La historia de Oregón en vivo

Todas las películas de la productora independiente A 24 tienen un sello, una línea editorial, que las distinguen del resto. Da igual que pertenezcan al género de terror o al western, porque siempre muestran un interés por introducir al espectador en contextos históricos a través de una óptica totalmente alejada de las películas de época al uso. La talentosa cineasta Kelly Reichardt, cuya obra es una oda constante a su tierra de Oregón, encuentra en este estudio que da tanta libertad a sus creadores un sistema de trabajo perfecto para viajar a través del tiempo con un realismo asombroso y cautivador, que nos transporta materialmente dos siglos atrás en el tiempo. Lo que vuelve tan tangible la acción que se desarrolla en 1820 es la observación detallista de la gestualidad cotidiana ligada a la supervivencia, cada movimiento tiene una razón de ser, cada pequeño esfuerzo va destinado a conseguir un futuro mejor mediante el cual materializar los sueños de la colonización del Viejo Oeste. La sensación es la de asistir a una retransmisión del pasado real en directo.
La estética del western clásico dependía del paisajismo de los grandes espacios captados mediante lentes panorámicas, pero Kelly Reichardt prefiere captar en su lenguaje minimalista el formato de las viejas fotografías utilizando el 4:3 cuadrado. El foco de interés está en los personajes, en su presencia física desbordada por la dureza del entorno. Lo que cuenta es la historia de una amistad inmortal en territorio hostil, cuando todos eran inmigrantes en el nuevo mundo y debían ayudarse los unos a los otros.
El suyo es en el fondo un trabajo de antropología, por eso se abre con el hallazgo de los restos humanos y con la lectura de los huesos que cuentan una existencia pretérita que gira alrededor de la anécdota de la primera vaca lechera con la que contaron los pioneros, que eran los emprendedores de entonces.

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