Patxi IRURZUN
IRUÑEA
Elkarrizketa
BEÑAT ARGINZONIZ
ESCRITOR

«Mi escritura es híbrida, no distingo entre géneros; lo que escribo nace por necesidad»

En «La ciudad del fin del mundo», la última obra de Beñat Arginzoniz, el escritor bilbaino nos presenta un Bilbo apocalíptico, una ciudad de almas en pena que un asesino en serie recorre rematando, y haciendo un favor de paso, a legiones de muertos vivientes, en una novela de trazos a ratos oníricos, siempre ágil y con la inconfundible voz lírica del autor de «Pasión y muerte de Iosu Expósito».

Publicada por El Gallo de Oro, “La ciudad del fin del mundo” cuenta con una magnífica portada (en la que se reconoce la Plaza Unamuno, del mismo modo que en la camiseta de uno de los protagonistas se adivina la leyenda Eskorbuto) e ilustraciones de Iñigo Zaitegui. Es esta una novela visceral, cruda, cortada sin embargo con el cuchillo de la poesía que Beñat Arginzoniz, escritor, librero y editor, siempre mantiene afilado y blande en cada una de sus obras, como la ya mencionada “Pasión y muerte de Iosu Expósito”, “El evangelio del hombre” o su reciente biografía de Camarón de la Isla.

«La ciudad del fin del mundo» es una novela apocalíptica, con un Bilbo terminal. Su publicación ha coincidido con la pandemia, aunque está escrita con anterioridad… ¿Cuánto hay de casualidad y cuanto de anticipación, de retrato de una civilización que se desmorona?

Este desmoronamiento viene de lejos, pero nadie ve el mal cuando está demasiado cerca. Es verdad que hay un nuevo orden mundial bajo la mentira de palabras como progreso o democracia; es verdad que hay una desaparición de la verdad del mundo, la que nace de los pueblos libres y de sus culturas vivas; y también es verdad que hay una anestesia general y un lavado de cerebro brutal provocado por las pantallas. Vivimos en una época donde todo el mundo opina, repite eslóganes, se promociona a sí mismo y se cree el protagonista del universo, estos síntomas de infantilismo son los propios de una época oscura. En mi novela hablo simplemente de la muerte del espíritu, de una vida sin poesía. El protagonista busca un corazón en un mundo sin corazón, y el delirio paranoico del apocalipsis es su última esperanza. Sueña con un nuevo mundo y con una nueva luz sobre la que asentar la vida.

A pesar del tema y el argumento, de su crudeza, no renuncia a su propio estilo, siempre tan unido a la poesía, al lenguaje lírico. ¿Se podría decir que es una seña de identidad también de sus obras narrativas?

Toda mi escritura es híbrida, no distingo entre géneros porque todo lo que escribo nace por necesidad. Escriba sobre Camarón o sobre Eskorbuto, elabore un ensayo sobre el Jai Alai o haga una reescritura de los evangelios, todo tiene un mismo vuelo poético. La poesía es una forma de expresarse que va directa al corazón. Además, si yo abro un libro y leo una frase como: «Salí a la calle y me compré una barra de pan», lo cierro al momento. No aguanto una línea de más ni el hablar por hablar de tantos escritores. Entro en una librería y veo a la gente atrapada, en la sección de novedades, como en una avalancha de aburrimiento.

¿Le resulta difícil pasar de la poesía a la prosa, conservando ese pellizco lírico?

No, toda mi prosa es poética y es espontánea, escribo sin esfuerzo, pero luego maquillo muchísimo, trabajo con las novelas igual que con la poesía, escribo un libro en poco tiempo y lo corrijo durante muchísimo tiempo.

No sé si hay también un desahogo, una especie de catarsis en ese personaje, ese asesino en serie que va cargándose a periodistas, políticos, policías…

Si la novela no participa de la vida de uno, no merece la pena escribirla. Se escribe por necesidad o por agradecimiento, en el caso de “La ciudad del fin del mundo” es un libro escrito para alejar de mí una situación personal complicada. Tuve miedo de publicarlo porque nunca he visto un libro tan crudo, en el sentido de que no he transigido con nada, quizá sólo Fernando Vallejo sea comparable en ese sentido. En cualquier caso, no volveré a escribir un libro así, no he podido evitarlo. Creo que mucha gente se dice: “quiero ser poeta”, y se ponen a escribir versos de amor. O se dicen: “quiero ser escritor”, y se ponen una pipa en la boca y se creen Arthur Conan Doyle. Son gente que no escribe por necesidad y por lo tanto no son escritores, son, en todo caso, impostores. Ocupan un lugar que no les corresponde; Hermann Broch los consideraba directamente delincuentes. Pero bueno, todo el mundo vale para todo, ¿no?, y todo el mundo puede si quiere, ¿verdad?, pues adelante, que sigan oscureciendo el mundo.

¿Cómo está viviendo usted toda esta situación de la pandemia, como editor en El Gallo de Oro, y como librero, cómo percibe que está afectando a la literatura?

Como editor y como librero estoy preocupado, sin embargo las ventas no han caído demasiado. A mí lo que me preocupa de verdad es la deriva general de todo, la pandemia ha acelerado muchos de los planes de las élites. Imposición de la enseñanza digital en los colegios, teletrabajo, compras online a grandes empresas. Los resultados están siendo los mismos que los de una guerra, empobrecimiento de unos y enriquecimiento de otros, medidas extremas de control de la población, leyes contra el pueblo, restricción de derechos y libertades, manipulación masiva desde la televisión y un largo etcétera. Para qué seguir, a mí ya sólo me interesa la poesía.