Miren LACALLE
IRUÑEA
Elkarrizketa
PATXI IRURZUN
ESCRITOR

«El rock radikal vasco se ha desactivado como elemento subversivo»

Tras la buen acogida de “Tratado de hortografía”, Patxi Irurzun entrega con “Chucherías Herodes” un nuevo capítulo de esta serie de novelas en la que el rock radikal vasco es un decorado de fondo sobre el que traer a escena temas como las relaciones con hijos adolescentes o la precariedad, siempre con el inconfundible tono tragicómico del escritor txantreano.

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Con “Chucherías Herodes” el escritor y colaborador de GARA Patxi Irurzun retoma las peripecias del cantante de la ficticia banda punk y ochentera Los Tampones. En esta ocasión nos encontramos al protagonista participando en un concurso televisivo, en el que aparece vestido con camisetas de Eskorbuto o Lendakaris muertos (pero donde también baila el baile de los pajaritos), pidiendo en la calle disfrazado de Spiderman o grabando una versión trap del único éxito de Los Tampones: “Estamos contra las reglas”. La novela intercala varios códigos QR sobre rock vasco, los 80, etc. y se completa con tres relatos, dos de ellos inéditos.

«Chucherías Herodes» es la continuación de «Tratado de hortografía», que tuvo una gran acogida. ¿Ha sido eso lo que le ha llevado a escribir esta segunda parte?

La verdad es que “Tratado de hortografía” es una novela que ha tenido muchos lectores, varias ediciones, ha sido publicada en México, y, sobre todo, desde el primer día que se publicó he recibido, casi a diario, mensajes de personas que se han sentido muy identificadas con lo que cuento en ella. Se han emocionado y se han reído con la novela… Todo eso, desde luego, anima para retomar la historia pero, en realidad, era algo que ya tenía decidido con anterioridad, mi idea es escribir un ciclo de varias novelas con este personaje y ese trasfondo del rock radikal vasco, que es un decorado sobre el que poner en escena otras cuestiones que me interesan (las relaciones intergeneracionales, el paso del tiempo, la vida en la periferia, los sueños y anhelos de juventud y en qué han quedado…) o un tono narrativo, esa mezcla de humor, corrosión y ternura, con el que me siento muy cómodo. También tengo que aclarar que “Chucherías Herodes” funciona de manera autónoma y autoconclusiva. Se puede leer perfectamente sin necesidad de haber leído antes “Tratado de hortografía”.

¿Con qué nuevas peripecias del personaje nos vamos a encontrar esta vez?

En esta ocasión nos lo encontramos en varias encrucijadas. Lleva ya varios meses en paro, después de perder su trabajo en una biblioteca, y en una situación desesperada tiene que buscarse la vida de maneras un tanto rocambolescas: por una parte, pidiendo en la calle disfrazado de Spiderman (con un disfraz que se ha comprado en los chinos y le queda pequeño); y por otra, participando en un concurso televisivo de preguntas, en el cual se ve obligado a hacer monerías. Por otra parte, cuando ya la había desechado de su vida la idea de volver a enamorarse, comienza algún que otro escarceo erótico-festivo con cierto escepticismo y un montón de temores y dudas; y finalmente, continúa la tensa relación con sus hijos adolescentes, en la que a pesar de todo hay un acercamiento a través de la música.

A través de la música y en concreto del trap y más en concreto aún del autotune…

Sí, el protagonista (que sigue sin tener nombre) hace un ejercicio de humildad, abandona su posición paternalista o de superioridad, que le llevaba por ejemplo, desde su visión punk, a rechazar o mirar con desconfianza nuevas expresiones culturales como el reguetón o el trap, y se da cuenta de que, en realidad, como siempre ha sucedido, son los jóvenes quienes tienen razón, aunque se equivoquen, y quienes van por delante; que no son ellos los que están perdidos, confundidos, sino más bien al revés; que es él, el protagonista, el que se ha convertido en un viejales y su mundo, el mundo del rock radikal vasco, ya se ha desactivado como elemento subversivo o de confrontación. Con todo esto me pasó una cosa curiosa porque en la novela los hijos del protagonista escuchaban a grupos como Chill Mafia, Ben Yart, y justo entonces estos dieron el pelotazo, lo cual me chafó un poco (no por ellos, por ellos me alegro, sino por mi novela, en la que tenían cierto halo todavía de grupos emergentes, underground) pero, por otra parte, venía a confirmar que esos jóvenes vienen pegando fuerte y arreándonos patadas en el culo a los pollaviejas, patadas que igual nos merecíamos.

De nuevo utiliza ese tono «tierno y cabrón», como han calificado en alguna ocasión su estilo; de hecho, bajo ese tono divertido late siempre una literatura de corte social, combativa…

A veces con el humor se corre ese riesgo, que no te tomen en serio. Pero a mí me parece efectivamente, o esa es mi intención, que debajo de ese tono cómico o tragicómico, que yo creo que es el de esta novela, sí discurre esa literatura social, que señala temas como la precariedad, la vida en los barrios o las periferias, el control social a través de una policía, unas fuerzas de seguridad con bula para abusar de la gente… Eso creo que es a lo que se refiere lo de “literatura cabrona”, me gusta esa definición, literatura tierna y cabrona, porque creo que se refiere a un humor que tiene algo de sarcástico, corrosivo, que intenta rascar y llegar más abajo. Lo de literatura combativa quizás sea exagerado o demasiado pretencioso, no voy a hacer temblar a nadie ni a cambiar nada con una novela, pero sí que me parece que puedo al menos desahogarme, expresar cierta furia o hartazgo, no callarte ni quedarte quieto si te zarandean o se ríen de ti. En ese sentido, en el libro creo que hay algo político, una reivindicación de cierta conciencia de clase, es como decir: ‘Cuidadito con nosotros que nos estáis jodiendo pero tontos no somos y estamos cabreados’.

La novela transcurre con un segundo plano algo tenso de la pandemia, el estado de alarma…

Sí, pero es una especie de decorado de fondo, no aparece en primer plano porque creo que lo que menos nos apetece en estos momentos es ponernos la mascarilla también para leer una novela. Esta ahí al fondo, inevitable, pero creo que de una manera bastante natural, sin agobiar.

Intercala en cada capítulo una serie de códigos QR, con los que se accede a información sobre grupos, canciones, etc.

Sí, me parece interesante que el lector pueda acceder de una manera sencilla y rápida a algunos de los materiales que he usado, al contexto histórico, los referentes reales de la novela, las canciones o grupos a los que aludo, en lugar de colocar una nota al final. Los códigos QR me parecen muy prácticos, muy instantáneos. Estaban ahí desde hace años, aunque medio olvidados, o casi convertidos ya en una antigualla, pero la pandemia nos los ha revelado como trabajadores esenciales. Por otra parte creo que también tienen algo de making of, muestran cómo convierto algunos de esos materiales en ficción (por poner un ejemplo, Katakrak, aquel movimiento okupa de Iruñea, se convierte en mi novela en Patapún).

¿Qué aportan los tres relatos que ha añadido al final de la novela?

A veces me sucede, con “Tratado de hortografía”, por ejemplo, que hay lectores que me dicen que han leído el libro de una sentada, o que se han quedado con ganas de más. Yo entiendo que lo hacen como un halago, que es algo positivo, pero a la vez me siento un poco mal, y esta vez he querido recompensarles con esta pequeña propina. Son tres relatos que se cruzan levemente con la trama de la novela. Dos de ellos son inéditos, los he escrito para este libro, y el tercero, titulado “Kaperu”, es un cuento que ha tenido un recorrido interesante, porque lo han leído en institutos, universidades y centros educativos en diferentes partes del mundo, para trabajar temas como los michomachismos, la violencia de género, ha sido también adaptado para cortos, obras de teatro, ha aparecido algún estudio académico sobre él… El relato transcurre en Jamerdana, la misma ciudad imaginaria de la novela, y me pareció que encajaba, con alguna mínima adaptación, en el libro. En cuanto a los otros dos, uno es una especie de guía beoda de los bares de Jamerdana, y el otro, “Supercuto”, está contado desde el punto de vista de uno de los hijos del protagonista, años atrás, cuando todavía era un niño.

Para acabar, parece, por lo que cuenta, que la historia tiene ramificaciones. ¿Quiere eso decir que habrá más novelas con estos protagonistas?

Sí, esa es como he dicho antes mi intención, escribir un ciclo. “Chucherías Herodes” viene a ser como “Las tribulaciones de Wilt”, de Tom Sharpe, un libro necesario después de Wilt para que después vengan “¡Ánimo Wilt!” y los demás. No sé hasta dónde llegaré con esto, supongo que pararé cuando me canse. Y entonces me pondré con otra cosa.