Josu MONTERO
Escritor

Pájaros

El sonido del agua, el de la brisa o el viento, el canto de los pájaros. Son sonidos felices, los sonidos naturales que tienen una mayor capacidad de producir en nosotros bienestar, de estimular nuestra dicha. De hecho, abundan las grabaciones con supuestos efectos relajantes de esos sonidos, que siempre me han producido más inquietud que calma. Es innegable que esa banda sonora de los pájaros, antes tan presente en nuestra cotidianidad, está en franco retroceso: en los últimos cuarenta años se han perdido en la Unión Europea unos 600 millones de aves. El cambio radical del paisaje rural: campos sin cultivar y pastos sin atender provocados por el abandono del campo o bien la desaparición de huertas y de pequeños y variados cultivos en aras de la agricultura extensiva y monótona de los macrocultivos, con el consiguiente uso industrial de pesticidas. El caso es que los pájaros han volado. La progresiva cementización de las ciudades y sus periferias han privado a muchas especies de aves de un hábitat idóneo para vivir y cantar, y han transformado a otras en rapiñadoras de nuestras basuras. Los cantos de los pájaros van progresivamente perdiendo volumen y variedad, son sustituidos por el omnipresente infernal ruido que producimos los seres humanos. Cada vez tendremos que aguzar más nuestros oídos en los atardeceres y en los amaneceres de abril, de mayo o de junio. Y también podemos escuchar las composiciones basadas en sus cantos de ese prodigioso músico y enamorado de los pájaros que es Olivier Messiaen.