danza sin contacto, deberemos verlo, porque es un gran reto para acomodarse a estos tiempos en los escenarios. Hoy estamos más cerca de romper el maleficio. Quitamos de momento la máscara de la tristeza.

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