«Toro salvaje», cuarenta años de furia y sin besar la lona
Cuando Martin Scorsese abordó «Toro salvaje» no vio en su trama la ascensión y caída del púgil Jake LaMotta, sino la capacidad innata del ser humano por autodestruirse. Las coreografías sobre el ring, en blanco y negro, que alternaban la fiereza de lo primitivo y lo onírico, la han convertido en una de las grandes obras maestras del cine. Esta película protagonizada por el camaleónico Robert De Niro cumple cuarenta años.

Cuentan las crónicas que cuando el boxeador Jake LaMotta vio por primera vez “Toro salvaje” le preguntó a su esposa «¿yo era así?», ella le respondió «no... ¡eras peor!».
Seis años antes de producirse esta escena, Martin Scorsese se encontraba filmando “Alicia ya no vive aquí”. Su amigo y colaborador habitual Robert De Niro lo había visitado para hablarle de un libro que había leído con gran interés durante el rodaje de la segunda parte de “El padrino” y que llevaba por título “Ranging Bull: My Story”. Cuando Scorsese descubrió la temática, tan solo le dijo a De Niro, «¿esto va sobre un boxeador?».
En realidad, al cineasta solo le llamó la atención el término “Toro salvaje”, el resto no le interesaba porque, tal y como recordó el propio Scorsese, «no me gusta el boxeo... Incluso cuando era niño, siempre pensé que el boxeo era aburrido. Era algo que no podía ni quería comprender». Por el contrario, De Niro estaba empecinado en llevar el proyecto a la gran pantalla y contactó con Mardik Martin, co-guionista de “Malas calles” (1973), para que escribiera una primera versión del argumento que se alejara de los paisajes reconocibles que aparecían en el libro: matrimonio, mafia y el propio LaMotta.
Lo salvaje en blanco y negro
En la siguiente escena topamos con un Scorsese telúrico. Se encuentra en el Festival de Cannes y se niega a seguir promocionando “New York, New York” (1977) hasta que alguien no le proporcione cocaína. El director recordó así aquellos día de furia artificial «estaba fuera del tiempo y el espacio, confuso sobre mi propia vida y abrazando el otro mundo, por así decirlo, con una suerte de atracción al lado peligroso de la existencia. Entonces me encontré a mí mismo en un hospital, sorprendido por mi experiencia cercana a la muerte ».
Tras superar un ataque al corazón, su visión de todo cambió por completo, incluso descubrió que en “Toro salvaje” no habitaba una historia sobre un boxeador llamado Jake LaMotta, sino la evidencia de una realidad, la innata capacidad del ser humano para autodestruirse.
Para afrontar este proyecto, visionó varios combates en el Madison Square Garden. En ellos descubrió detalles relativos a la fiereza que conllevaba este deporte y rescató detalles como la esponja ensangrentada que limpiaba las heridas del púgil o las gotas que salpicaban las cuerdas que delimitaban el cuadrilátero.
Scorsese tuvo claro que las complejidades de LaMotta, se entienden en parte por el deporte que practica, por lo que las escenas que debían tener lugar sobre el cuadrilátero resultaban determinantes. Scorsese «sabía que las escenas tenían que ser especiales, pero no sabía cómo. Encontré la solución un día que paseaba junto a un gimnasio del barrio. Allí, al ver a un luchador cómo derrotaba a nueve contrincantes de manera consecutiva, supe que mi película tenía que contar con escenas de boxeo totalmente coreografiadas y envueltas en blanco y negro».
En un momento dado, la fijación del director italomanericano por la coreografía de estas peleas provocó tal abstracción que incluso se olvidó de su protagonista lo que se tradujo en una pregunta que le lanzó De Niro «me estoy matando sobre el ring, ¿me estás prestando atención?».
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