Una isla
Berlín es una isla. Al menos eso parecen decir los resultados que conforman los titulares de las últimas elecciones alemanas, donde la izquierda parece haber ‘‘ganado’’. Sin embargo, el capitalismo más salvaje deambula por la ciudad en Uber circulando cerca de las bicicletas montadas por ecologistas.
En Checkpoint Charlie los escolares se fotografían ante la imagen del soldado que custodia la frontera y los guías de los free tours, que cobran mediante propinas, se agrupan en las inmediaciones. Trozos del muro se venden en las tiendas de souvenirs y las cadenas de comida rápida sirven hamburguesas prefabricadas a los turistas que desembarcan en la ciudad.
Miles de ciudades distintas conviven en Berlín. En la urbe de cemento, hecha de casas más o menos unificadas por fuera y bien distintas por dentro, las gentes que vienen y van sin arraigo tropiezan con las personas migradas que cobran propinas por limpiar los baños de los restaurantes, sentadas a las puertas de los urinarios.
Berlín está poblada de obreros y obreras modernas, de artistas, de aspirantes a artistas cautivados por su aura y sus noches. Berlín es una isla en la que todo ha cambiado. Aun así, Berlín sigue siendo una isla en la que las náufragas encuentran algo de asilo al poder confundirse con las masas.

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