«Las mujeres vivieron en Auschwitz formas específicas de violencia»
En Auschwitz, las mujeres fueron víctimas de una violencia específica y silenciada durante décadas por los relatos androcentristas instaurados en Nurenberg. Eneritz Gómez rescata sus testimonios para mostrar cómo el nazismo utilizó el Bloque 10 para experimentar con las esterilizaciones e intentar llevar a cabo su proyecto eugenésico.

En su Trabajo de Fin de Máster en Estudios Feministas y de Género, la politóloga Eneritz Gómez Micolta se adentra en uno de los episodios más oscuros y menos conocidos del nazismo: los experimentos de esterilización realizados contra mujeres judías en el Bloque 10 de Auschwitz. Su estudio rescata los testimonios de mujeres que sobrevivieron a esos experimentos y reflexiona sobre cómo sus voces fueron silenciadas durante décadas, incluso en los juicios de Nuremberg, en un relato histórico realizado «por y para los hombres».
Desde una mirada feminista y crítica, Gómez Micolta analiza cómo el Tercer Reich articuló una política de género, raza y maternidad que convirtió a las mujeres en la pieza clave y a la ciencia médica en herramienta de legitimación. Asimismo, advierte de que las lógicas de eugenesia y biopolítica no pertenecen solo al pasado, sino que persisten hoy en los discursos sobre natalidad y migración.
¿Qué fue el Bloque 10? ¿Qué le diferencia de otros espacios dentro de Auschwitz?
El Bloque 10 se creó en 1942 por orden de Heinrich Himmler como un centro experimental destinado a encontrar métodos de esterilización más baratos y eficaces. Para ese momento, los nazis ya estaban realizando en Auschwitz esterilizaciones en personas que consideraban de una raza inferior, especialmente judíos. Lo hacían tanto con hombres como con mujeres, usando un método a través de rayos X. Pero en el Bloque 10 se le encargó al ginecólogo Carl Clauberg poner en marcha un laboratorio para experimentar un método específico para las mujeres que consistía en inyecciones intrauterinas.
Se ha documentado con testimonios de supervivientes. ¿Cuál era el funcionamiento? ¿Cómo era el día a día de una mujer ahí?
Al llegar a Auschwitz las personas eran sometidas a un proceso de selección dirigido por médicos. Decidían quién podía ser útil para trabajar y quién iría directamente a la cámara de gas. Luego las separaban por sexo y las mujeres eran desnudadas y rapadas, un acto pensado para destruir su feminidad. Elegían a las mujeres que eran más aptas para los experimentos que querían llevar a cabo. Sobre todo, enviaban al Bloque 10 a mujeres que ya habían sido madres o que estaban en una edad perfecta para poder concebir.
Ya en el Bloque 10, las dividían en habitaciones y las llamaban cada pocos días para realizar los experimentos. Después las dejaban un tiempo para observar los efectos y les hacían seguimientos médicos. Su vida cotidiana transcurría entre revisiones, dolor y miedo constantes.
¿Qué secuelas sufrieron las supervivientes?
Fueron múltiples. En primer lugar, las secuelas físicas: dolores crónicos, infecciones y esterilidad permanente. Después, las psicológicas: al hecho ya de por sí traumático de haber estado en un campo de concentración, hay que sumarle todas las vejaciones que sufrieron por ser mujeres. Y, finalmente, las identitarias: el hecho de no poder ser madre de manera natural afectó profundamente su autopercepción. Como decía Simone de Beauvoir, la maternidad ha sido históricamente naturalizada como parte esencial de la identidad femenina. Para estas mujeres, que les arrebataran esa posibilidad fue una forma de destrucción simbólica.
¿Qué papel tuvo la ciencia médica en legitimar esto?
El nazismo tuvo una relación muy directa con la ciencia. Se suele decir que en el partido nazi era más común encontrarte a un médico que cualquier otro tipo de profesión. El Tercer Reich usó la ciencia como herramienta de poder para controlar la población y la sexualidad. En el caso de las mujeres arias, promovió políticas pronatalistas; en el de las mujeres judías, aplicó la ciencia a través de experimentos de esterilización. La medicina sirvió para proporcionar legitimidad «técnica» a los objetivos raciales del régimen.
Siguiendo esa línea, en su trabajo menciona conceptos como eugenesia o biopolítica.
Fue Michel Foucault quien desarrolló la teoría de la biopolítica para identificar como los Estados tratan de ejercer un control de los procesos biológicos de la población. El filósofo Giorgio Agamben lo desarrolló aún más con el concepto de «nuda vida», que engloba a aquellas personas a las que se les niegan derechos políticos o sociales.
Es una lógica muy presente en la ideología del nazismo. En el ‘Mein Kampf’, Adolf Hitler describía a la mujer como el centro del proyecto nacional, la encargada de salvar a la raza alemana a través de la maternidad. Con una base de argumentos raciales y eugenésicos, se estableció que había mujeres que debían tener hijos y otras que no. Desde el Estado, y con el respaldo de la ciencia, se pretendía garantizar que la raza aria perdurara y se fortaleciera, mientras se impedía la reproducción de las consideradas razas «indeseables», como la judía o la gitana.
Así, nada más llegar al poder hubo un creciente interés del Estado por controlar el cuerpo de las mujeres, y en pocos años se anuló el legado de los derechos sexuales conquistados durante la República de Weimar, para pasar a una estatización de la maternidad durante el Tercer Reich. Se desplegó una maquinaria ideológica y propagandística para incentivar la maternidad aria. Se promovieron programas educativos y se otorgaban medallas o recompensas económicas a quienes más hijos tuviesen.
Por el contrario, las mujeres no arias se convirtieron en un instrumento para destruir las llamadas «vidas inútiles» según la ideología nazi. Para conseguir ese objetivo crearon el Bloque 10 de Auschwitz.
Estos procedimientos no fueron del todo nuevos.
La eugenesia no es un invento nazi. Como ocurre con la violencia sexual en las guerras, no se trata de fenómenos nuevos, sino de mecanismos históricos de dominación que se han repetido en distintos contextos. Esa lógica de control social y racial tiene precedentes históricos y fue adoptada por el nazismo como modelo. Por ejemplo, ya en 1907 el estado de Indiana (Estados Unidos) fue pionero en aprobar una ley de esterilización forzosa de los llamados “inadaptados sociales” que luego se extendió a otros estados.
¿El control sobre el cuerpo de las mujeres sigue siendo utilizado en los conflictos abiertos en la actualidad?
Sí, totalmente. En conflictos recientes como en Ucrania o Palestina se ha utilizado la violencia sexual como arma de guerra y se han documentado casos de violencia sexual como forma de humillación colectiva. En China, el Estado aplica esterilizaciones forzosas a mujeres uigures para reducir su población. Aunque esté invisibilizado, las mujeres siguen siendo víctimas dobles: civiles y, además, víctimas específicas por ser mujeres.
¿Ve paralelismos entre la eugenesia nazi y los discursos actuales sobre control de poblaciones?
Sí. Desde la extrema derecha hay un intento constante de controlar los grupos sociales y definir quién pertenece o no a la nación. Hoy seguimos viendo discursos con marcos teóricos muy similares aplicados a personas migrantes o a colectivos vulnerables. Por ejemplo, para Vox los inmigrantes son claramente esa “nuda vida” de la que hablaba Agamben.
Volviendo a la cuestión concreta del nazismo. ¿Durante los juicios de Nuremberg, qué papel tuvieron los experimentos realizados contra las mujeres en el Bloque 10?.
Revisando las actas de los juicios de Nuremberg me encontré con que los juicios sobre los experimentos de esterilización, celebrados en diciembre de 1946, contaron únicamente con testigos hombres. Me llamó mucho la atención que, siendo las mujeres las principales víctimas de las esterilizaciones, no se incluyera ninguna voz femenina. Esa invisibilización refleja el sesgo con el que se construyó el relato histórico del Holocausto.
Leyendo a las feministas de la tercera ola comprendí el sentido de esa exclusión: existía una necesidad de crear un discurso único, cerrado y masculino, sin grietas ni contradicciones, que pudiera sostener la universalidad del relato oficial. Eso tuvo la consecuencia directa de deslegitimar y silenciar otras narrativas, como la de las mujeres.
¿Cuándo y cómo empieza a cambiar esa visión?
En la década de 1990, gracias al trabajo de historiadoras y feministas, se empieza a cuestionar el relato dominante. Autoras como Joan Ringelheim o Esther Katz denunciaron que el Holocausto había sido narrado «por y para los hombres» y que eso ha supuesto que otras identidades hayan sido totalmente invisibilizadas.
Aparece también la llamada generación de las nietas y los nietos, que ya no sienten la carga directa de la culpa o el silencio familiar y comienzan a exigir responsabilidades y reconocimiento. Esa apertura permite que muchas mujeres se atrevan por fin a hablar, surgen nuevos archivos de memoria y se da una reconfiguración de la memoria del Holocausto con otros relatos.
¿Qué papel tienen las nuevas generaciones en mantener viva la voz de las víctimas?
Nuestro deber es no olvidar. Tenemos que seguir estudiando las vivencias y experiencias de todas las víctimas. No se puede caer en la universalización del discurso, porque, por ejemplo, el Holocausto no afectó a todas las personas de la misma manera: las mujeres vivieron formas específicas de violencia, y lo mismo ocurrió con otros grupos, como los niños y las niñas, cuyas experiencias fueron diferentes.
También es esencial impulsar políticas de memoria desde las instituciones, como crear lugares conmemorativos que recuerden lo que ocurrió. La memoria debe ir acompañada de verdad, justicia y reparación para que ni se repita ni se borre. Por ejemplo, en mi visita a Auschwitz me sorprendió que no hubiera ninguna referencia al prostíbulo forzado. Esa omisión muestra cuánto queda aún por visibilizar.

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