Patxi IRURZUN
IRUÑEa
Elkarrizketa
EL TENISTA DE KRAKOVIA
ARTISTA URBANO

«Yo no sé si lo que he hecho es ilegal, pero es muy bonito»

Si lo llega a hacer Banksy sale hasta en la sopa. Pero lo hizo «El tenista de Krakovia», un anónimo artista urbano de Iruñea, quien se coló en una casa preparada para ser derribada y pintó un mural que ha permanecido oculto durante cuatro años y solo ha visto la luz cuando han entrado las máquinas de demolición. Jugada maestra.

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La cita con el tenista es en la escena del crimen, un solar en obras en el barrio de Buztintxuri de Iruñea, al inicio de la calle Ferrocarril. Hemos tomado precauciones y acordado que el periodista espere leyendo un periódico con agujeros para los ojos, pero finalmente desechamos la idea porque eso, en realidad, levantaría más sospechas (lo de leer un periódico, queremos decir).

El tenista aparece junto al andamio que desde hace unos días tapa la mayor parte de su genial obra de arte: un retrato enorme de su alter ego en pelotas y engorilado (emulando la escena de King-Kong encaramado al Empire State Building) y cuarteado en las paredes de varias habitaciones y dos pisos distintos del edificio. Desde hace unos días, el mural lo cubre ese andamio y una malla azulgrana, a través de la cual todavía es posible distinguir de todos modos los pelos locos y la barba asilvestrada del tenista de Krakovia (y también algún otro dibujo y firma (Los Super Pandas) que han parecido a posteriori, aprovechándose de ese andamio «y de la fama del tenista», dice este.

Pero ¿quién es el tenista de Krakovia? Intentamos desenmascarar con nuestra primera pregunta al autor de esta singular intervención. «Todo empezó hace doce años», comienza a contarnos una historia en la que se entremezclan redes sociales para ligar, vagabundos polacos y protohipsters.

«Un grupo de amigos solíamos juntarnos a jugar al frontenis en un frontón que había por donde el Edificio Singular. En aquella época, cuando todavía no había hipsters ni barberías en cada esquina, a mí me había dado por no cortarme el pelo ni la barba durante casi un año. Haciendo el chorra me las despeiné y un amigo me sacó una foto. ‘¡El tenista de Krakovia!’, dijo alguien, no sé muy bien por qué, supongo que por la raqueta y porque le recordé a un chaval polaco que por entonces andaba pidiendo en la puerta de un Eroski cercano. Así es como surgió el personaje».

Primeras jugadas

A partir de ahí nuestro protagonista decide subir a una incipiente red social de contactos algunos fotomontajes del tenista junto a varios famosos, pero su belleza asalvajada y sus amistades no parecen excitar a nadie, de modo que recurre al arte como terapia y consuelo, realizando nuevos fotomontajes, que comienza a publicar en Facebook (el tenista abriéndose una gabardina delante del rey, el tenista exhibiendo musculatura ante un Santiago Abascal orinado por un perro, el tenista vestido de cuero en un campeonato de curling…) y varias plantillas que disemina por diferentes muros de la ciudad (todas ellas relacionadas con el cine, como la del tenista haciendo un cameo en “Ghost”, junto a Patrick Swayze, que todavía permanece en una belena, en un callejón de la Plaza del Castillo).

Son los inicios del tenista, que desembocan en esa jugada maestra que es el mural de la calle Ferrocarril, algo que, tengamos constancia, no ha hecho nunca nadie en el mundo, una intervención única en el arte urbano.

La idea de pintarlo surge cuando llega a oídos del tenista que el edificio va a ser derruido. Tras los primeros desalojos de vecinos, consigue colarse en el portal y acceder a los pisos superiores. «Entraba como Chiquito de la Calzada, de puntillas, porque todavía quedaba alguna familia viviendo», dice. «Y para pintar en una de las habitaciones usaba una luz frontal, porque habían tapiado las ventanas. En otras, por el contrario, las ventanas habían sido desmontadas, y habían entrado un montón de palomas. Encontraron hasta alguna especie protegida, rara, salió en los periódicos». Consultamos la hemeroteca y, en efecto, se trata de varios nidos de avión común, lo cual no deja de tener su gracia, como veremos en el siguiente párrafo.

La tensa espera

El tenista no recuerda muy bien durante cuánto tiempo estuvo pintando el mural, «tal vez dos semanas». Sí los preliminares: que se retrató a sí mismo desnudo en casa hasta conseguir la foto correcta («Una en la que no se me vieran los huevicos», aclara), que midió paredes, tiró de photoshop, preparó bocetos… Y que su idea original, la réplica de King-Kong, quedó inconclusa, porque pretendía pintar también un avión al que él derribaba de un raquetazo, pero entonces tapiaron el portal (a pesar de lo cual, como hemos visto en el párrafo anterior, en esta historia sí hay aviones –comunes–).

Después, llegó la espera. Según sus previsiones, el edificio debía de ser demolido en un año, pero finalmente tardó cuatro años en caer. «A veces me despertaba por las noches, pensando que sería ese día; o me preguntaba si cuando derribaran la casa también tirarían esas paredes».

Finalmente, a finales de julio de este año las máquinas de demolición se pusieron en marcha y… ¡oh, sorpresa!, allí apareció, triunfal el tenista de Krakovia. «Durante los primeros días pasaba mucha gente por allí a verlo, es además una zona de mucho tráfico. Y había muchos comentarios, mucho runrún en el barrio: ¿Quién habrá hecho algo así?, decían algunos, otros que podían haber sido los propios vecinos desalojados…».

El espíritu del tenista

Aunque el tenista de Krakovia no es Banksy, lo cierto es que su intervención está teniendo eco: ha aparecido en diferentes medios, sus seguidores en Facebook se han multiplicado e incluso ha recibido mensajes inquietantes a través de su Instagram, desde perfiles anónimos en los que le envían fotos con su rostro de paisano, desenmascarándolo. «Yo no sé si lo que hice fue ilegal, pero es muy bonito», se defiende él, ante las sospechas de que pueda estar siendo investigado o advertido.

Y es verdad: lo que ha hecho es tan bonito y tan fuera de lo común que siente cierta presión, pues no sabe si podrá superar eso en alguna futura acción. De momento ha fantaseado con la idea de ofrecer sus servicios a empresas de demolición. No parece mala idea. Esas empresas podrían convertir sus derribos en una obra de arte o en poesía visual.

En cuanto al futuro del mural de la calle Ferrocarril, no sabemos cuánto tiempo permanecerá a la vista. Puede que cuando este reportaje vea la luz ya haya sido cubierto. En todo caso, el tenista de Krakovia le augura más vidas. «Igual lo cubren con esa pintura amarilla de las obras, pero seguirá ahí, debajo, como un espíritu que un día se aparecerá a los habitantes de las nuevas casas que van a construir». Quizás, pensamos nosotros, la constructora debería conservar el mural u ofrecerlo como un plus a los compradores (quién sabe, tal vez un día en los libros de historia del arte se hable de esta pionera intervención urbana). O quizás no, quizás su verdadero valor sea lo efímero de la acción. Lo que sí es seguro es que el tenista de Krakovia, con su imaginación y su originalidad, nos ha dado una gran alegría, en estos tiempos de desconcierto y oscuridad. ¡Apúntate un tanto, tenista!