De obra de culto a chiste involuntario

Ninguna de las películas del mundo “Hellboy” puede presumir de ser una obra maestra, pero la primera, la de Guillermo del Toro de 2004, tenía un aura especial: un equilibrio extraño entre humor, oscuridad y carisma que hoy parece un recuerdo de otra era. A partir de ahí, la saga inspirada en el icónico personaje de Mike Mignola ha ido cuesta abajo. La trama de esta cuarta entrega nos traslada a la década de 1950, a la zona rural de Appalachia, donde Hellboy se une a una novata del AIDP para investigar sucesos extraños. Un argumento que en principio podría dar juego, pero que aquí se despliega sin rumbo.
Empecemos por lo técnico: la fotografía es un crimen contra la retina, la iluminación parece una broma de mal gusto y el montaje es, sencillamente, chapucero. Los efectos por ordenador rozan lo insultante.
Jack Kesy en el papel de Hellboy tampoco aprueba y como película de terror o fantasía poco o nada que destacar, Taylor se pierde en el tono y termina provocando risa involuntaria.
En su defensa, podría decirles que “Hellboy: El hombre retorcido” no es aburrida, pero darle un aprobado simplemente por entretener es algo por lo que ya no paso; entretenimiento vacío.
Hace veinte años, “Hellboy: El hombre retorcido” habría sido la típica película olvidada al fondo del videoclub, ese título de relleno que cogen solo porque las buenas ya están alquiladas y que devuelven a los veinte minutos de haberle dado al play.
Resulta casi increíble que haya llegado a los cines, pero aquí estamos, contemplando con asombro y cierta pena cómo un mito del cómic ha sido reducido a esto.

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