Tras la pista de los lobos: su presencia real en Euskal Herria
Dos voluntarios del Censo de Lobo Ibérico, una iniciativa conservacionista y científica que monitoriza la situación de esta especie, han accedido a hablar con GARA sobre la actual situación de los lobos en Euskal Herria y a mostrar imágenes de los ejemplares concretos que, ocasionalmente, incursionan en Araba.

El Consejo de la UE aprobó el 16 de abril a la propuesta para reducir el nivel mínimo de protección del lobo en la normativa comunitaria, para que sea más fácil matarlos. Hace falta hablar claro. ¿Cuál es la realidad del lobo en Euskal Herria después de que fuese cazado hasta la casi total extinción? ¿Hay acaso alguna manada asentada en algún monte? GARA ha contactado con buscadores de lobos para abordar, gracias a la ciencia ciudadana, en qué situación se encuentra la especie.
Antes de seguir adelante, hay que lanzar una advertencia clara. Las imágenes que aquí se muestran -de las que no se precisa la ubicación ni la fecha para no poner en peligro a los animales- son fruto de años de trabajo de campo y mucho esfuerzo. Esto es, no deben contribuir a generar una falsa sensación sobre que el lobo está expandiéndose por los montes vascos. Porque no es así. No hay manadas de lobos asentadas de manera estable en Euskal Herria, aunque sí están presentes en áreas limítrofes desde hace años y, al tener zonas de campeo extensas, entran en algunos puntos del territorio vasco.
Las imágenes se corresponden con los ejemplares concretos que están detrás de esas incursiones ocasionales.
Asier y Roberto son dos de los investigadores que participan en el seguimiento del lobo en estos territorios. Muchas de las imágenes que obtienen de ellos son nocturnas. Aunque el lobo es una especie predominantemente diurna, se ha hecho más nocturna por la presión humana y debido a su pelaje pardo, no es fácil distinguir a un ejemplar de otro.
Por eso, aún nadie se ha atrevido a certificar que el lobo de Azkaine sea el mismo que se grabó días después en Bera, a 25 kilómetros del primer avistamiento. Sí que se sabe que en ambos casos se trata de un ejemplar solitario, un macho.
Hay lobos que campean por Euskal Herria que son fáciles de identificar debido a que poseen alguna singularidad. A Asier enseguida le viene a la cabeza una loba coja que además es la reproductora de un grupo desde hace varios años, compartido entre Burgos y Araba.
«Los lobos son muy inteligentes y tienen una muy alta capacidad de supervivencia y adaptación. Sin embargo, lo de esta loba coja nos ha dejado claro lo que significa ser resiliente. A través de las cámaras-trampa que utilizamos para estudiar el estado de conservación del hábitat, podemos observar que siempre va la última del grupo, a tres patas. Si los demás no la alimentaran, si la especie no hubiera desarrollado ese altruismo y ese nivel de cooperación, no hubiera durado un invierno. Es verdaderamente admirable».
Asier es un apasionado de la ciencia y la naturaleza. Se interesó en el seguimiento del lobo un poco antes que Roberto, allá por el año 2019. Ambos habían militado en grupos conservacionistas antes y comparten interés por la fotografía.
Desde 2015, el Proyecto de Voluntariado para el Censo del Lobo, con sede en la Universidad de Alcalá (UAH), y su equipo realizan formaciones sobre la conservación del lobo y la metodología para su seguimiento. Enseñan a distinguir indicios de presencia (huellas, heces, rascaduras, etc.) a delimitar el territorio y a entender el comportamiento de la especie. A ambos les captaron gracias a estas jornadas, que se han celebrado en Bilbo y Amurrio.
El lobo no solo tiene que sobrevivir a la caza, a las carreteras, a las vallas, a la degradación del monte y a todos los cambios que el ser humano ha introducido. Además de eso, le sobran enemigos.
Si los investigadores y naturalistas son capaces de seguir la pista de los lobos a través de sus indicios de presencia y sus equipos de foto-trampeo, los cazadores y gente que pretende hacerles daño son igual de capaces. Roberto y Asier aseguran que el lobo es un trofeo valioso para los cazadores y no es demasiado querido en los entornos rurales. Han visto lazos metálicos en sus zonas de campeo. Saben que a menudo se recurre también al veneno.
«Lobos muertos no hemos encontrado, pero sabemos que hay gente que, si puede, los mata. Hombre, es llamativo que el lobo que habita en la Península Ibérica no haya sido capaz de llegar al Pirineo y que ahora lo haya logrado el lobo franco-itálico cruzando a través de los Alpes Marítimos. Por algo no habrán llegado los que estaban aquí, ¿no?», remarca Roberto.
El registro ocasional, sin constatación de reproducción todavía, en Aragón y Catalunya, de individuos procedentes de Italia y el Estado francés, merece detenerse un momento para aclarar un par de aspectos. Unos y otros pertenecen a la misma especie, el Canis lupus, el lobo gris europeo. La persecución por parte de los humanos mermó su población y la aisló en comunidades alejadas unas de otras, ocasionando, en el caso de la Península Ibérica, problemas de conservación muy severos como son la escasa variabilidad genética y la endogamia, lo que hace que sus lobos tengan una escasa capacidad de adaptación ante factores externos como podrían ser las enfermedades.
Por este mismo motivo, Roberto y Asier sostienen que el reencuentro entre el lobo franco-itálico y el ibérico, tantos siglos después, será beneficioso para la especie. Euskal Herria, en ese sentido, se revela como un territorio clave.
EL CENSO DEL LOBO
«Conocemos a lobos que se mueven entre Burgos y Araba y sabemos que, en ocasiones, han entrado desde Cantabria y La Rioja. En Karrantza hay constatación de presencia ocasional, aunque desde años atrás, han sido metódicamente exterminados. La literatura científica y la experiencia nos dice que vuelven a los mismos territorios históricos en los que habitaron. Pero, hoy por hoy, la presencia del lobo en Euskal Herria responde a que hay reservorios en provincias limítrofes», remarcan.
Los dos investigadores consultados participan de un proyecto de ciencia ciudadana, el Voluntariado del Censo del Lobo Ibérico con sede en la UAH. El resultado de su trabajo de campo se registra a través de aplicaciones informáticas diseñadas para el proyecto, en las que se documentan tanto indicios de presencia como recorridos realizados, lo que da lugar a una gran base de datos que posteriormente es analizada.
«Usamos cámaras de foto-trampeo, fundamentalmente para estudiar el estado de conservación del hábitat, como las que usan los cazadores. Son bastante pequeñas, utilizamos el camuflaje porque, desafortunadamente, hay muchos robos. Se trata de equipos mínimamente invasivos con flashes infrarrojos, que no molestan a la fauna», detallan Asier y Roberto.
En el reportaje usan sus nombres reales pero no sus respectivos apellidos, por precaución. Saben de compañeros de otras zonas que han recibido sabotajes o amenazas, pero aquí consideran que la tensión no ha llegado a ese punto.
Ambos están convencidos de que una presencia mayor del lobo no conllevaría un aumento de los ataques al ganado en la misma proporción. Los lobos -explican- se comportan de manera diferente cuando son ejemplares solitarios que cuando se conforman como manada jerarquizada y cohesionada. La literatura científica indica que los grupos familiares maduros, en ecosistemas bien conservados (con buena disponibilidad de presas naturales y áreas de refugio), discriminan positivamente los ungulados silvestres sobre el ganado, es decir, no serían «conflictivos» para los intereses humanos.
Los grupos familiares de Canis lupus no son demasiado grandes, ya que el tamaño medio de manada está entre 3-5 ejemplares. El trabajo en equipo les permite dar caza a las que son sus presas naturales en la Península -el corzo, el jabalí- aunque también depredan sobre otros ungulados silvestres si son abundantes en el medio (ciervo, cabra montés, etc.).
Los ejemplares solitarios o en dispersión suelen ser los más conflictivos con los ganaderos, precisamente porque tienen más dificultades ante las que son sus presas naturales preferentes. Aun así, también pueden cazar presas de pequeño tamaño (roedores, conejos y liebres, etc.), y pueden consumir carroña, vegetales y frutos, ya que su dieta es omnívora.
Partiendo de los anteriores argumentos, los entrevistados sostienen que interesa conservar al lobo para fomentar la creación de grupos familiares maduros, que son los menos conflictivos.
En este sentido, la caza del lobo previa a su inclusión en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE), solo ocasionaba desestructuración de manadas e individuos sin experiencia, aislados en los territorios, lo que los volvía más lesivos para los intereses humanos.
Los lobos aislados atacan con mayor probabilidad al ganado que las manadas, por lo que la caza genera más daño que beneficio, según estos naturalistas.
«Por otro lado, no todos los miembros de la manada tienen crías, sino que únicamente la pareja Alpha se reproduce si las condiciones lo permiten, es decir, pueden no hacerlo todos los años», precisa Asier.
Sobre la bajada del nivel de protección del lobo que impulsa la derecha española y vasca, ambos confiesan que es una embestida contra la ciencia y la conservación de la especie, y sienten especial preocupación sobre lo que les pueda pasar a los ejemplares que tienen localizados.
«Nos la han metido por toda la escuadra. La justificación es absurda, dicen que el lobo genera desperdicio de carne, que mata más de lo que come y lo deja ahí tirado. No se lo come todo, pero porque se lo llevan los pastores. Son carroñeros también. Si los dejaran dos días más, no quedaría», asegura Roberto.
Según los datos que manejan, el lobo ataca a alrededor de unas 14.000 reses al año en el Estado español, que equivalen al 0,07% del total de la cabaña ganadera. Lo cual es prácticamente irrelevante, a nivel global, teniendo en cuenta, además, que existe un gran sesgo en las peritaciones para determinar la autoría de los ataques, ya que la mayoría se hacen de visu.
Ambos insisten en que este porcentaje sería todavía menor si la gran mayoría de ganaderos adoptasen las medidas preventivas, disuasorias y de buena praxis, para poder desarrollar su actividad coexistiendo con el resto de la biodiversidad, tal y como indica la Unión Europea.
En contraposición, los investigadores sostienen que la presencia del lobo es sintomática de que el ecosistema está sano. «El lobo no es un problema, al contrario, juega un importante papel de equilibrio al ser el extremo apical de la cadena trófica. Sin él, todo se desmorona, porque ejerce una labor reguladora, acabando con los animales enfermos y mejorando la calidad genética del resto», defiende Asier.

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