El acto de desertar
En tiempos de guerra, la deserción es el delito más grave que un soldado puede cometer. Las penas sobre la deserción son las más duras. El propio verbo estigmatiza. La acción puede ser hasta un gesto político importante. Hubo un tiempo a principios de los años setenta del siglo pasado en que existía una gran población flotante en diversos países compuesta por los desertores de Vietnam. Jóvenes que dejaban su uniforme de guerra y huían de la barbarie. Incluso antes, a finales de los sesenta, los desertores del Ejército portugués colonial eran considerados un grupo que marcó un tiempo político que fue precursor casi directo de la revolución de los claveles.
Según cifras no contrastadas de manera oficial, hay más de 80.000 desertores ucranianos. Desconozco los que se pueden considerar de esta manera en los ejércitos rusos y ni me imagino lo que puede existir de verdad en Israel y la consideración social, política y penal que puede tener un desertor cuando toda la población está obligada a recibir instrucción militar. En organizaciones más extremas, la deserción fue siempre un asunto mayor donde se cruzan fidelidades, dogmatismos, seguridad y culpa.
Hay que reivindicar en lo militar, lo civil, partidista y hasta en lo emocional la deserción. Es más, los cobardes o los oportunistas merecen figurar en el catálogo de posibilidades de ser y estar en la vida con pleno derecho y sin recibir escarnio. Reconozco para mi saga familiar formada por desertores del arado el inicio de una nueva etapa histórica junto a millones de personas que empezaron a vaciar los pueblos.

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