Una teoría del dolor físico
Ahora que compruebo que el ejército de paniaguados de la desinformación ultra católica son expertos en energía y saben todo sobre las tecnologías que nos proveen de electricidad, o de simplemente luz, es cuando debo hacer una pirueta argumental, porque si todos estos propagandistas de la energía nuclear que están por debajo de Felipe González o José María Aznar en el organigrama de las compañías del oligopolio eléctrico, escupen gargajos de ignorancia y hablan de los renovables como si fuera una cosa y no varias, la batalla está ganada. No sé por quién o quiénes, pero apostaría triple contra sencillo a que el apagón tiene en alguna esquina de su explicación un asunto económico nominal. Esperemos a los expertos, los traficantes y los redactores al dictado.
En el ínterin del último puente antes del verano se han abiertos algunas compuertas sobre asuntos bloqueados por esa obviedad recalcitrante que se resumen en un «porque siempre ha sido así», aunque no sea así lo mejor para nadie. Y ahora, que hay un torrente de información capciosa sobre el uso de ciertos fármacos, me gustaría entender alguna teoría sobre el dolor físico. Sin poesía, sin entrar en proverbios ni en funcionalidades sobrevenidas, porque un experto asegura que un dolor de hombro puede tener su origen en motivos emocionales. Somatizar era un verbo que entendía ligado a la ingesta de ginebra seca pura, pero si un desengaño amoroso me puede provocar un esguince en el tobillo entro en un territorio mágico donde se explica el cólico nefrítico. Me siento una excusa del algoritmo. O peor, un error cuántico.

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