Dario ANTONELLI - Giacomo SINI
CHIPRE, ENTRE GRECIA Y TURQUÍA

Cantar para construir la paz en la isla dividida por los gobiernos

«Hade!». Vamos. La puerta se cierra y el autobús parte entre saludos y risas. Ioulia Schiza pasa por el pasillo para recoger las cuotas de participación. «¿Quieren saber quién de nosotros es griego y quién turco? -pregunta sonriendo- ¡Todos somos chipriotas!». Cualquiera que visite Chipre se hace esa pregunta al menos una vez.

Bajo estas líneas, integrantes del coro bicomunal, en plena actuación en Pelathousa (Chipre). En la página siguiente, barriles y alambre de púas dividen la parte sur de Nicosia bajo administración de la República de Chipre de la Línea Verde.
Bajo estas líneas, integrantes del coro bicomunal, en plena actuación en Pelathousa (Chipre). En la página siguiente, barriles y alambre de púas dividen la parte sur de Nicosia bajo administración de la República de Chipre de la Línea Verde. (Giacomo SINI)

Desde 1974, tras años de guerra y de una violencia atroz, la población chipriota está separada y el país sigue dividido de facto en dos entidades estatales: la República de Chipre, miembro de la Unión Europea, de mayoría grecoparlante, que aunque reclama toda la isla solo controla, de hecho, la parte sur, y la República Turca del Norte de Chipre, reconocida únicamente por Turquía. Por eso quien visita Chipre se pregunta al menos una vez al conocer a sus habitantes si son griegos o turcos.

«Queremos encontrarnos, queremos hablar», dice Ceyhun Hami mientras se acerca a la ventana, dejando que otra mujer se siente a su lado en el autobús. «Los líderes políticos quieren mantenernos divididos, pero nosotros queremos estar juntos», afirma. Este es el espíritu del Bicommunal Choir For Peace in Cyprus “Lena Melianidou”, un coro que desde 1997 reúne a mujeres y hombres de ambos lados de la isla, que interpretan piezas en griego y turco para dar voz y una perspectiva concreta a la paz. «Hay grandes intereses políticos», continúa Hami, «intentamos hacer algo, somos solo una mota, pero sirve para crear esperanza».

HERIDA ABIERTA

La división se vende hoy a menudo como una atracción turística, pero es una herida abierta en la isla mediterránea. Desde 1964, una tortuosa línea define la zona tampón controlada por Naciones Unidas que divide el país en dos. Durante casi treinta años, la separación de la población fue casi total, el paso de una zona a otra únicamente ha sido posible desde 2003, e incluso hoy día solo puede realizarse bajo severas restricciones presentando documentos en los puestos de control intalados a lo largo de la línea divisoria.

«La nuestra es la iniciativa bicomunal más antigua que sigue activa», explica Costis Kiranides, uno de los miembros fundadores del proyecto y esposo de Lena Melianidou, la histórica codirectora del coro que falleció repentinamente en diciembre de 2021, y en cuya memoria se bautizó recientemente al coro con su nombre. Compartió la dirección con Kursat Tilki, que lo sigue dirigiendo con pasión. «Para participar no hace falta saber música ni saber cantar», dice con una leve sonrisa, «el único requisito es creer en la unidad de nuestros pueblos y en la paz».

Abandonando el tráfico de la capital, el autobús gira hacia la A1, la carretera a Pelathousa sigue siendo larga. «A lo largo de los años hemos cantado en el extranjero, hemos recibido premios como el de la Fundación Hiroshima para la Paz y la Cultura en 2020, pero este concierto en un país pequeño es igual de importante para nosotros», asegura.

La gran sala de la taberna Pantelis ya está abarrotada. El cielo oscuro amenaza lluvia, pero el verde de las colinas salvajes brilla. Los miembros del coro se sientan por la sala, algunos releyendo las letras de las canciones que van a cantar. Soulla Philippidou abre su folleto: «Desde 2008 estoy en el coro, me costó aprender las canciones en turco, no conocía el idioma; en 1974 era demasiado joven y fue aquí donde entré en contacto por primera vez con esta lengua». Frente a ella se sienta Demetra Kyriakou, que ha estado en el coro desde su inicio: «Durante décadas, las familias estuvieron divididas, la gente de los dos bandos solo podía reunirse en el Ledra Palace, en Nicosia». Fue allí donde Naciones Unidas abría periódicamente su sede en la zona de amortiguamiento de la capital para permitir reuniones. «Nunca olvidaré cuando en aquel palacio conocí a una chica muy joven que, sin conocerme siquiera, vino a regalarme las zapatillas que me había hecho a mano su abuela, que aún vivía en el país que yo había tenido que abandonar a causa de la guerra», recuerda emocionada.

«MI PATRIA HA SIDO DIVIDIDA»

El turco y el griego se alternan y entrelazan en las canciones del coro. Acompañados de teclado y violín, y dirigidos por Kursat Tilki, los cantantes concluyen el concierto con la pieza “Dicen que el hombre debe amar a su patria”. Llaman a cantar con ellos a Neşe Yaşın, la poeta que compuso los versos de esta pieza, que se ha convertido en un verdadero himno por la paz en Chipre. «Mi patria ha sido dividida en dos / ¿A cuál de los dos bandos debo amar?», entonan cogidos de la mano.

«Cuando escribí estas cuatro líneas en turco», explica Yaşın, que ahora enseña poesía en la Universidad de Chipre, «las escribó para mí. Tenía 17 años. No podía imaginar que se publicarían, traducirían y musicarían. Que se convirtieran en un símbolo».

Neşe Yaşın recuerda un episodio concreto: «En aquellos años obtuve una autorización especial para ir al sur y representar a una asociación ecologista del norte en el congreso del Partido Comunista en Nicosia. Esto era excepcional, en aquellos días las dos partes estaban completamente aisladas. Cuando entré en el estadio lleno de gente, alguien me reconoció y todo el mundo empezó a cantar mis versos. Ese es el poder de la poesía».

Cuando termina el concierto, Demetra Kyriakou vuelve a su asiento: «Han pasado cincuenta años y puede que muera sin ver Chipre unida. Hemos hecho de este último canto un verdadero himno, pero desearíamos no tener que cantarlo más. ¡Queremos paz, paz, paz! No entiendo por qué tenemos que seguir haciendo la guerra».

Al terminar la cena, un grupo de mujeres se pone a cantar, alguien se sienta al piano y la música envuelve a toda la sala. Un imponente hombre de larga melena rubia, ya entrado en años, baila sonriente con una mujer mucho más joven que él. «Tengo dos padres», dice la mujer, Birgül Kılıç, «el biológico y, luego, Andreas», señala mirando al hombre con el que baila, «que es mi süt babam» (mi padre de leche, en turco). Andreas Efstathiou, nacido en una familia de lengua griega chipriota, fue soldado en la guerra de 1974. Durante tres meses entregó a un militar del norte la leche sin lactosa que su hija necesitaba para sobrevivir, y que no estaba disponible en la zona bajo control turco. «Venía hacia nosotros, los otros estaban a punto de dispararle», cuenta Efstathiou, «yo les detuve. Estaba desesperado, nos pidió leche para su bebé y corrí a buscarla. Era muy peligroso, pero en la vida hay que hacer algo bueno».

«NO VAYAS, PUEDEN MATARTE»

Mientras tanto, en la calle, entre cigarrillos y copas de vino, la gente habla en inglés, la principal lengua de comunicación entre las dos comunidades, hablan del pasado, pero también del futuro. «Cuando le dije a mi sobrino que venía aquí, ¿sabes lo que me dijo? ‘No vayas, pueden matarte’», relada Costas Christodoulides, que agita las manos mientras habla.

«En la escuela, siguen enseñando a los más pequeños ea odiar a los turcos. Los dos Gobiernos fingen ser enemigos, pero hacen las mismas cosas. Están levantando nuevas barreras y alambres de espino, están creando una auténtica frontera. El nacionalismo es dominante, pero si dejamos de reunirnos aprovecharán para cerrar definitivamente la frontera. La gente debe entender que estos nuevos muros no harán sino dividirnos de nuevo, y también empeorarán la vida de los inmigrantes y de los solicitantes de asilo», advierte Christodoulides.

LA PERSPECTIVA SOLIDARIA DE LOS PROYECTOS INTERCOMUNITARIOS EN CHIPRE

Chipre no es solo división. Las iniciativas de paz y convivencia entre las comunidades greco-chipriota y turco-chipriota existieron incluso durante los años mas difíciles del conflicto que ensangrentó esta isla del Mediterráneo oriental. Hoy son sobre todo las nuevas generaciones las que están activas, tras haber crecido en el clima positivo que marcó la primera década del nuevo milenio. Los acuerdos entre los Gobiernos han sido fallidos, pero en la sociedad han florecido las críticas al nacionalismo y al militarismo que dominaron las últimas décadas.

En la zona tampón controlada por la ONU en la capital, Nicosia, en la Home For Cooperation, personas del norte, del sur y de otros lugares se reúnen para tomar café. Salih Toksöz, de 25 años, espera a que empiece su turno como camarero: «Es absurdo que entre chipriotas hablemos en inglés -dice con una media sonrisa, colocando su taza sobre la mesa-. No se trata solo de saber un idioma, entenderse es una forma de unir a las comunidades». Esa es la idea en la que se basa la Association for Bilingualism in Cyprus, creada en 2019 y de la que Salih Toksöz es miembro activo.

De Nicosia a Famagosta hay una distancia abismal. Irene Antoniou, de 28 años, activista del Famagosta Avenue Garage, explica que «aquí nadie pasa el control para tomarse un café con un amigo. Vas al sur a trabajar y al norte a comprar». Creado con el apoyo de las Naciones Unidas y el municipio de Deryneia, «el Garaje ofrece un espacio para actividades solidarias intercomunitarias -afirma Antoniou-, colaboramos con otras asociaciones, como la Youth Union of Famagusta». Ali Furkan Çetiner, de 27 años, es miembro de esta última: «Intentamos estrechar los lazos entre las jóvenes generaciones que viven en la Línea Verde». Las autoridades hacen todo lo posible por marginar los proyectos intercomunitarios, «las actividades -dice Antoniou- están formalmente permitidas, pero el Gobierno no las hace posibles desde el punto de vista logístico».

Desde 2021, la República de Chipre ha empezado a cerrar la Línea Verde con alambre de espino, con el pretexto de luchar contra la inmigración irregular.

Las políticas divisorias afectan, sobre todo, a las jóvenes generaciones del norte, que experimentan un fuerte aislamiento. «Muchos se van», explica Çetiner, «y no se crea tejido social». Por eso, también parece importante tener una perspectiva diferente: «Creemos que es mejor intervenir desde una perspectiva intercomunitaria, ya no sólo bicomunitaria», afirma Mustafa Öngün, del UN Civil Affairs, «porque en Chipre hay minorías históricas como la armenia o la maronita libanesa». Pero también porque la presencia de nuevas comunidades de inmigrantes es ya un hecho.

En Nicosia, la asociación Hade! ha propuesto un ciclo de iniciativas en otoño titulado “Let's Mingle”. «Estos encuentros -reza la convocatoria- permitirán intercambios que no suelen producirse a diario entre personas que desean reapropiarse de la zona tampón de Naciones Unidas y dar vida a un Chipre sin fronteras». El debate está abierto.D.A. - G.S.