Relojes de torre, un patrimonio que se quiere preservar en Nafarroa
Los relojes de torre de Nafarroa conforman un rico patrimonio local olvidado que quiere preservar una nueva asociación inventariándolos y asesorando a organismos e instituciones para su restauración. Varios de ellos ya han llegado a ser recuperados con la ayuda altruista de este grupo de expertos.

Durante cientos de años han marcado el tiempo en infinidad de localidades, pero muchos de ellos se encuentran en mal estado y se corre el riesgo de perder ese patrimonio local. Evitar su desaparición y preservarlos es el objetivo que se ha marcado la asociación Amigos de los Relojes de Torre de Navarra/Nafarroako Dorre-errelojuen Lagunen elkartea.
Así lo explica uno de sus miembros, Alberto Comas, que el pasado 4 de mayo se unió a otros entusiastas y expertos en esta materia para crear la citada asociación.
A través de ella se busca preservar unos relojes que «están siendo sustituidos por relojes electrónicos, que son más exactos», y que «son muy diversos, algunos muy antiguos y que están casi en peligro de extinción, porque las torres de las iglesias donde se suelen encontrar ubicados están muy deterioradas».
De hecho, esos emplazamientos hacen que «se vayan oxidando y las lechuzas y las palomas los van cubriendo de guano, y al final se terminan tirando o acaban en el chatarrero». Esa forma de proceder evidencia que «es un patrimonio que no está valorado, porque es muy desconocido». «La gente no se acuerda -añade- y muchas veces los ayuntamientos no saben si es de propiedad municipal o de la Iglesia, aunque el 99% son municipales, es decir, propiedad de los ayuntamientos».
CATALOGAR Y ASESORAR
Para ponerlos en valor y preservarlos, esta asociación ha emprendido la tarea de «catalogarlos para saber lo que tenemos entre manos. Saber cuántos hay y dónde están». Por el momento, se calcula un medio centenar. Ya han detectado que más o menos «el 85% están muy estropeados y parados. Solamente hay unos pocos que están en funcionamiento gracias a que hay gente en los pueblos que se preocupa de darles cuerda, de engrasarlos. Pero hay que subir hasta las torres y la mayoría de la gente que realiza esas tareas tiene 60, 70 u 80 años, y cada vez les resulta más difícil».
Una vez analizada la situación, el siguiente paso consiste en «ayudar y asesorar a instituciones y organismos para su restauración, para recuperarlos».
Como señala Comas, «si hay un grupo de gente dispuesta a realizar el trabajo, les indicamos cómo hacerlo y no cobramos nada, porque somos gente altruista enamorada de los relojes de torre y que no quiere que se pierdan».
En algunas ocasiones, es suficiente con «limpiarlos con agua, jabón, gasolina, cepillos y taladro. Su único problema es que están sucios, así que se baja de la torre, se limpia y está como nuevo. Funciona como hace cien años».
En otras, «las piezas están deterioradas por el paso del tiempo. Los piñones, las ruedas... se desgastan y hay que cambiarlas, pero se pueden hacer nuevas. Puede encarecer la operación, pero estamos hablando de cifras ridículas, sobre todo para un ayuntamiento».
En definitiva, se trata de «hacer todo lo posible para restaurarlos, limpiarlos, volverlos a montar y ver cómo funcionan. Se busca devolverlos a su estado original en la medida de lo posible». Una labor en la que intervienen asesorando, «sobre todo para evitar que se hagan estropicios».
Siguiendo estas pautas de trabajo, se han acometido ya varias restauraciones de relojes de torre, como en el caso de la localidad de Muez, «con un proyecto muy majo de limpieza del reloj en auzolan».
Comas intervino directamente en el reloj de Deikaztelu, ya que la restauración coincidió «con la pandemia y lo hice prácticamente solo con la ayuda del alguacil del pueblo y de otros relojeros con piezas que me faltaban. Conseguimos que funcionara», concluye orgulloso.
Una vez restaurados, algunos se han convertido en una especie de esculturas que se pueden ver en el correspondiente ayuntamiento, como sucede en las localidades de Deikaztelu, Allo, Ablitas o Cortes.
Uno de ellos ha terminado en el Planetario de Iruñea. Se trata de un reloj que estuvo instalado en el Ayuntamiento de la capital desde su fabricación en 1827 hasta 1991, y que fue realizado por Juan Manuel Yeregui, antepasado de uno de los integrantes de la asociación.
Es una manera de preservar y acercarse a estas «auténticas joyas, con relojes artesanales como el de Orrio, en Ezkabarte, que es de 1780», aunque lo más habitual es que fueran construidos e instalados en sus emplazamientos en los siglos XIX y XX. Unas maquinarias que durante todos esos años fueron «la única forma de medir el tiempo que tenía la gente. Marcaban la hora para despertarse, para tomar las medicinas... Han tenido un papel muy importante para la sociedad».
Por todos estos motivos, «es un patrimonio que hay que valorar, igual que se hace con el retablo de la iglesia, la casa del siglo XVI o el tractor de 1920». Y esa es la misión de esta asociación, que quiere conseguir que estos relojes sean declarados Bienes de Interés Cultural, y en la que quieren implicar a toda la sociedad, animando a facilitarles información y colaborar con ellos contactando a través del correo electrónico relojesdetorredenavarra@gmail.com. Porque ese tiempo que midió con precisión durante siglos corre en contra de este patrimonio a preservar.

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