Cogidas de la mano
Mucho se habla del suicidio. Mucho se propone sobre la prevención del suicidio, pero las estadísticas siguen siendo tremendas y cada día se suicidan personas que han decidido que les es insoportable la vida que viven. No desean la muerte, les es imposible la vida. Y dicho así parece una frivolidad, pero responde en muchos de los casos a algo que no tiene que ver con su genética, ni con las hormonas, ni con las neuronas alteradas, sino a una presión social, a una imposibilidad de adaptación a unos rigores del entorno que se les hacen insoportables.
No hay recuento diario de suicidios, existe todavía un católico manto de silencio sobre esta manera de dejar el mundo, pero cuando llegan a los noticiarios es porque se trata de alguien conocido o porque reflejan algo insuperable por su crueldad y por poner de manifiesto una situación que se va enquistando de una manera imparable: la vivienda. No es la primera vez que alguien se suicida arrojándose por el balcón ante la visita del juzgado y la policía para desahuciarlo, pero en Barcelona el cuadro se hace todavía más representativo, más violento, ya que el suicidio ha sido de dos hermanas que, quizás cogidas de la mano, han saltado al vacío porque iban a ser desalojadas de su piso por una deuda 9.000 euros.
La nota de despedida junto a la orden desahucio es un manifiesto, una vergüenza política, un escupitajo a la hipocresía social. Una tragedia que me temo no producirá catarsis ninguna. La propiedad del piso era de un particular, para irnos entendiendo. Ninguna institución actuó para buscar soluciones.

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