2013/11/13

Iñaki Aldekoa
Miembro de Aralar
El relato sobre la «derrota de ETA»

Tras la histórica declaración de Euskadi ta Askatasuna (ETA), realizada hace dos años, de poner fin a su estrategia de lucha armada después de casi medio siglo, los temas de la «derrota del terrorismo», de las «víctimas» y de los «presos», que centran el interés de muchos agentes políticos y mediáticos, tienden a integrarse en un todo con otros relacionados en lo que viene denominándose «el relato» sobre el conjunto de la historia de ETA y de la izquierda abertzale desde su origen hasta hoy.

Dentro de la variedad de relatos posibles que, como es natural, se han ido tejiendo sobre ETA y la izquierda abertzale, tenemos, en primer lugar, el «relato nacional» o de las «fuerzas nacionales», según la auto-denominación hecha por UPyD cuando afirmó que Izquierda Unida había dejado de ser una fuerza nacional al aceptar el derecho a decidir de Catalunya. Para entendernos, nos estamos refiriendo al relato que se está generando desde el entorno de UPyD, la extrema derecha del PP, la AVT, Covite, Dignidad y Justicia, y todo el complejo mediático e intelectual asociado que determina, hoy por hoy, el discurso dominante oficial.

En relación con la cuestión de la derrota del terrorismo de ETA, el «relato nacional» adolece de una contradicción, difícilmente salvable, entre el paradigma acuñado por Garzón y mantenido por Mayor Oreja y Rosa Díez de que «todo (Batasuna y la izquierda abertzale) es ETA» y la afirmación de que ETA ha sido derrotada, pues en este caso resulta del todo incomprensible que el fin de lucha armada de ETA no haya supuesto el fin y la derrota de la izquierda aebrtzale, sino todo lo contrario. Puesto que todo es ETA y puesto que la izquierda abertzale tiene hoy mayor representación social, electoral y poder político, incluso institucional, que nunca, es evidente que ETA no ha sido derrotada. El comprender que la izquierda abertzale era y es algo más amplio, social, política e ideológicamente que ETA, es decir, que aunque ETA está en el origen de la izquierda abertzale, esta no es reducible a aquella, es algo de lo que el «relato nacional» no es capaz. El añorado parte de guerra de que «en el día de hoy cautiva y desarmada la organización terrorista ETA y desaparecida la izquierda abertzale», han alcanzado las fuerzas nacionales sus últimos objetivos policiales. La lucha antiterrorista ha terminado. Primer año post ETA», tendrá que esperar por ahora.

Además, el «relato nacional», cuando aborda el tema de las víctimas es de una gran simpleza. «Aquí no hay ni ha habido más víctimas que las del terrorismo de ETA». Aquí no ha habido ni torturas, ni paseos, ni fusilamientos, ni muertos en comisaría o en las cárceles, ni ametrallamientos policiales en controles y manifestaciones, ni asesinatos, ni desaparecidos, ni terrorismo de estado, ni BVE, ni GAL financiado con los Presupuestos Generales del Estado ni en la Dictadura, ni en la Transición, ni en la Democracia. Puede haber habido «excesos individuales» aislados que han sido juzgados, condenados o sobreseídos y, en su caso, indultados, cuando no condecorados, pero nunca se podrá contraponer, a nivel ético ni político, la violencia criminal de ETA y la legítima del Estado, ni cabe la equiparación entre las víctimas de ETA y las muertes colaterales derivadas de la acción represiva y legal del Estado.

Como en tiempos de los gloriosos caídos por Dios y por España, aquí no ha habido más violaciones de los Derechos Humanos que las cometidas por ETA, por lo que para este «relato nacional», bajo la salvífica referencia a las víctimas del terrorismo de ETA, caben revueltos desde Melitón Manzanas y Carrero Blanco hasta Miguel Ángel Blanco y Ernets Lluch, e incluso la niña Begoña Urroz que, como todo el mundo sabe, excepto al parecer el Parlamento español, no murió en un atentado de ETA sino del DRIL, pero qué mas da este detalle. Aquí no ha habido víctimas del terrorismo de Estado. Aquí no ha habido más caídos que «los nuestros» por lo que, como el Párroco de San Vicente de Abando dijo en el sermón de la misa y Te Deum de Acción de Gracias por la liberación de Bilbao, «recemos por nuestros caídos que los otros bien caídos están».

Finalmente, por lo que se refiere a los presos políticos vascos, el «relato nacional» es tan simple y lapidario como cínico: «no existen»; ni en Euskal Herria, ni en España ni en Francia. Senatus Populusque Vasconum dixit. Aunque para Amnistia Internacional toda persona presa por su posicionamiento o actuación política es un preso de motivación política o preso político, con independencia de la calidad ética, ideológica o democrática de aquel posicionamiento o actuación que puede ser civil, pacífica, violenta o criminal, pero que no deja de ser de motivación política, no hay presos políticos vascos. Otegi, Díez y sus compañeros del caso Bateragune no son presos políticos. Son delincuentes. Punto. Esto es lo que dice el relato oficial al respecto. Admitir que hay presos políticos vascos supone que hay un problema político pendiente de resolver. Exista ETA o no. Por ello, la posición del Gobierno español es la de la negación y la del bloqueo; bloqueo parcialmente favorecido por las contradicciones y dudas en el seno del colectivo de presos vascos respecto a la estrategia a mantener una vez que ETA decide unilateralmente el fin de la lucha armada, cuyas consecuencias parece que no están claras para algunos.

La aparición de este negacionismo en el discurso de las fuerzas nacionales no es casual ni nueva. En España, desde 1939, no han existido presos políticos. Ni bajo la Dictadura, ni en la Transición, ni en la Democracia. En ningún momento se ha reconocido oficialmente la existencia de presos políticos sino con carácter retroactivo, siempre en el pasado, nunca en el presente.

En este asunto del relato ya existían importantes aportaciones por parte de antiguos exmiembros de ETA y afines, convertidos en su día a la «religión verdadera» de la democracia española, sobre la transformación de una ETA antifranquista en una ETA antidemocrática como consecuencia de su ideología «etnonacionalista». Sí es nuevo, sin embargo, el obviar en el actual relato la distinción entre una ETA antes y otra después de la Transición, porque tal distinción entraría en contradicción con el discurso nacional de las víctimas, según el cual tan víctima es Melitón Manzanas como Eduardo Puelles. Así pues, no hay más que una ETA criminal y terrorista desde su origen. En resumen, si a estos discursos y relatos sobre la derrota de ETA, sobre las víctimas y sobre los presos se añaden otros sobre la responsabilidad de ETA en los atentados del 11-M, sobre las conexiones ETA-CIA en el atentado de Carrero Blanco, o sobre la muerte de la niña Begoña Urroz en junio de 1960, ya tenemos idea del material que se está empleando en la fabricación del «relato nacional» sobre ETA y la izquierda abertzale en el que se aplican hoy una legión de ensayistas, columnistas, filósofos morales, historiadores, cineastas y creativos.

La necesidad de contraponer a este relato simplista y unilateral un relato alternativo es evidente, no vaya a ser que nos pase como con la Batalla de Orreaga-Roncesvalles, única victoria de los vascones digna de tal nombre en 2000 años y sobre la cual el único relato «histórico» existente es el de Eginhardo, el cronista oficial del enemigo imperial, y el único romance «heroico» el de «La chanson de Roland», es decir la épica del enemigo franco. Sin embargo, si el objetivo de un relato de estas características es conocer nuestro pasado para no volver a cometer los mismos errores, a la hora de avanzar en la construcción de la izquierda abertzale política del futuro, el relato que desde el campo abertzale se ha ido tejiendo durante los años de la lucha armada y mediatizado por esta, en la actualidad, resulta también insuficiente, pues se trata de un relato más político que histórico, más defensivo que descriptivo; de alguna manera, metodológicamente equivalente y de signo contrario al que ahora fabrican «los nacionales».

Lo bueno de los errores es lo que se puede aprender de ellos, cierto. Pero para aprender de ellos lo primero que hay que hacer es identificarlos, admitirlos como tales errores, y para ello vamos a necesitar un relato distinto, nuevo, que supere a ambos, no solamente enriquecido con aportaciones inéditas y más información que terminada la lucha armada puede «desclasificarse», sino sobre todo con una nueva orientación, menos autojustificativa y más autocrítica.