Espionaje para la hora de la siesta

Durante el visionado de “La sospecha de Sofía” de Imanol Uribe, no podía dejar de pensar en la mítica cuenta de redes “Peli de Tarde”. Ese pequeño refugio digital celebra con humor un género tan entrañable como infravalorado: el de las películas de sobremesa. Y lo cierto es que la nueva cinta de Uribe encajaría sin problema en ese Olimpo televisivo donde mandan los telefilmes que acompañan el café, la manta y la siesta.
La trama promete -en teoría- una intriga de alto voltaje en los años más tensos de la Guerra Fría. Sofía y Daniel viven una felicidad tan cinematográfica como breve, hasta que él recibe una misteriosa carta desde el Berlín del Este para conocer a su madre biológica. Por otro lado su propio hermano gemelo, Klaus, usurpa su identidad, su familia y hasta su vida, dejando a Sofía atrapada en una continua sospecha. Uno asciende en la élite económica del franquismo; el otro, al servicio del comunismo.
Desde el inicio, la historia se tambalea sobre un guion que no parece haber pasado de la primera idea. La narración avanza entre el melodrama y el espionaje político, pero no es ni una cosa ni la otra; un thriller sin tensión y un drama sin alma. Todo se convierte en un folletín previsible, poblado de frases solemnes, giros previsibles y una dirección que parece avanzar por inercia.
Ni siquiera la ambientación logra rescatar el conjunto. Hay una intención visible por recrear la opresión de la época, pero los escenarios carecen de vida, más cercanos a un telefilme que a una película de cine. Todo luce correcto, pero hueco. Y la música empeñada en remarcar cada emoción como si el espectador no fuera capaz de sentir por sí mismo, termina por sellar el tono impostado del filme.
Ni tensión, ni emoción, ni misterio.

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