La tiranía del mecanismo

Desde la intensidad moral de “Comancheria” hasta la sequedad atmosférica de “Young Adam”, David Mackenzie ha demostrado una notable capacidad para apropiarse de códigos reconocibles sin renunciar a una cierta densidad dramática. “Cuenta atrás” se conforma con ser un ejercicio de ingeniería narrativa. Unos obreros de la construcción encuentran una bomba de la Segunda Guerra Mundial sin explotar en pleno centro de Londres, lo que les obliga a evacuar la ciudad. Unos ladrones oportunistas aprovecharán el caos para llevar a cabo un elaborado atraco.
Mackenzie es muy bueno cuando trabaja con la geografía del suspense. El espacio urbano adquiere una lógica casi cartográfica; cada desplazamiento, cada corte de montaje y cada cambio de punto de vista obedecen a una planificación rigurosa. Hay ecos de Paul Greengrass, pero también de ese cine obsesionado con los procedimientos donde el placer consiste en contemplar cómo profesionales eficientes hacen exactamente aquello para lo que han sido entrenados.
Pero llega un momento -conviene no revelar cuál- en que “Cuenta atrás” solamente se decida a administrar sorpresas. Cada giro conduce a otro giro y el thriller deja de avanzar por necesidad dramática para hacerlo por acumulación de sorpresas, como si el guion desconfiara constantemente de la capacidad del espectador para permanecer atento sin una nueva pirueta narrativa.
Es un thriller entretenido y técnicamente impecable, pero una obra menor dentro de la trayectoria de un cineasta muy interesante. Si aún no han visto “Comanchería”, háganse ese favor. Y si además tienen pendiente “Convicto” o “Perfect Sense”, esta es la excusa perfecta para descubrir a un Mackenzie más inspirado.



