La naturaleza de las cosas

La más reciente película del aclamado cineasta japonés Ryûsuke Hamaguchi tras el éxito de “Drive my car” (2021) -un filme que le reportó el reconocimiento internacional definitivo con el Premio Especial del Jurado en Cannes y un Óscar, entre otros numerosos galardones- se revela como una obra tan enigmática como hermosa.
A primera vista, “El mal no existe” parece explorar las transgresiones que el capitalismo perpetra sobre el medio ambiente. Ello se concreta en la mecánica cotidiana de un pueblo cercano a Tokio, una suerte de paraíso natural que se verá amenazado cuando sus residentes descubran que una empresa planea instalar un negocio de glamping para turistas adinerados. Sin embargo, a medida que la trama avanza, la película cambia su tono y ritmo en repetidas ocasiones, transformándose en una conmovedora parábola sobre la generosidad de la naturaleza, pero también sobre su indiferencia, incluso frente a aquellos que intentan protegerla.
Asimismo, aborda la brutalidad que los seres en su contexto global, incluso los más apacibles entre la especie animal y humana, pueden ejercer cuando se sienten amenazados.
La construcción de los personajes y sus diálogos, junto con su metódico diseño sonoro y el tacto que emana de los pequeños detalles nos trasladan a la contemporaneidad de un conflicto ancestral que ya se encontraba en las obras cinematográficas del maestro Ozu: la tensión constante que se establece entre la tradición y lo nuevo y la vida rural y la urbana.
Se trata en definitiva, de una fábula que plantea preguntas profundas sobre el sentido de la existencia y el eterno conflicto entre la civilización y la naturaleza. Una reflexión sobre la naturaleza misma de la vida y nuestra relación con un mundo que cada vez se descubre más implacable.
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