Ritmos y feminismo africanos en favor de consensos a reivindicar
La 19ª edición del Festival de Cine y Derechos Humanos de Donostia arranca con un programa doble con sello de calidad cannoise, y que nos lleva de Chad a Marruecos. Primero, con «Lingui», de Mahamet-Saleh Haroun, el drama del embarazo indeseado juvenil sirve para derribar las prisiones plantadas por el patriarcado; después «Casablanca Beats», de Nabil Ayouch activa el despertar de clase en la adolescencia, con las combativas rimas de la música hip-hop.

La Historia (ese relato que escribimos y padecemos de forma colectiva), nos está llevando a lugares espantosos. Lo sabemos porque, en mayor o menor medida, todos vivimos conectados a una actualidad que no descansa, y que por desgracia, no pierde ocasión para mostrarnos su aberrante desprecio hacia esas bases que algunos, a lo mejor llevados por la ingenuidad, dábamos como unos mínimos de consenso intocables. Pero no. Lo que debiera ser un punto de encuentro entre todas las personas del planeta es, a fin de cuentas, un vacío (o silencio atronador) en el que cada vez se encuentra a menos gente.
De los Derechos Humanos hablamos, a razón de la 19ª edición del Festival cinematográfico que Donostia dedica a dicho tesoro. Un bien fundamental para unos, una mercadería de lujo para otros; aquí, y durante la próxima semana, un objeto cinematográfico de valor –reivindicativo– incalculable. A la práctica, y en términos de programa, tenemos una selección de películas que a lo largo de los próximos ocho días desplegará hábilmente su capacidad de adaptación a la multiplicidad de frentes abordados. Bioética, vulnerabilidad en el mercado laboral, exilio y resistencia, gentrificación o el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania a partir de la injustificable invasión perpetrada por el primer país.
Problemas y crisis, pero también posibles soluciones que aparecen a través de la adopción de la mirada del otro, es decir, abriéndonos a aquello que otras autorías tienen que contarnos sobre sus respectivas realidades... que al fin y al cabo, son la nuestra. Para muestra, un arranque fulgurante a cargo de dos cinematografías que normalmente no constan en demasiados radares (occidentales), pero que sin lugar a dudas, merecen ser escuchadas.
Empezamos nuestro recorrido por el Festival de Cine y Derechos Humanos de Donostia con un díptico directamente llegado de la última Sección Oficial del Festival de Cannes, ni más ni menos. Al principio descubrimos “Lingui”, de Mahamat-Saleh Haroun, reputado cineasta de Chad cuyo nuevo “cuento social” transcurre en el dramático marco de la rigidez (e injusticia) patriarcal de su país natal. Ahí, una madre descubre que su joven hija, de apenas quince años, ha quedado embarazada. Una inminente e indeseada situación de maternidad precoz a la que, en apariencia, no puede ponerse remedio, pues en dicho país, el aborto está penalmente condenado.
Mahamat-Saleh Haroun vuelve a alimentar su arte con las tensiones que surgen entre las a veces irreconciliables necesidades individuales (y para nada individualistas) con las normas diseñadas desde el frío cálculo colectivo. Más en la línea de “GriGris”, y no tanto en la de “Un hombre que grita” (por citar solo dos títulos célebres en la filmografía del director en cuestión), la película que ahora nos ocupa hace de la sencillez en las formas (incluso de su simpleza) un orgulloso síntoma de pureza de corazón. En el trabajo con unos actores a los que no importa lucir un carácter casi-amateur, en la gestión de los giros argumentales, en la entrada y salida de las piezas en el tablero... Haroun erige un alegato feminista con una inocencia de espíritu conmovedora; con la sinceridad de quien no entiende cómo se pueden rebatir argumentos que siempre juegan en favor de la dignidad humana.
Porque, en efecto, entrar en ciertas discusiones, o empeñarse en ver determinadas fisuras, a veces (esta, por ejemplo) solo puede leerse en clave de cinismo, ese mal que también está destruyendo los espacios de concordia donde florecen los derechos humanos. Seguimos viajando por el continente africano y nos detenemos en Marruecos. “Casablanca Beats”, de Nabil Ayouch, es una vibrante celebración de la música como energía cohesionadora, empática y, por supuesto, de libre expresión.
En el desalentador contexto de los barrios populares de la ciudad del título, el director y guionista francés de ascendencia marroquí, se apoya en las rimas y los ritmos del hip-hop para que un grupo de jóvenes estudiantes consiga lo que en un principio parecía imposible: situarse por encima del fatalismo determinista. Jugando todos los elementos a favor del drama social desesperante, Ayouch opta por la alegría del despertar de la conciencia. Lo hace sin frivolizar; sin taparse los ojos ante las miserias del mundo, sino más bien poniendo el foco sobre los ejemplos (de arte y vida) que pueden iluminarnos.

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