El invierno más duro lejos de Bogotá

Esta historia se ha contado miles de veces, y se volverá a contar otras tantas, pero lo bueno de todo es que el colombiano Harold Trompetero la hace suya al narrarla como si se hiciera por primera vez. A su favor tiene que se basa en sus experiencias personales como inmigrante, ya que al ganar prestigio internacional en el festival de cine publicitario de Cannes, tuvo ofertas de trabajo en EEUU. Pero lo que le da a “Un parcero en Nueva York” (2022) el sello distintivo es su particular acento, aún a riesgo de que la versión original no se vaya a entender en otros países. De hecho, hasta el título se ha traducido, por el “compadre” de a este lado del charco, o el “pata” peruano. El léxico que habla el estelar Carlos Hurtado Beltrán es muy cerrado. Es algo de lo que no se puede desprender su personaje, y que le supondrá una barrera idiomática difícil de superar en su odisea norteña.
Se trata de Armando Pulido Carachas, más conocido como Carachitas, un trabajador de la construcción al que la crisis colombiana le obliga a dejar su tierra, ante la llamada de una prima suya desde EEUU. Para poderse pagar el viaje y sacarse el “boleto”, llegará a vender un riñón, mientras otros venden su sangre para luego pagar a los “coyotes” que organizan el paso de la frontera. Una coyuntura que siempre es noticiable, y en concreto ahora con los movimientos del gobernador conservador de Texas Gregg Abbott para llenar autobuses con inmigrantes ilegales y enviárselos a Joe Biden para que sean su problema.
“Un parcero en Nueva York” (2022) es una comedia, pese al duro tema que trata, porque el humor es lo que mantiene a nuestro antihéroe en pie, mientras acepta trabajos que nunca hubiera imaginado en su Colombia natal. Se nota mucho la influencia de John Schlesinger y “Midnight Cowboy” (1969).

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