Albert NAYA MERCADAL
Diyarbakir
CASAMIENTOS INFANTILES EN TURQUÍA Y KURDISTÁN NORTE

EL MATRIMONIO LASTRA LA VIDA DE MILES DE NIÑAS CADA AÑO

La pasividad del Estado, el sistema judicial y la propia sociedad provocan que, en Turquía, una de cada cinco mujeres de entre 20 y 49 años se haya casado antes de los 18 años, mientras que una de cada tres ha sido madre siendo menor de edad.

Cuando su padre la llamó, la joven Dilek se sentó a su lado. «Esta noche tenemos invitados, prepárate», le dijo su progenitor. Entonces se lo confirmó: «Van a pedir tu mano». Después de protestar, patalear e implorar que no la dejaran con ese extraño, la respuesta que recibió fue una paliza con la manguera. Porque la decisión que iba a marcar su futuro ya estaba tomada y ella no tenía ningún derecho a participar en ella: «Esa misma tarde pidieron mi mano. Obviamente, mi padre aceptó. Yo tenía 14 años y me casaron a la fuerza con un hombre de 27», explica. Cuenta Dilek que su vida como casada se convirtió en una pesadilla desde el principio: «Yo era menor y abusaron sexualmente de mí. A esa edad no te puedes casar, hasta los 18 años se considera que eres un niño, y yo comencé a sufrir día tras día».

La misma noche de bodas, ese joven la violó y, poco después, con solo 15 años, tuvo a su primer hijo. Y, tal y como narra, no tenía ni ganas ni experiencia para criar a un recién nacido. «Por culpa de mi inexperiencia, porque a fin de cuentas yo era una niña, mi hijo tuvo fiebre y yo no sabía cómo actuar. Lo que tenía era meningitis. Tuvo mucha fiebre y se quedó sordo. Ahora, con 33 años, es totalmente sordo de ambos oídos. Fueron días muy duros», recuerda.

Y desde entonces, Dilek Demir se prometió a sí misma que dedicaría su vida para que las siguientes generaciones no tuvieran que pasar por lo mismo, luchando con uñas y dientes costara lo que costara. Pero mientras tuvo que aguantar más violaciones, de las que nacieron tres hijos más, hasta que dijo basta: «Ese matrimonio duró unos 16 años, luego me divorcié». Diecisiete años después del divorcio, Dilek Demir, la muhtar del barrio de Baglar de la capital kurda, Diyarbakir, cuenta su historia a GARA.

Incluso antes de ser muhtar, la máxima autoridad electa de un barrio, ya la llamaban así por su cercanía con los vecinos. «Trataba de ayudar a la gente que está a mi alrededor y, por eso, la gente me puso como apodo muhtar: muhtar abla (hermana), muhtar anne (madre)», explica. Y ahora, el nombre de Dilek Demir es la voz de todas las infancias robadas y las defiende desde la oficina del muhtarlik, como representante electa por segunda vez consecutiva. Pero su campaña comenzó mucho antes, años atrás, en los días de pobreza e inexperiencia criando sola a cuatro hijos y remando a contracorriente para dar de comer a sus pequeños. «Iba a los sitios si había algún corte de electricidad y trataba de que lo arreglaran, también si se cortaba el agua o si había problemas en el barrio. Ayudaba a pedir subvenciones y ayudas a quienes las necesitaban. Y mientras, para criar a mis hijos, limpiaba en casas o cuando ayudaba a alguien a pedir un subsidio me daban un poquito de dinero como agradecimiento. Sabían cuál era mi situación», recuerda sobre esos comienzos.

«Tú, ¿‘muhtar’?»

Si a una persona del empobrecido Kurdistán bajo administración turca le dicen que una mujer se presentará a las elecciones para ser muhtar, no dará ni un céntimo. Y eso es lo que le pasó a Dilek cuando presentó su candidatura. En casa, eso sí, la apoyaron desde el primer momento. «Los comerciantes me dijeron: ‘Abla, preséntate a muhtar y te apoyaremos’. Y yo dije: ‘Si en Diyarbakir no he visto que haya ninguna mujer ejerciendo ese cargo’. A lo que respondieron: ‘No te fijes solo en Diyarbakir, en otros lugares hay muchas muhtar’. Entonces me dije: ‘Voy a hablar con mis hijos y según lo que digan, decido’. Fui a casa y me dijeron: ‘Mamá, preséntate. Nosotros te apoyamos’».

Dilek Demir pasó la noche imprimiendo carteles y fotos de su cara para empapelar el barrio entero. «Hasta las tres de la mañana pegando carteles», rememora. No era una desconocida, eso seguro. Por eso sus rivales, todos hombres, quisieron ponerle trabas para impedir que ganase las elecciones. «Dibujaban corazones y bigotes en mi foto, o directamente la arrancaban o pegaban sus carteles sobre los míos. Pero si ellos los quitaban, nosotros los volvíamos a pegar. Nunca abandonamos», asegura. De tienda en tienda, puerta a puerta, por los cafés y casas de té, Demir peinó el barrió entero ante la mirada atónita de todos los vecinos: «¿Una mujer puede ser muhtar?», preguntaban todos sorprendidos.

El día de las elecciones arrasó con todos ellos: «A mil quinientos votos de mí quedó», dice Dilek Demir con una carcajada al referirse al segundo clasificado en la votación. Se convertía, de forma oficial, en la anne que querían sus vecinos y, por primera vez en la historia de la capital kurda, lo hacía una mujer. «No se me pasó por la cabeza que fuese a ganar. ¿Por qué? Porque competía contra seis hombres. ¿Tenía miedo? Pues claro, esto es el sudeste, me presenté con miedo por lo que pudiera ocurrirme», dice. Porque la visión sobre la mujer en el sudeste turco es que debe estar dedicada a las tareas domésticas: ellas, en la cocina y a encargarse de los retoños. Pero Demir, quitando hierro a la épica de ser la primera figura femenina en lograr la elección, no olvidaba por qué estaba allí: las niñas.

Todos lo saben

La ley turca es tajante: una persona menor de 18 años no puede casarse. Fácil. Pero, como en todo, hay cláusulas. Y estas se suman un Estado pasivo, un sistema judicial tuerto y una sociedad que mira hacia otro lado. El abogado Emin Gün, presidente del Centro de Derechos del Niño del Colegio de Abogados de Diyarbakir, es tan crítico con el sistema legal como con la sociedad que lo permite. «La ley dice que un hombre y una mujer que quieran casarse tienen que hacerlo conforme a las leyes existentes para saber si tienen derecho a casarse y a divorciarse. Esto es importante: no dice niños ni niñas. Y según la ley, toda persona menor de 18 años es un niño», explica a GARA.

Pero empieza la cascada de excepciones que deforman la ley y provocan la situación actual. Para empezar, según el letrado, la Ley de Civilización turca establece que los mayores de 17 años podrán casarse. «¿No eran niños los menores de 18 años?», se pregunta Gün. «Aquí ya rebajamos la edad», dice. Y añade: «Esta ley es abusiva. Pero hay más: en situaciones excepcionales, si la niña se ha quedado embarazada, un juez puede autorizar un enlace matrimonial cuando ella tenga 16 años. Volvemos a bajar la edad, y esta vez lo hacemos a los 16 años, cuando el mundo está discutiendo la posibilidad de subir la edad legal a los 21». Y la edad bajará incluso más, se lamenta, cuando la chica se quede embarazada con 15 años y un juez decrete una investigación física sobre su edad, que establecerá que tiene 16.

En el ámbito social, el problema es aún mayor. «La ley considera que no hay matrimonios infantiles y que no pueden llevarse a cabo por canales oficiales. Pero puede pasar a través de matrimonios con imames», afirma.

En cuanto a la denuncia social sobre este tipo de hechos, destaca que la ley obliga a cualquier ciudadano a denunciar a las autoridades si se conoce la celebración de un matrimonio infantil. Quien no lo haga se enfrenta a una condena por complicidad. Pero del dicho al hecho hay un buen trecho: «En un pueblo, un niño es obligado a casarse. ¿El muhtar no lo sabe? Lo sabe. ¿El imam no lo sabe? Lo sabe. ¿Los profesores de la escuela del pueblo no lo saben? Lo saben. ¿Los habitantes del pueblo no lo saben? Lo saben. ¿El fotógrafo que saca las fotos de la boda no lo sabe? Lo sabe. ¿El peluquero no lo sabe? Lo sabe. ¿Los presentes en la ceremonia no lo saben? Lo saben. Todos ellos están cometiendo un crimen». Y el Estado, ¿persigue estos casos? «No, y ese es el origen del problema», responde. Por lo tanto, todos estos factores provocan que hoy en día las menores que han pasado por este triángulo en Turquía sean demasiado numerosas.

Una de cada cinco

En Turquía, una de cada cinco mujeres entre los 20 y los 49 años se casaron antes de los 18 años y una de cada tres fue madre siendo menor. Pero el país es multicultural, cambiante y muy grande. Hace 30 años, cuando el padre de Dilek dio el «sí quiero», más del 50% de las niñas en Turquía se casaban antes de cumplir los 18, según un estudio actual de Naciones Unidas. Dilek Demir ni siquiera tenía 15 años y los datos indican que en aquella época, entre el 15 y el 20% de las chicas se casaban a esa temprana edad. La empobrecida zona del Kurdistán se llevaba la peor parte.

Es cierto que desde que Demir se casó ha llovido mucho. Tanto que ella misma está felizmente divorciada y que los números, aunque alarmantes, han descendido: a día de hoy, las menores de Kurdistán Norte que se casaron antes de los 18 y que ahora tienen entre 20 y 24 años representan el 20%, lejos del 50% de hace tres décadas. Pero lo que no ha cambiado es que el colectivo más afectado sigue viviendo en las zonas kurdas, lejos de las grandes ciudades y en el seno de las familias más empobrecidas del país.

Dilek Demir lidia cada día, desde su oficina o en la calle, con numerosos casos de matrimonio infantil. En la mayoría de casos, suficiente para que las chicas no tengan que casarse y, de paso, puedan seguir yendo a la escuela. Pero a veces tiene que subir el tono. Cuenta que una vez tuvo que amenazar a la familia con enviar a los servicios sociales: «Os van a quitar su custodia, a su padre lo van a meter en la cárcel y al ‘novio’ lo acusarán de abuso de menores, les dije». Los insultos y amenazas posteriores no han sido plato de buen gusto para Dilek, pero nunca ha dejado de luchar por esas niñas, con las que nunca más puede volver a hablar.

A día de hoy ya son 40 las que han podido salvarse gracias a las denuncias anónimas de los vecinos del humilde barrio de Baglar, quienes con una breve carta depositada en un buzón metálico, a las puertas de la oficina de muhtar anne, informan a Dilek Demir sobre el siguiente crimen que se intentará cometer.