Cara a cara
El cara a cara entre Macron y Le Pen, es fruto de una ley electoral en donde en la segunda vuelta se desvirtúan totalmente los resultados populares. Cuando entran simplemente las matemáticas, el voto, en este caso francés, de una izquierda rearmada ideológicamente se debe repartir entre lo malo y lo peor. Nueve millones de votos que se van por el sumidero de la opción finalista. No debe ser fácil la decisión. La abstención, el voto en blanco, nulo o sentirse responsable directo de la llegada de uno u otra al Elíseo. Entramos en una situación incierta porque el señor Macron despierta muchas animadversiones. Y la señora Le Pen es una amenaza real para la democracia francesa y el proyecto europeo.
El cara a cara tuvo una virtualidad destacable, las tablas televisivas de los pretendientes, el tono empleado, con dureza argumental en formas bastante moderadas. Los equipos respectivos habían trabajado todos los detalles, ambas candidaturas estaban bien preparadas, se sabían necesitadas de arañar votos en territorio contrario y, sobre todo, no provocar ninguna deserción en el propio. Televisivamente un trabajo pulcro de no intervención, la autorregulación fue notable y la duración muestra la capacidad de los hijos de la Ilustración por la argumentación, la retórica entendida como un arte, la dialéctica racionalista y la escucha como elemento de disuasión al oponente.
Se supone que a este lado de los Pirineos se habrá tomado buena nota, porque hay elementos y signos narrativos que pueden alumbrar nuevas posibilidades para incorporar a los discursos políticos y su funcionalidad en próximos comicios. La asimilación de la extrema derecha no es una probabilidad sino una obscena y peligrosa realidad. Existe un voto para la izquierda real. Las medianías se diluyen en el potaje narcótico del liberalismo económico desacomplejado.

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