Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Josefina»

Vidas vaciadas, vidas solitarias, vidas encontradas

Me ha gustado tanto la ópera prima del alicantino Javier Marco que estoy deseando ver su segundo largometraje, una extensión del corto “A la cara” (2020), con el que ganaba el Goya de la especialidad. Alabo su decisión, porque planteaba un tema tan interesante en 14 escasos minutos, que invitaba a profundizar más en su ruptura con las relaciones virtuales para volver a las personales, sin artificios ni anonimatos de por medio. Entiendo que el mérito ha de ser compartido con su estrecha colaboradora fija, la guionista Bélen Sánchez-Arévalo, y juntos vuelven a proponer otro encuentro entre una mujer y un hombre, que tratarán de acortar distancias con tal de aliviar sus respectivas soledades. “Josefina” (2021) contiene mucho cine de silenciosa observación, lo que identifica al debutante con la obra del maestro Jaime Rosales.

Pero donde Marco encuentra su propia voz es en el culto al detalle, de tal modo que es capaz de hallar una gran significación en pequeños gestos o comportamientos cotidianos. Sabe sacarle a los lugares comunes, bien sea una simple cocina o una parada de autobús, una expresividad especial en sí mismos. Son pildoritas que va desgranando a lo largo del metraje, y así, por ejemplo, un objeto vulgar como un azacurillo puede adquirir una dimensión humorística. O, por el contrario, un trozo de tortilla en medio de un frío plato consigue transmitir una tristeza infinita.

Decir que “Josefina” (2021) no sería la misma película sin Emma Suárez y Roberto Álamo suena a perogrullada, pero es que su trabajo actoral se basa en un juego de miradas que justifica la ausencia de más diálogos, porque lo cuentan todo con los ojos y la expresión de sus caras, en las que está esculpido el paso del tiempo con contornos suaves. Sus vidas vacías son directa consecuencia de una realidad impedida, y para llenarlas necesitan de nuestra comprensión.