La Unión Europea pasa de la austeridad a la transferencia forzosa de tecnología
Tras asumir la necesidad de una política industrial, la Unión Europea camina entre la arrogancia y la impotencia. Países Bajos acaba de apropiarse de una empresa china y Bruselas planea exigir transferencias obligatorias de tecnología. Da la impresión de que quieren ahuyentar a los inversores, ya que cualquiera de ellos puede quedarse sin sus activos europeos sin que exista justificación alguna.

Hay que reconocer a Donald Trump el mérito de haber puesto la política industrial entre las prioridades políticas durante las primeras elecciones que ganó hace ya diez años. El malestar que dejó la desindustrialización en el llamado cinturón del óxido estadounidense fue una de las claves de su victoria. En Europa, sin embargo, este vacío no se hizo evidente hasta el confinamiento. Durante la pandemia, la total dependencia para fabricar casi cualquier cosa mostró que las políticas neoliberales habían deshecho el tejido industrial europeo. A pesar de ello, la reacción tardó en llegar.
A este desmantelamiento contribuyeron tres factores. Por una parte, las políticas de austeridad, que se tradujeron en recortes de servicios públicos, pero también de inversiones en infraestructuras y otros bienes públicos. Esa falta de pedidos públicos debilitó el papel del Estado como uno de los más importantes clientes de la industria y, en consecuencia, redujo el estímulo a la actividad industrial y debilitó el futuro de los puestos de trabajo industriales.
El credo neoliberal también provocó cambios en la gestión de las grandes corporaciones. En este caso, la maximización de los beneficios se convirtió en el principal criterio de éxito de una empresa, obviando otros como la calidad y seguridad de los productos, el empleo o la innovación. Este enfoque dirigido a priorizar los dividendos ocultaba a costa de qué se lograban esos enormes beneficios, que no era otra cosa más que el recorte de gastos. La deslocalización de las actividades industriales de menor valor añadido hacia países del Sur Global, especialmente China, redujo los gastos de producción en la misma media que debilitaba el tejido industrial en el Norte Global.
Por otro lado, el ansia de aumentar los dividendos llevó a que las grandes corporaciones simplificaran los procedimientos y redujeran los controles de calidad, lo que se tradujo en despidos, subcontrataciones, precariedad y, en definitiva, en una pérdida de calidad de sus productos. Quizás, el ejemplo más paradigmático de todo ello fue la famosa puerta del Boeing 737 que se desprendió en pleno vuelo y que puso en evidencia que el reverso de las grandes ganancias era una pérdida de calidad en el producto final.
No menos importante en este anhelo por repartir cada vez mayores beneficios han sido las crecientes vacaciones fiscales a los beneficios empresariales. El ejemplo más cercano lo tenemos en el último Consejo Vasco de Finanzas de la CAV, que previó terminar 2025 con un 9,7% más de recaudación y, sin embargo, la aportación del Impuesto de Sociedades a este crecimiento no solo no será positiva sino que bajará casi un 20%.
VUELTA TITUBEANTE
Tras la pandemia y con Joe Biden en la Casa Blanca, EEUU dio los primeros pasos para recuperar una política industrial. En agosto de 2022 se aprobaron la Ley de Reducción de la Inflación (IRA) y la Ley de Chips y Ciencia, y ese inesperado apoyo estatal a la industria cogió por sorpresa a la Comisión Europea, que se vio obligada a reconsiderar su política de austeridad y su pasividad en política industrial. La respuesta vino fundamentalmente a través del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia y algunas leyes que replicaban las estadounidenses, como la Ley de Chips (septiembre 2023), así como el encargo a Mario Draghi de un informe.
Draghi presentó el informe “El futuro de la competitividad Europea” un año más tarde y vino a confirmar el desastre que había causado la ausencia de política industrial. Proponía una estrategia para industrializar Europa que fue matizada por Alemania que, presa de sus dogmas, no veía con buenos ojos la inversión de 800.000 millones que preveía el informe y que a todas luces debería ser financiada con deuda. El dogma de la austeridad seguía presente e impedía una actuación resuelta ante los cada vez más evidentes signo de estancamiento.
Pero el atasco no duró mucho. Unos meses más tarde, en marzo de este año, lo que era inviable para industrializar Europa se ha vuelto factible para rearmar Europa (ReArm Europe). Casualmente, ambos programas contemplan la misma cifra de gasto: 800.000 millones y, además, el Gobierno alemán se ha guardado sus reticencias y ya no le parece mala idea endeudarse, siempre que se trate de industria militar. Agotados todos los pseudo remedios, el militarismo emerge como solución última.
ALGUNOS PASOS PRÁCTICOS
En este contexto de cambio de paradigma, la Unión Europea ha impulsado algunos proyectos como la fábrica de baterías Northvolt, en Suecia, que pretendía crear un líder europeo en la manufactura de baterías. A pesar de que logró la adhesión de empresas como Volkswagen, BMW y Goldman Sachs e importante financiación pública, los continuos fracasos obligaron a anunciar la quiebra del proyecto en noviembre de 2024. No está claro si Bruselas ha sacado alguna enseñanza del fracaso. En todo caso, es evidente que las cosas no se pueden hacer por decreto y que para innovar no vale solo con tener músculo financiero.
China, por ejemplo, ha conseguido reducir su dependencia exterior del helio del 95% a solo el 5% en los últimos dos años. La clave de su éxito, además de dinero, fue que involucró a empresas y centros de investigación en varios grupos que competían entre sí y allí donde algunos fracasaron, otros triunfaron.
Más extravagante ha sido la decisión de Países Bajos de tomar el control de la empresa china de semiconductores Nexperia el 12 de octubre. Siguiendo las instrucciones de Washington y utilizando una legislación pensada para tiempos de guerra, han destituido al director ejecutivo chino, han nombrado a otro y han transferido las acciones a un fideicomiso. China, además de protestar, ha prohibido el suministro de componentes a la matriz europea, que así puede verse obligada a cerrar. De hecho, el ministro de Economía neerlandés trata de reunirse con el Gobierno chino.
Este es un ejemplo de pillaje institucional que tendrá graves consecuencias. El mensaje que lanza Europa es que cualquier inversor puede quedarse sin sus activos europeos y además sin ninguna justificación: cualquier razón sirve. Una buena forma de espantar a los actuales y a los futuros inversores. Al declive industrial se suma ahora que el entorno europeo para la inversión está dejando de ser atractivo.
LA ADMISIÓN DE LA DECADENCIA
En este ambiente que fluye entre la ineptitud y la impotencia, Bloomberg ha publicado un reportaje en el que señala que la UE está barajando la posibilidad de obligar a las empresas que desean operar en el continente a transferir tecnología. La información ha sido contrastada con los comisarios de la UE Maros Sefcovic y Valdis Dombrovskis, y el ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen. Una idea que ya se planteó tras la quiebra de la fábrica de Northvolt.
La Comisión prevé presentar la nueva legislación en noviembre. Forma parte de una propuesta legislativa denominada Ley de Aceleración Industrial, que también exigirá a los inversores exteriores que utilicen bienes y mano de obra de la UE, y que la inversión que se materialice en Europa sirva para dar valor añadido a los productos que se fabriquen en territorio comunitario.
Bloomberg señala que atacar a China «probablemente provocará una reacción negativa, lo que podría dañar lo que sigue siendo una relación comercial crucial». El artículo reconoce que «los grupos de presión» europeos han pedido a la Comisión que considere tomar «medidas drásticas para acceder a tecnologías en las que China haya obtenido ventaja». Una asunción implícita de los lobbies industriales europeos de que no solo se han quedado atrás sino que además carecen de capacidad para acercarse a los líderes.
Como era de esperar, el Gobierno chino ha dicho que «se opone a la transferencia forzada de tecnología que infringe las normas de la OMC». El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino, Lin Jian, también ha recordado que la tecnología transferida por las empresas occidentales nunca fue la más avanzada. Una apreciación que coincide con el hecho de que se deslocalizaron los procesos que menos valor añadido aportaban, quedándose en Europa las partes más rentables. El portavoz ha subrayado que las mejoras han sido «fruto de su propio esfuerzo». Así que no tiene intención de transferirlas.
Este intento de apropiarse de tecnología externa muestra que la industria europea no está en condiciones de competir e innovar al ritmo que marcan los líderes mundiales. Han pasado demasiado tiempo pensando en los dividendos y en cabildear para que la UE les protegiese de la competencia, que han perdido el tren de la innovación. Toda la retórica de competencia era un farol para seguir viviendo de rentas mientras se escribían reglas para beneficio propio.
Por otra parte, el intento de la UE de apropiarse de las innovaciones de otros es lo que ha venido haciendo todos estos últimos años: imponer sus condiciones a socios más débiles. Un pillaje institucionalizado que no funciona cuando los participantes no se dejan intimidar. Pero, en vez de asumir las debilidades y optar por la cooperación cuando no se puede competir, parece que Bruselas ha optado por la confrontación, el despojo y la extorsión, lo que sin duda tendrá consecuencias en las relaciones con uno de sus principales socios comerciales.
Y en la cadena trófica que es el mercado mundial, cuando uno no es depredador se convierte en presa. Tiempos difíciles para una industria europea que carece de una estrategia política viable.

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