Donostia noir… y poco más

Aunque la novela original de “Ya no quedan junglas” se ambienta en Madrid, la película da el salto a Donostia para contar una historia de hombres violentos, narcotráfico y prostitución. Lo diré sin rodeos: prepárense para una buena dosis de vergüenza ajena.
Es cine de testosterona sin filtro. Litros y litros de virilidad derramada en pantalla como si el público llevara años esperando un cóctel de exsoldados endurecidos, sicarios de mandíbula cuadrada, narcotráfico y, por supuesto, mujeres usadas como decorado.
El reparto es de primer nivel -Ron Perlman, Megan Montaner, Hovik Keuchkerian, Itziar Ituño…- y el aspecto visual es muy efectivo, pero, claro, cuando el guion es tan flojo, a los personajes solo les queda deambular por un ecosistema dominado por la brutalidad y los códigos de poder masculino.
Hay un tímido intento de añadir capas emocionales, pero nunca logra escapar de lo que realmente es: un desfile de machos heridos compitiendo por ver quién enseña la cicatriz más grande. El guion es básico, los diálogos mediocres y los momentos de sonrojo abundan.
Visualmente, la película cumple con creces. La ciudad luce sombría y opresiva, con calles y edificios que transmiten un aire de peligro constante y desasosiego urbano. Al principio, uno sonríe al ver Donostia disfrazada de noir; resulta curioso descubrir la ciudad con un tono nunca antes visto, pero esa gracia se evapora con rapidez, se lo aseguro.
El mayor problema es que la película se toma demasiado en serio a sí misma; quizá con un enfoque más gamberro, al estilo de serie B, habría funcionado mucho mejor.
Es una especie de safari de clichés donde la única fiera capaz de devorarte es el bostezo.

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