Bestetxe
Siempre hay en un pueblo una casa abierta. En un pueblo, hay una casa habitada por sobrinas y árboles frutales, niñes correteando entre las huertas, hermanas y amigas haciendo punto paseando al sol, sin medias en invierno, sin mirar a las agujas ni al suelo, seguras y sarcásticas. Me las imagino yo.
Hay una tía soltera y una cuñada anarka cocinando para todes, hasta para quienes no vinieron hoy, por si llegan. Y hay una cama siempre hecha por si aparecen, no esas sino las que huyen, porque en esas casas siempre hay sitio para guardar la revolución. Con llave. Son los años 70. Y de huir saben bien la abuela y el abuelo, que llegaron con sus ocho cuando la guerra.
Hay sitio para el folclore que crece entre las sábanas tendidas y para los secretos que a veces tardan siglos en desenmarañarse. Hay gallinas en el corral y fantasmas en el cuarto de Macario, y en un garaje el Dyane 6 del padre que día sí y día también sale a trabajar contento. Hay una batería, hecha con cajas de jabón, porque al niño parece que le gusta el ruido, que dice que es música aunque no es folclore. Y cada 15 de marzo se reúnen todas, entonces sí, para celebrar el cumpleaños de la pequeña de los 8 que ahora es la que gobierna. Y cantan y beben y siguen tejiendo la historia sin mirar a las agujas. En Bestetxe. «Banketie neska!».

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